Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

DOCE MILLONES DE CRIATURITAS

 

“Yo puedo ser yo mismo, en internet puedo hacer cosas sin filtros”

El Rubius en la entrevista con Risto

 

Ni de oídas sabía yo quien era “el Rubius”, cuando oí hablar de él en un acto reciente organizado   por la red de Fundaciones Universidad Empresa. Todo el mundo parecía conocerle en aquel ambiente de empresarios y universitarios, al menos nadie preguntaba que quien era aquel señor, así que yo disimulé como pude mi ignorancia. La conferenciante, Pilar Llácer, experta muy conocida en la gestión de recursos humanos y transformación digital , se refería al “fenómeno Rubius” como algo significativo, como algo que había que tener en cuenta, y yo sin saber siquiera quien era Rubius. Me picó el amor propio. En cuanto tuve ocasión me fui a preguntarle a Google y Google me dijo que este joven “youtuber”, el término suena fatal en español pero poco a poco nos vamos acostumbrando a estos horrores, tiene más de doce millones de “followers”, otra perla del lenguaje habitual de nuestros días. Él, “el Rubius” llama “criaturitas” a sus seguidores, quizás con un poco de condescendencia, o quizás no, quizás un poco asustado de su propio éxito… Sea como fuere, el caso es que aquello era digno de atención, se trababa de un fenómeno de gran tamaño: doce millones nada menos!!!

Tenía que ver sus videos para conocer el secreto de su éxito. Y así lo hice. Ví alguno de ellos y no daba crédito, no entendía nada. Aquello me parecía una auténtica patochada sin gracia ni sentido. Les pregunté a mis nietos. Ellos sí conocían a “el Rubius”, por los videojuegos, claro que lo conocían pero no le daban la menor importancia… Parecía que era algo que no iba con ellos pero no les creí del todo. Es más, tengo la impresión de que la mayor parte de los jóvenes le conoce y le sigue. ¿De dónde salen si no esos doce millones de criaturitas? La inanidad y la intranscendencia alcanza a millones de personas en el mundo. Esa es la realidad, mal que nos pese.

Todavía no he conseguido explicarme del todo el qué y el cómo de esta historia. Acudí a la entrevista que le hizo el también famoso Risto para profundizar en el personaje. Si pincháis en la cita de esta entrada podréis ver el video en cuestión. Os recomiendo que lo hagáis. Seguro que estaréis de acuerdo conmigo en que este famosísimo “youtuber” recibido y jaleado por miles de jóvenes cuando llega a cualquier aeropuerto, es un muchachito decente y vulnerable. Se pone a llorar como un crio cuando habla del asedio de sus fans y es muy consciente de lo que puede y no puede hacer: “no vais a encontrar contenido ninguno en mis videos”, le dice a Risto, “son puro entretenimiento”. Él no tiene la culpa de nada, no engaña a nadie, se me ocurre pensar. Pero ¿la culpa de qué?. ¿Es que hay que buscar algún culpable de ese “fenómeno Rubius” al que se refería la famosa experta en recursos humanos que me lo descubrió? No hay trampa ni cartón. Todo está más claro que el agua: los doce millones de criaturitas que le siguen se sienten identificadas con nuestro Rubius, con su falta de preocupaciones intelectuales o políticas, con su ligereza, con su naturalidad, con su humor tontuelo y espontáneo, con su absoluta intranscendencia.

Pregunté a mis nietos, mi grupo de referencia en esta entrada juvenil, que de qué vivía el Rubius y se morían de risa: “de la publicidad abuelo, de la publicidad, ¿de que va a vivir si no?” me decían. No es que me descubrieran el mediterráneo pero me hicieron pensar. Sin ella, sin la publicidad, sin las empresas y su necesidad de competir, no existirían ni “el Rubius” ni muchas de las cosas que nos sorprenden por su aparente gratuidad. Casi siempre nos están vendiendo algo y todo acaba llegándonos sin que apenas nos demos cuenta. Es una especie de juego invisible en el que participamos cada día; juegan y jugamos inadvertidamente, apelando a nuestra vulgaridad, a nuestro aburrimiento, a nuestro sentido del ridículo, a nuestra necesidad de seguir las corrientes que se cuelan en nuestras mentes y llegan a modular nuestras necesidades y nuestra forma de vivir.

Vamos, que casi sin darme cuenta he llegado a una conclusión muy propia de estas fechas. Es probable que nos hagamos algunos propósitos para 2018 y mi deseo es que se cumplan. Pero no deberíamos de olvidar que somos todos criaturitas indefensas que seguiremos haciendo lo que otros decidan por nosotros. Y si no que se lo pregunten a los doce millones de seguidores de el Rubius y de otros “influencers” y “prescriptors” que guiarán nuestros pasos queramos o no. Ya lo veréis.

