Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

LA POSVERDAD EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

El Consejo de Seguridad de la ONU visita zona veredal de agrupamiento de las FARC en el Meta, Colombia

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El cólera fue mucho más encarnizado con la población negra por ser la más numerosa y pobre, pero en realidad no tuvo miramientos de colores ni linajes”
El amor en los tiempos del cólera
Gabriel García Márquez

 

 

Siempre tengo motivos para volver. Colombia forma parte ya de mis pasiones, esas que no se pueden abandonar, esas que siempre regresan. Ya me vais conociendo: me pasó con el 68 francés, con el 11S, con Lula, con las fundaciones…No me cabe ninguna duda además de que lo que pasa en Colombia también, aunque nos parezca que está muy lejos, pasó o está pasando aquí.

Así que  he vuelto a Colombia. A finales de 2016 pasé allí una temporada escuchando emociones e impresiones sobre el Proceso de Paz. Hablaba poco; trataba sobre todo de entender entre líneas lo que había o podía haber debajo de las palabras, lo que se decía y lo que se callaba, el cansancio evidente de unos, de la esperanza evidente de otros. Estuve justo después del plebiscito en el que una mayoría ajustada de la población había rechazado el primer Acuerdo presentado a bombo y platillo en Cartagena de Indias. Hubo un alto nivel de abstención para un asunto de tal calado. El resultado del plebiscito y la alta abstención daban mucho para pensar, para hablar, para tratar de entender. Viví muy intensamente los delicados momentos que se sucedieron hasta la firma de un nuevo Acuerdo impulsado con indudable valentía por el presidente Santos. Me hice Santista cuando muchos ya no lo eran.

Tomé nota de lo que escuché y escribí en un ensayo: “sociedad civil y paz” que fui a presentar a la Feria del Libro de Bogotá que es todo un espectáculo de cultura de bullicio y de alegría. Casi no tuve tiempo para nada. Pero el libro publicado me permitió volver a conversar sobre el proceso de paz. Esos pocos días me han dado para escribir esta entrada sobre la posverdad un término que se ha puesto de moda en nuestros tiempos.. Una palabra que, para mi sorpresa, ha sido elegida como “palabra del año” en el diccionario Oxford y que refleja una situación en la que: “los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Comprobé que el termino era menos común en Colombia que entre nosotros pero el fenómeno, tan viejo como el mundo, sí estaba allí. Nunca pude imaginarme que las cosas hubieran cambiado tanto desde que dejé Colombia. Incluso en amigos entusiastas del proceso de paz en mi primera visita mostraban ahora un desánimo preocupante. ¿Qué había pasado?. ¿Cómo se podía entender que la dichosa posverdad, que no es sino una mentira disfrazada, hubiera calado en tanta gente y en gente tan distinta?. Me acordé de la cita de García Márquez sobre el cólera que abre esta entrada: también la posverdad afecta más a unos que a otros, pero “no tiene miramientos con colores ni linajes”. Los taxistas de Bogotá dicen estar seguros de que Santos es el jefe de las Farc y Uribe de los paracos, solo ellos se lo creen, pero me sorprendió y mucho que gente “enterada”, algunos muy cercanos, hicieran suyas fábulas políticas difíciles de digerir. Eso me preocupó: la paz requiere de justicia en primer lugar pero también de generosidad, de voluntad de acuerdo, de confianza de palabras precisas, no contaminadas. No se puede vivir en paz con verdades a medias, con mentiras mezcladas de verdad. Me temo que en Colombia, en estos momentos, la posverdad navega a favor de corriente; los que la alimentan y la difunden saben que calará en un caldo de cultivo dispuesta a recibirla y agitarla. Es contagiosa, muy contagiosa. Tanto como el cólera, pero no podrá parar un proceso que es ya imparable. Estando yo en Bogotá se produjo un acto de enorme transcendencia al que muchos trataron de quitar importancia. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas pasó varias horas en una zona veredal en el departamento del Meta, visitando espacios en los que se encuentran reunidos los integrantes de la guerrilla de las Farc para dejar las armas. Nunca las Naciones Unidas habían tomado una iniciativa semejante pero esa verdad se convirtió en posverdad y la presencia de la ONU se atribuyó a un acto de propaganda de Santos. Habrá que evitar a toda costa la asimilación del proceso de paz con una determinada opción política, pero algunos no dejan de intentarlo. Es ya inútil: la paz estable y duradera tardará más o menos en llegar pero es, repito,  imparable. “Supe que la paz sería real y civil” me atreví a escibir en ese libro que presenté en Bogotá y en ello me mantengo a pesar de las posverdades.