 

El paseante…

… SE DECIDE HOY POR HACEROS UN REGALO

Ya está aquí El Paseante prometido. Pero  hoy no habrá impresiones de paseo. No son estos buenos días para pasear por el centro de la ciudad. La gente se concentra, se acumula, se aglomera. Veo caras de ansiedad de impaciencia de excitación nerviosa. Apenas puede uno moverse por los sitios por los que a mi me gusta caminar. El paisaje urbano se disfraza  de una felicidad impostada, una felicidad mentirosa que apenas deja hueco para nada más. Mal momento para empezar estas crónicas del Paseante, me digo. Mejor esperar tiempos más tranquilos, más normales, menos jaraneros.Mejor hacer ahora mis lectores uno de esos regalos que no cuestan nada y que son sin embargo de gran valor. Una recomendación de un libro y unas páginas del libro recomendado. Para abrir boca, para incitar el apetito.

El libro es éste:

No dejéis de leerlo si os podéis escapar  uno de estos días de los barullos navideños . Merece la pena. Aquí os dejo unos párrafos del libro en cuestión, sobre la importancia que   tenía el paseo para Robert Walser.

Pasear… me es imprescindible para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra ni producir el más leve poema en verso o en prosa… Sin pasear estaría muerto y mi profesión a la que amo apasionadamente estaría aniquilada… Sin pasear no podría hacer observaciones y estudios.. en un bello y dilatado paseo se me ocurren mil ideas aprovechables y útiles. Encerrado en caso me arruinaría y secaría miserablemente… Para mi pasear no es sólo sano y bello sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mi un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando… un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y de sentir. De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean. Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento que desde luego tienen que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, se ha de brotar en el  hermoso sentido y en serenos y nobles pensamientos del paseo… Sin el paseo y la contemplación de la naturaleza a él vinculada sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho… Secreta y misteriosamente siguen al paseante todas clases de hermosos y sutiles pensamientos… En una palabra me gano el pan de cada dia paseando, hurgando, escavando meditando, inventando, analizando, investigando y paseando tan a disgusto como el que más…

Que lo paséis estos días lo mejor posible y que  2018 sea generoso con todos vosotros. Yo, por mi parte, ya os he hecho un regalo.

ESE ODIO A LO ESPAÑOL…

Josep Tarradellas en su conferencia el Club Siglo XXI, en el  año 85

 

“¿Per què vessar la sang inútil? 
Dins de les venes – vida és la sang, 
vida pels d’ara – i pels que vindran: 
vessada és morta.”
 Oda a Espanya de Joan Maragall
.

Hablo de mi experiencia, de mis vivencias personales en Cataluña y con los catalanes. De cuando era joven y de cuando ya no lo era tanto. Nunca percibí ese odio a lo español que ahora nos sobrecoge y nos duele tanto. No perdía ocasión en aquellos años de ir a Barcelona y siempre volvía con algo nuevo y la amistad acrecentada. Los catalanes iban por delante, eso pensaba yo sin ningún complejo, y nos mostraban el camino sin alardes excesivos. Nunca he ocultado mi admiración por Cataluña: por su diseño, por su literatura, por su cine, por sus artistas y arquitectos, por sus gentes. Así era entonces, cuando la política no contaminaba las relaciones culturales, personales e institucionales y así es ahora, cuando todo aparece confuso y manipulado.

Madrileños y catalanes hicimos una autentica piña cuando nos encontramos en la provincia de Cádiz en las prácticas la Milicia Universitaria. Claro que había diferencias  entre nosotros pero eso no nos separaba. La diversidad nos enriquecía y las afinidades electivas nos unían. La rivalidad, para los que la sintieran en aquel tiempo, también nos enriquecía, nos hacía mejores. Ahora no. Ahora ocurre todo lo contrario. Nos empobrece, nos hace más pequeños.

Me cuesta trabajo creerme ese odio a lo español que ahora se airea porque nunca lo he sentido o quizás no lo he querido sentir. En cualquier caso estoy seguro que no viene de lejos. Dejo a mis lectores la interpretación de una anécdota que no me parece trivial y que en estos momentos cobra una desgraciada actualidad.

Al poco tiempo de su vuelta a España invitamos a Josep Tarradellas a dar una conferencia en el Club Siglo XXl. Hablé con él por teléfono: aceptó de inmediato la propuesta y me pidió que fuera a visitarle para concretar los detalles de su intervención. Me fui para Barcelona y poco antes de la hora de la cita recibí una llamada de su secretario para decirme que había que anularla. Tarradellas se había olvidado de que ese día tenía comprometida una conferencia lejos de Barcelona y no le iba a ser posible recibirme. Me ofreció sin embargo acudir esa noche a una cena informal en casa del presidente. Acepté encantado. Me fui a las Ramblas para hacer tiempo y comprar unas flores. No me fue difícil conocer las que más le gustaban a mi anfitriona: lo sabían todas las floristas de la Ramblas. Me abrió la puerta la señora de la casa, Maria Antonia Maciá a quien creo recordar que su marido llamaba Antonieta.

Nos sentamos en una mesa camilla y Antonia me ofreció un oporto. Ella se tomó otro y empezamos a hablar con toda naturalidad como si nos conociéramos de toda la vida. Era una mujer sencilla y buena conversadora, lo mismo que su marido que no tardó en llegar. Fue una cena frugal, ellos a su edad comían ya poco, me dijeron, pero la tertulia fue larga y sustanciosa. Tuve la impresión de que disfrutaban de tener a alguien en casa y la cena duró mucho tiempo. Tanto que perdí el último avión para volver a Madrid. Tarradellas no era consciente de la hora y me deseó un buen viaje cuando me dejó en manos de su chofer para llevarme “al campo de aviación”.

Hablamos de muchas cosas, pero lo sustancial para nuestro tema de hoy, fue su referencia a las conversaciones qu había mantenido en el exilio con el lendakari Aguirre. Estaba muy sorprendido, del odio de los nacionalistas vascos a España. “Eso no se daba en absoluto en Cataluña” me dijo enfáticamente, “ni creo que se llegue a dar nunca”. Esas fueron las palabras de quien era o había sido presidente de Esquerra Republicana.

No hace tanto de eso. Era el año 85.  Estaba encantado de venir a Madrid: le gustaba. Su conferencia en el  Siglo XXI se desarrolló en ese tono y con ese talante. Habló de construir puentes y no de derribarlos. ¿Qué ha pasado?

Puedo llegar a entender todas las aspiraciones, los deseos, los sentimientos de independencia, aunque no los comparta. Pero no logro entender la naturaleza exacta del odio que ahora observamos. Porque ese odio no existía antes, o no existía de la manera tan directa e inapelable que ahora vemos en muchos catalanes. Durante todos estos años alguien se ha encargado de alimentar ese odio insensato. De forma consciente o no. Un odio fabricado a base de agravios reales y ficticios, que ha crecido y sigue creciendo más allá de lo razonable. Me temo que ese odio se les ha ido de las manos. Hay que volver a la sensatez, al “seny” de Tarradellas. ¿Per què vessar la sang inútil?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MALDITO EDADISMO

¡NI TERRORISTA PUEDE SER YA UNO!

 

 

Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida.

Pablo Picasso

 

Lo descubrí al llegar a los controles de aduana en mi último viaje a Nueva York. Me temía lo peor. Me armaba de paciencia y me preparaba para todo tipo de vejaciones. Con esa extraña sensación de que iban a encontrar algo de mí, algo que ni yo mismo sabía. Preocupado, cansado, algo inquieto, creo, como a casi todos nos pasa. Todo para nada. Resulta que a mi a no me prestaron la mínima atención. El policía me miró con un cierto desdén y me dijo secamente: “usted pase”. Ni huellas dactilares, ni cacheos cuidadosos, ni miradas sospechosas…Me sentí discriminado y decepcionado. Al dejar Nueva York supe lo que pasaba: el policía de turno debía de ser menos perspicaz que el de llegada y me preguntó la edad; “Ah, más de ochenta… pase, pase”. Vaya, era eso. No doy el perfil de terrorista por la edad que tengo. No soy una potencial amenaza.

Además de una discriminación, aquello me pareció una solemne tonteria. ¿Qué sabían esos señores de mis intenciones y de mis posibilidades? ¿Es que no estaba en condiciones de cargar con una bomba de unos cuantos kilos? Seguramente consideran que los vejetes hemos perdido la afición a los explosivos o nos hemos vuelto unos conservadores del demonio por aquello de las pensiones. Pero igual se equivocan, me dije, igual se equivocan y la armamos.

En serio, bueno la verdad es que tampoco tan en serio, me sentía un poco cabreado. Llovía sobre mojado; no me gusta nada que alguien que no sea yo mismo decida lo que debo o no debo de ser. Cuando todavía estaba “haciendo cosas”, cosas que me divertían y las hacía bien creo yo, y además me pagaban, había un señor importante que tenía su despacho muy cerca del mío y que todas las mañanas me decía al verme llegar: “y tu que haces aquí trabajando en vez de irte a jugar al golf”. Me sacaba de quicio; no me iba a jugar al golf porque no me gusta el golf y porque no me daba la gana de irme a jugar al golf; algo así debí de decirle. Pero él seguía dándome la tabarra: no soportaba que yo acudiera todas las mañanas feliz y contento a mi trabajo “a esa edad”. No soy naturalmente el único que ha sufrido ese intento de discriminación que tiene un nombre muy feo pero aceptado por la RAE: edadismo. La discriminación por razones de edad se llama edadismo y no son pocos los que la sufren. Según un estudio de la universidad de Kent –siempre hay una universidad con nombre inglés para esos estudios- nada menos que un cien por cien de la población a la que se dirigieron en la encuesta, afirmaba haber sufrido algún tipo de discriminación a causa de su edad. Mira por donde, ahora me tocaba a mi y precisamente en Nueva York.