 

muévete en bici
por tu bien y el de tu ciudad

Son las de las bicicletas

las únicas cadenas

que dan libertad.

Ciclista anónimo

 

 

 Me temo que yo no. Ya no. Ya estoy algo mayor. Dos  noes para venir ahora a un sí muy convencido. Me uno con entusiasmo a la campaña de la Comunidad Muévete #PorElClima a favor de la movilidad urbana sostenible. Me uno con entusiasmo a la promoción de las bicicletas eléctricas porque aunque yo no pueda, ni deba, intentar utilizarlas, (ganas no me faltan) me gusta que otros sí que lo hagan. Me gusta que se animen, se diviertan y se aprovechen de esa iniciativa concreta, precisa y sana que nos mueve a la acción, a cambiar de hábitos, a tomar una decisión para empezar a arreglar “nuestro trozo de nuestra acera”.

Uno de mis hijos, Gonzalo, que es un verdadero apóstol de esta causa, la de las bicis eléctricas, la del “medio ambiente”, me animó a asistir a una reunión en la que se iba a tratar de estos importantes asuntos  con motivo del Día Mundial de la Bicicleta que se celebra anualmente el 19 de abril en conmemoración del benéfico paseo en bicicleta del científico suizo Albert Hofman después de realizar en si mismo una prueba para determinar los efectos del LSD. Ya veis, si no fuera por los hijos uno no se enteraría jamás de algo así. Me apetecía ir y traté de encontrar a alguno de “mi equipo” que me acompañara. Negativo: “pero que se nos ha perdido a nosotros en eso de las bicis eléctricas” me decían. No se enteran de nada estos colegas míos. Algo habrá que hacer, digo yo, y dicen muchos más y con más autoridad que yo, para acabar con la locura del caos circulatorio que afecta a la calidad y a la salud de nuestra vida, a la mala vida que llevamos por la polución que nos envuelve y la angustia que nos produce el tráfico de nuestras ciudades. Lo de ahora es una locura, no deja de ser una locura por más que miremos hacia otro lado, por más que nos desorientemos con otros asuntos llamativos, quizás, pero seguro que menos alarmantes.

Así que me fui solo a la reunión que se celebraba en la calle del Nuncio, en Madrid y me alegré, y mucho, de haber ido. Antes de entrar en ella, me di una vuelta por el barrio de La Latina. La mañana no podía ser mejor. Aunque no iba en bicicleta, entré con el mejor espíritu, con la mejor disposición. Me enteré de muchas cosas que, como ahora se suele decir, quiero  compartir. La más importante sin duda para los que después de leer todo lo anterior estén ya empezando a pensar en comprarse una  “eléctrica”, es la oferta que presentó en la reunión la ya mencionada Comunidad. Es muy buena y que conste que no llevo comisión: se comprometen a hacer un  descuento del 30% en el precio final a todas aquellas personas que se adhieran  y creen su perfil. Desde la web se accede de manera directa a la plataforma de compra que estará abierta durante dos meses. No quiero entrar  en más detalles; para eso está la Web y yo mismo si alguien me necesita. Aunque soy un completo ignorante me encantaría poder ayudar a mis lectores a moverse en bici por el clima, por la tranquilidad de nuestras ciudades, por la sostenibilidad de nuestro planeta.

Gonzalo, ese hijo mío que me ha metido en ésto y que con tanta gracia ha dibujado  Jorge Arranz para esta entrada,  ha publicado recientemente un artículo en El Confidencial en el que nos da 10 razones , 10, 10 motivos, 10, para hacernos con una bici eléctrica, para utilizarla y disfrutarla, para hacer nuestra ciudad más habitable y placentera. Nos habla en él de economía, de medio ambiente, de salud, de aprovechamiento de nuestro tiempo, de calidad de vida, de rapidez, de seguridad. No os voy a contar lo que ya cuenta él mucho mejor que pueda hacerlo yo. Lo que no voy a dejar de hacer es animaros a compraros una de estas bicicletas aprovechano, si es posible estas ofertas que, en algunos casos, van acompañadas de las de algunas empresas. Si tenéis que ir todos los dáis al trabajo trabajo y sois algo más jóvenes que yo, no lo dudéis. Y, también, y sobre todo, os animo a que difundáis la buena nueva. La vida puede ser más divertida de lo que nos creemos: a veces, basta con muy poco. Y, también, con muy poco, podemos empezar a cambiar el mundo: solo eso, una bicicleta con un pequeño motor eléctrico. No paremos de pedalear. Y si nos cansamos, ya tenemos una pequeña ayuda suplementaria. No hay excusa. A por ella.