Allí estaba yo, en la zona cero después de pasar impunemente por la aduana. No podía dejar de pensar en el terrorista que no soy, y también, un poco perplejo, en ese terrorista que, a día de hoy, realmente podríamos ser cualquiera, un niño, una mujer embarazada, un joven con una furgoneta… Ahora podemos pensar que eso es posible. Eso es lo tremendo, eso lo que ha cambiado y nos ha cambiado. Ha sucedido, es real. Lo mío no dejaba de ser una fantasía viajera. Pero cuidado con los viejos, los carga el diablo. Fijaos como los ha pintado Jorge Arranz: dan miedo.

El PASEANTE

 

“Sólo tienen valor los pensamientos que nos vienen mientras andamos”

Nietzsche

 

Abro hoy una nueva sección en este blog. Por estimularme, por estimularos. Por cambiar. De vez en cuando, según funcione el invento, recibiréis una entrada algo diferente: será más breve y se centrará en lo que me vaya saliendo al paso en mis largos paseos. Cada vez me gusta más andar por la calle. Ahora tengo más tiempo para pasear, para observar, para curiosear… De paso, hago ejercicio. Mientras camino me fijo en la gente. Me da por pensar, imaginar: qué son, qué hacen, de qué hablan, a dónde van… Quizás me fijo demasiado, eso me dicen mis hijos: “papá no mires así, hombre!!!”. Pero se ve que no les hago caso y ello me crea a veces algún que otro problema.

Hace algunos años, en las fiestas de la Blanca de Vitoria, debí de mirar con tanta intensidad a un “blusa” feísimo que desfilaba por la calle Dato, que éste se vino hacia mí como un rayo y me dijo: “Eh ¿Y tú qué miras”. Me lo dijo agarrándome por los hombros. Yo, claro, me asusté. Era tan grande como feo. Se enfadó con toda razón: me quedé mirándolo con descaro, no de soslayo… Debía de tener más cuidado en el futuro. La mirada es una especie de invasión en el espacio del otro…Tendré que tener más cuidado, pensé.

Pero sigo fijándome mucho. Eso puede ser bueno para dar emoción, interés y espontaneidad a este nuevo enfoque del blog. Miro a la gente pero también a los escaparates, a los carteles que anuncian mil cosas y mil actividades que, si nos fijamos bien,nos puede dejar “alucinados” como se dice ahora. Las manifestaciones, sobre todo si son de cuatro gatos, las riñas y las músicas callejeras, la gente que está sentada y la que se ve que no sabe a donde ir…Todo eso excita mi curiosidad y da vuelos a mi imaginación. Y no solo me gusta observar, mirar, curiosear… También me gusta hablar con la gente que está en la calle; eso es cada vez más difícil pero siempre se presenta alguna oportunidad si está uno atento y preparado. Trataré de estarlo. Creo, sospecho, que estos paseos míos darán para escribir y divertirme. Para decir lo que he visto, lo que he escuchado, lo que me ha pasado, lo que me ha dado motivos para reflexionar, para disfrutar o inquietarme, para reír… A ver que os parece, a ver si este Paseante tiene futuro. Ya me diréis.

 

CUATRO HERMANAS

 

 

“Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa”

 

Jane Austen

        Orgullo y Prejuicio

 

 

He sido otra vez abuelo; ahora soy más abuelo que antes, más abuelo que hace unos días. Acaba de nacer mi décimo nieto. Es una niña, se llama Paloma como su abuela materna y es la pequeña de cuatro hermanas y de diez primos. Los padres han sido unos valientes: pocas parejas tienen cuatro hijos en estos tiempos. El abuelo está encantado. Se pone tan abuelo, tan blando y tan tierno que debe de contenerse un poco. No solo por aquello de la tensión arterial; es que muy probablemente esas emociones de un abuelete octogenario interesen poco a sus  lectores. Pero ¡!cómo voy a dejar de decir que tan solo con ver un instante a ese renacuajíto sentí que la luz de ese día de otoño venía con ella!!. Hubo un momento en que se puso malita y ninguno de los miembros de la ya numerosa familia pensábamos en otra cosa que en su recuperación; pasó el peligro y respiramos tranquilos. Ahora está ya en casa bien acompañada.

Son cuatro hermanas. Cuatro nada menos. Dicen que el futuro es de las mujeres. Espero que sea también de los hombres y de los jóvenes. Y de los animales, de los ríos y de los árboles, si me apuráis, del planeta entero para no quedarme corto. Un futuro menos incierto y, al mismo tiempo, más abierto, aunque parezca un contrasentido, y más generoso y tolerante. Al pensar en esas cuatro hermanas que son mis cuatro nietas, me viene a la cabeza Orgullo y Prejuicio, la novela de Jane Austen que releí con gusto este verano en una excelente edición de Alba minus. Es cierto que, como se puede ver en la deliciosa ilustración que reproduzco, las hermanas de las que habla Austen son cinco y no cuatro, pero eso no nos importa: tampoco hay que afinar demasiado en cuestiones de hermanas.

Lo que hace al caso, me parece a mí, es la obsesión de Mrs Bennet, la madre de esas cinco señoritas a las que vemos tan tiesas en el dibujo, por encontrar para ellas un buen partido y casarlas lo antes posible. No piensa en otra cosa la buena señora; ese es su objetivo en la vida y no duda en utilizar todas sus artes, malas o buenas, para conseguirlo. El matrimonio y el dinero iban bien unidos en la sociedad victoriana y lo que hacía Mrs Bennet era simplemente adaptarse a su tiempo. Nada más que eso.

Lo que yo me pregunto ahora, pensando en esas cuatro hermanas que han pasado a formar parte de nuestro grupo familiar, es si es ese  el porvenir que las espera. Si la sociedad victoriana sigue viva, al menos en parte o si realmente las cosas han cambiado. No lo sé, ya estoy un tanto al margen y prefiero preguntar a la Mrs Bennet de esta historia, a esa madre ya feliz que cuando escribo estas líneas tiene ya a las cuatro hermanas en casa.

“No le importan nada los matrimonios ni el dinero”. Eso es lo que me dice y no me sorprende. Reconoce que hay gente de su generación  “que piensa en la robótica, o en los idiomas; otros en mandar a sus hijos a una universidad americana o en que aprendan chino”. Todas esas cosas las respeta pero no son para ella lo fundamental. Lo fundamental es: “que sean ciudadanas globales… sin fronteras geográficas, ni lingüísticas, ni raciales ni de género”…Vuelvo los ojos a Austen: no puedo imaginarme a Mrs Bennet diciendo esas cosas en un mundo tan cerrado como en el que vivían. Este es otro mundo y mi hija es así. Ella quiere que las suyas conozcan a mucha gente, que   viajen…pero  por encima de todo: “que encuentren su pasión y su talento y puedan dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo”. Ella, su madre, lo ha conseguido, y eso “le parece un tesoro”. A mi también.

Esta tarde no podrá estar la madre de las cuatro hermanas en la presentación de los emprendedores de Ashoka organización a la que dedica su actividad profesional. De un acto semejante hablé en mi entrada Soy el abuelo de Lola y a ella me remito. Yo sí que asistiré y si se tercia y se me ocurre preguntar algo me presentaré en esta ocasión como “el abuelo de Paloma”. Seguro que me dan la palabra.

 

YO ME FÍO DE AL GORE

 

 

Podría decirte que soy inmune a todo,
pero eso es mentira.
El polvo no se convierte en flores.
Los cielos no desaparecen,
pero he visto la verdad convertirse en poder.

Truth to power, BSO “Una verdad muy incómoda”

 

 

No depende de mí, decimos. No puedo hacer nada o casi nada, pensamos. No está en mis manos, creemos. Y lo cierto es que nos equivocamos de cabo a rabo, por pereza o por irresponsabilidad, o por las dos cosas a la vez. Hablo del cambio climático por la acción del hombre, de lo que eso ya nos está afectando, y de lo que nos afectará en el futuro. Para mí no hay duda de que es un asunto grave que nos concierne a todos. Ya estaba aquí desde hace tiempo pero lo ignorábamos. Y ahora está aquí de forma cada vez más visible y apremiante.

Pensé mucho en todo esto el verano pasado: las noticias sobre temperaturas y sequías eran escalofriantes. Se decía que la España verde era  ya como la España seca y que  la España seca se estaba  convirtiendo  en un desierto. Ahora, en pleno otoño, seguimos como en pleno verano, y tan contentos. A mi me parece una locura pero, que se le va a hacer me dicen. Se mira para otro lado ante algunos fenómenos comprobados y alarmantes: las temperaturas globales han venido aumentando de manera sistemática desde 1880; el nivel del mar ha aumentado  20 cm desde comienzos del siglo XX…Nada, no nos inmutamos y por si faltara poco ahí  tenemos a Trump retirando a Estados Unidos   del Acuerdo del clima alcanzado en París. ¿A qué esperamos para actuar?

 

 

El viernes pasado  fui  al estreno comercial de la película de Al Gore sobre el calentamiento global. Había oído que daba un toque a Trump; bien pensé. Saqué las entradas con antelación pensando en un llenazo pero éramos cuatro gatos. A muchos no les interesan estas cosas y hay otros  que piensan que Al Gore es un ególatra, no se fian de él. A mi sin embargo el documental me interesó y me gustó. Me fío de Gore y le agradezco que, en vez de dedicarse a jugar al golf y a vivir de las rentas de su pasado político, dedique su tiempo y su vida a luchar por el planeta. Me atrevo a recomendaros que vayáis a ver “Una verdad muy incómoda” que es el título de esta segunda parte de su mensaje cinematográfico. El documental es  una exploración visual del dónde y el cómo se encuentra el planeta ahora mismo: calles inundadas en Miami Beach, glaciares de Groenlandia derritiéndose dramáticamente, áridos paisajes en los que antes prevalecía la opulencia vegetal, o largas praderas cubiertas de matojos en las que hasta los ochenta había solo hielo. Un desastre. Los gráficos y el “power point” del anterior documental han dejado paso a un Al Gore más   metido en política, más seguro de si mismo me parece a mi,  aunque un tanto decepcionado: piensa que no le hacen el caso que se merece. ¿Ególatra?; sí algo hay seguramente de egolatría en esa necesidad de estar en todas partes, pero lo que importa realmente es si tiene o no razón y desgraciadamente hay que pensar que la tiene. “Ahora o nunca” es el mensaje.

Si hubiera podido hablar con Gore, estábamos él y yo prácticamente solos en el cine Renoir, le habría trasladado esa preocupación mía: ¿ qué podemos hacer tipos como yo y mis lectores  para evitar el desastre que anuncia en su documental ?. A falta de sus respuestas he acudido a   dos  expertos de menos fama  para que me echen una mano. Uno es un eminente profesor de la Pontificia y otro es mi primogénito. Los dos saben bastante de estas cosas y de lo que me hablan es, por ejemplo,  de consumo responsable. Hay que comer menos carne y reducir los alimentos que descartamos. Una medida de sentido común en todos los aspectos. Por cierto Gore se declara vegano aunque no quiere hacer propaganda de ello. Hay que procurar   reducir el consumo de energía y recurrir, en la medida de lo posible a nuestras posibilidades, a las energías renovables. Me dicen que deberíamos y podríamos cambiar sensiblemente nuestros hábitos de transporte: coger cada vez menos el coche privado y utilizar más el transporte público, o manejarnos en bicicleta por nuestras ciudades….

Elegid una, al menos una, de estas  propuestas y comprometeos con ella. Si lo hacéis esta entrada habrá servido quizás para algo. Y daos prisa para ir a ver el documental de Al Gore; pronto lo quitarán de las carteleras. Acordaos de lo que pasó en el estreno.

 

LA ETERNIDAD EN UN INSTANTE

 

Tu que estrenas a diario una nueva vida… cediendo el paso que es tu filosofía…eres niño más que diez a tus años todavía…si tu no vas al cielo nadie iría….”

Canción de Felipe del Campo dedicada  a su padre

 

 

 

Caía la tarde de un día casi otoñal del pasado mes de agosto en un bosquete de manzanos en Pola de Nava en Asturias, en torno a la casa de Luis Suárez y Mamen. Como todos los veranos estábamos reunidos allí un grupo de amigos para recordar a otro amigo muy querido que se nos murió hace unos años. Disfrutamos hablando de él, de su ingenio, de excursiones compartidas, de recuerdos, de las historias que nos contaba. Nos gusta estar juntos, cerca, alimentados y contagiados por una nostalgia suave y alegre, enlazados por la amistad y el recuerdo.

Se oyen unos compases: es Felipe del Campo que ha cogido su guitarra y empieza a entonar una melodía. Canta muy bien, con gusto y sentimiento. Ya nadie habla, Felipe se “queda con nosotros”, y nosotros con él, nos transporta a otro mundo. Vemos que su hermano Tomás sigue con los  dedos y con los gestos el ritmo de la música  y no tarda en ponerse también a cantar. Se sucede una canción tras otra. Ya somos todos los que cantamos, mejor o peor, da igual, cuando Felipe cada vez más alegre e inspirado, empieza a caminar por el prado con su guitarra en bandolera sin parar de cantar y cantar. Se levanta Tomás y le sigue simulando un sonido perfecto de trompeta que sale de sus labios, otro se levanta y le sigue, ya todos le seguimos, no podemos hacer otra cosa, nos llevan, nos dejamos llevar. Nos sentimos todos unidos por el paraíso que encontramos en ese instante, en el lugar al que nos han llevado los hermanos del Campo que supieron leer como ninguno de nosotros el momento… Y llevarnos.

Escultor, músico, pintor, Felipe, a quien conozco desde hace tiempo, es un artista completo y un gran montañero. De mirada viva y alegre, abierto y campechano es también un  buen amigo. A Tomás lo empiezo a conocer en ese instante mágico que se creó, que nos crearon ellos, que hicimos todos casi sin darnos cuenta. Tomás es la vuelta de Felipe, son iguales y distintos, son hermanos. Estos dos “pájaros” asturianos, listos y conectados por un hilo invisible, sin mediar una palabra, nos cogieron de la mano, aquel día, aquella tarde, aquel momento, nos subieron a su música, nos llevaron a ese sitio donde quisiéramos estar siempre, a ese instante que todo lo cura, que dura tan poco como el resto de tu vida, que ya no se olvida… Tal vez solo puede ocurrir en un momento determinado, cuando todo está preparado para ello, y unos duendes te saben guiar.

Aquel momento, que todavía puedo sentir hoy,  me lleva ahora a la canción que Felipe hizo a su padre, Gonzalo del Campo. De él me hablaron cuando yo mostraba mi admiración por los dos hermanos: “la gracia, el carácter, la sensibilidad cultural y sobre todo la alegría la han heredado de su padre”, me decían. Felipe le ha dedicado una canción preciosa, una canción que he escuchado ya varias veces. Me gusta oírla y vosotros tambien disfrutareis con ella si pinchais en el enlace que aparece al comienzo de esta entrada. Es un homenaje sentido y verdadero de un hijo hacia su padre, una muestra de respeto a la memoria. Porque creo que el afán de novedades es evasión que no conoce ni la esperanza, ni la paciencia, ni la memoria para que algo nuevo ocurra.

En Asturias, en Pola de Nava, en la casa de Luis Suárez y Mamen, nos pasó algo nuevo, y venía de la esperanza, de la paciencia, de la memoria que todos teníamos y sentíamos. Gracias Gonzalo, gracias hermanos, gracias amigos!!!

La economía colaborativa.
Y todos tan contentos…

 

Paloma y Antonio felices en Blablacar, vistos por Jorge Arranz

 

 

Estamos en un mundo en el que cualquier persona puede convertirse en empresario en sesenta segundos”

 

Teníamos que viajar urgentemente a Madrid y no había manera de conseguir billete en ningún transporte público. No sabíamos qué hacer. Estábamos en Guipúzcoa sin coche y sin nadie cercano que nos pudiera llevar. Un buen lío, o eso nos parecía. Era una de esas situaciones imprevistas que obligan a aguzar el ingenio, a salirse del carril de lo conocido. Los hijos, más ágiles, más al día, y más temerarios quizás -aunque la cosa no es para tanto- dieron con la solución. Estaba en internet. Hoy en día parece que todo, o casi todo, se encuentra en la red. Como imaginaba Borges, es una enorme biblioteca universal, pero también es un enorme mercado abierto donde todo se puede encontrar.

Nuestra solución tenía un nombre: Blablacar. Era algo completamente nuevo para nosotros  pero que seguro que muchos  ya conocéis.Con todo, lo quiero contar para beneficio de los de mi quinta.  Hay que estar al día amigos. Eso de blablacar puede parecer una broma, un juego de niños, pero es algo útil, práctico y nada dificil gracias a internet. Se trata de la mayor red social del mundo de coches compartidos, con 40 millones de usuarios. Algo serio, realmente serio. Un buen ejemplo del fenómeno de la llamada economía colaborativa, tan de moda últimamente y de la que sabemos tan poco los “mayores”. El funcionamiento no puede ser más sencillo: a través de su página web se accede a la  oferta de conductores con un destino y horario concretos y que tienen plazas libres en sus coches. La oferta a través de Internet se pone en contacto con la demanda. Así de fácil.

Necesitábamos ir a Madrid y resultó que Sara y David nos podían llevar en su coche desde San Sebastián. Convinimos un precio y un horario, pagamos con nuestra tarjeta de crédito y asunto resuelto. Economía colaborativa, economía de intercambio, todos salimos ganando. Además, esa red tan aparentemente fría nos ofrecía la posibilidad de conocer gente nueva… Todos salíamos ganando… Nada más fácil. O así  nos parecía después de ver el cielo abierto.

Pero enseguida nos asaltaron algunas dudas: ¿quiénes eran Sara y David? ¿cómo nos íbamos a meter en un coche con gente que no conocíamos de nada? Dudas lógicas, dudas razonables. El miedo a lo nuevo, a lo desconocido. Pero la situación apremiaba y no teníamos otra opción. Además, era una oportunidad de hacer algo distinto, de tener una “experiencia”. Exactamente lo mismo pero visto desde el otro lado. En lo que vemos una amenaza también hay una oportunidad. El atrevimiento no es un atributo solo de los más jóvenes. En ocasiones hay que dejarse llevar….

No conocíamos a Sara ni a David pero sí sabíamos muchas cosas de  ellos. Una parte esencial del éxito de Blablacar son los comentarios de los usuarios: comprobamos que nuestros conductores eran gente de confianza y de que su coche era bueno. Eso decían los que habían viajado ya con ellos y no había porqué dudar de su opinión.

De todas formas, cuando la mañana siguiente Paloma y yo entramos en el coche de David y Sara no las teníamos todas con nosotros. Habíamos elegido la opción “conversación” –también se puede elegir “silencio”- y de forma natural empezamos a hablar con nuestros “empresarios”, con esa gente a la que habíamos pagado para que nos llevaran a Madrid y que resultó que era una gente estupenda. Es verdad que las nuevas tecnologías en muchos casos separan, aíslan a las personas. Pero también unen. Este fue el caso al menos para nosotros. Blablacar nos unió a las vidas y a las historias de Sara y David. Y nos dio una solución de transporte cuando todo lo teníamos en contra. A la hora convenida estábamos en Madrid y en el camino habíamos tenido la oportunidad de conocer a dos jóvenes de primera. Ahorramos dinero y ganamos dos nuevos amigos. Y todos tan contento…. Escribo esta entrada en Madrid pero mañana quiero volver a Deba y naturalmente estoy a la búsqueda de un blablacar que me lleve para allá. Espero encontrarlo y sino me iré en tren que también me gusta. Ya os contaré.

 

PD: este verano, como debe ser,  he estado vago. No he dejado de pensar sin embargo en el resultado de mi encuesta particular sobre el futuro de este blog después de las cien entradas y, como estáis viendo, sigo haciendo más o menos lo mismo. Eso es lo que me aconsejaba la mayoría aunque otros me pedían un poco de variación. El otoño que pronto llegará puede ser un buen momento para intentarlo: “En una decadencia de hermosura, la vida se desnuda, y resplandece la excelsitud de su verdad divina”, escribe Juan Ramón Jiménez.

 

EL SENTIDO DE UN FINAL

 

 

“Se confirma que la muerte de Miguel Blesa en una finca de Córdoba fue un suicidio”

 

El País 20 julio 2017

Poseía quince rifles. Así lo cuentan las noticias que se publican estos días sobre su vida y milagros. Quince nada menos ¿no son demasiados? ¿Para qué demonios quería tantos rifles? Uno solo de ellos le bastó para quitarse la vida en Puerto del Toro. No digo esto para sumarme al auto de fe que se ha producido en las redes sociales en torno al suicidio del que fue presidente de Caja Madrid. No quiero formar parte de esa cacería despiadada sobre un hombre que seguramente cometió muchos errores y que ha terminado mal. Solo pretendo darle vueltas al sentido de un final como este, al sentido de una vida entera que termina de forma tan trágica. Una muerte como la de Miguel Blesa da qué pensar, da para pensar en el cómo y en el qué de lo que somos y lo que tenemos, en los riesgos de una ambición desmedida y temeraria que pueden conducir finalmente a la perdida del sentido de la realidad y de la propia vida.

Tampoco pretendo ponerme excesivo. Pero algo sí. Porque cualquier suicidio viene acompañado de una interrogación sobre el sentido de la vida que nos interpela a todos. ¿Por qué lo hizo? Podemos hacer nuestras conjeturas, nuestras cábalas sobre qué pudo llevarle a apretar el gatillo de su propio rifle de forma tan calculada y en lugar tan cercano al panteón familiar. Todo estaba previsto: no podía aguantar más el estado de soledad y rechazo en el que se encontraba. Podemos imaginar, por ejemplo, la inquietante deriva que puede llegar a desencadenar una ambición incontenible por tener más y más sin reparar en para qué y podemos imaginar la situación de zozobra y desamparo que se produce al ver que todo aquello se viene abajo, que el sueño se desmorona. Algo de eso podemos deducir por lo que sabemos del banquero Miguel Blesa.

Es muy difícil percibir el umbral a partir del cual la, en principio, sana ambición por mejorar, por tener más para vivir mejor, se convierte en una trampa mortal, en un despropósito que conduce al precipicio. Y una vez allí, ya solo queda dar un paso, solo un paso, un gesto para que todo acabe de una vez y para siempre. Me he preguntado a menudo por qué razón personas que tienen ya más de lo que puede imaginar, que supuestamente han llegado al súmmum de la riqueza y de lo que la riqueza puede proporcionar -cuántos rifles, cuantas fincas, cuantos placeres, cuantos cuadros, cuantos manjares, cuantos coches, cuantos viajes, cuantos barcos, cuantas joyas, cuantos incunables, cuantos servidores- siga ambicionado más y más, sin medida ni final. No consigo comprenderlo, no consigo entender que se siga corriendo riesgos para conseguirlo. ¿Es el veneno del trabajo?; ¿es el veneno del poder? ¿es el veneno del propio riesgo, ese vértigo que estimula a los jugadores?. Se ha dicho que Blesa fue el primer banquero encarcelado, no es cierto. Antes de él estuvo en prisión Mario Conde, el paradigma del éxito en los años del optimismo y del dinero fácil, presa también de una ambición desmedida que destrozó su vida aunque no acabó con ella. Curiosamente no tuvo el rechazo social que contribuyó probablemente a hundir a Blesa en la miseria. Banesto era un banco privado y no una Caja de Ahorros con una finalidad social. Todo parece los mismo pero no todo es lo mismo para la gente del común.

Nos podemos imaginar que Miguel Blesa no tuvo valor para afrontar lo que le venía encima. Quizás se quedó solo, muy solo. Quizás descubrió que detrás de tanta mentira solo le quedaba la muerte como lo único realmente verdadero. Si la vida es un misterio, la muerte lo es aún más. No doy con el sentido de este final, porque para mí la vida no se acaba nunca. Eso es lo que seguramente piensan los seguidores del cantante Chester Bennington que según leo se siguen reuniendo en torno a la casa en la que recientemente puso fin a su vida porque dicen que no lo entienden. Nunca llegaran a entenderlo, por mucho que se reúnan.

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