 

EL INTACHABLE HOLANDÉS NOS LEE LA CARTILLA

 

“Soy cantor, soy embustero,
me gusta el juego y el vino,
Tengo alma de marinero…

¿Qué le voy a hacer, si yo
nací en el Mediterráneo?”

“Mediterráneo” Joan Manuel Serrat

 

 

El pasado vuelve como un boomerang. Nos fijamos en las cosas que cambian y dejamos de lado aquello que sigue estando ahí, presente como una losa invisible. Y nos sorprende cuando aflora. Aquellos complejos, estereotipos, fobias y xenofobias, entre norte y sur aparecen de nuevo como si nada hubiera pasado en estos años. Los países del sur de Europa están irritados por las declaraciones de Jeroen Dijsselblom, ex ministro de finanzas del gobierno holandés y todavía presidente del Eurogrupo, a un periódico alemán. Ha dicho, según cuenta la prensa, que lo que tienen que hacer (los del sur) es trabajar más en vez de gastarse el dinero en alcohol y mujeres y pedir luego ayuda a los del norte. Quizás como escribía Alex Grijelmo en El País del domingo pasado la transcripción de lo que dijo no sea totalmente cierta, pero me da por pensar que eso que se dice que ha dicho es lo que en realidad le pasa por la cabeza a Dijsselblom cuando desde su atalaya calvinista y puritana nos contempla a los del sur. Nada nuevo bajo el sol.

Al leer la noticia me vino inmediatamente a la memoria mi experiencia en el Club de la Haya. Cuando a comienzos de los ochenta me incorporé por iniciativa de Ricardo Díez-Hochleitner a ese selecto club de fundaciones europeas, quien mandaba realmente allí, fuera quien fuera el presidente de turno, era su fundador, Wilem Welling, director de la Fundación Bernard Vand Leer. Lo diré con toda claridad, porque quién me manda a mí, a estas alturas, andarme con rodeos: era una persona absolutamente insoportable, atrabiliaria y vanidosa que despreciaba olímpicamente a la gente del sur. De Francia para abajo, en términos geográficos, estábamos todos en inferioridad de condiciones, éramos los parientes pobres de aquel Club tan distinguido y de aquel insoportable Mr. Welling. El dominio del inglés influía sin duda en aquella situación -no quiero ni contar mis sudores en los discursos que tuve que pronunciar cuando llegué a “chairman”, pero también, y sobre todo, los complejos combinados de superioridad de los del norte y de inferioridad de los del sur. Ellos “sabían” y nosotros, los parientes pobres de abajo, no. Éramos nosotros quienes teníamos que aprender. Eso, ciertamente, no nos iba a llevar muy lejos. Esa Europa no era la Europa del trabajo que yo había conocido en el mundo asociativo de las relaciones laborales, más pegada al terreno por la fuerza de las cosas, era una Europa que conservaba reminiscencias de un pasado en el que el sur estuvo siempre relegado… Por eso cuando se critica la construcción de Europa a golpe de leyes y decretos, con infraestructuras comunes y cesiones de soberanía, yo pienso que esa era y es la única forma de construir una Europa realmente común.

Vuelvo ahora a Dijsselblom. Nuestro ministro calvinista que se precia en decir lo que piensa y cómo lo piensa, pertenece al partido socialdemócrata y cree, según ha confesado, en la solidaridad. En la solidaridad bien entendida, en la solidaridad de quienes se la merecen. A este tipo de argumentos es a los que ha acudido para justificar sus equivocas y desafortunadas palabras. No le gusta ayudar a quien no se porta bien, dentro de sus estrictos parámetros, a quien no se porta como un ministro de Hacienda holandés entiende que hay que comportarse. Me recuerda a una viñeta de mi añorado Chumy Chúmez en la que se veía a una señorona con collares dándole una limosna a un pobre al tiempo que le entrega para que firmase un papelito que ponía: “Prometo que no me lo gastaré en vino…” Nuestro holandés parece no reconocer la riqueza y el valor de la diversidad, y solo observa la realidad bajo el filtro del estereotipo rancio y deformante.

Yo, del sur de Europa, no soy un torero, ni un vago, ni soy un borracho y, además, en eso del vino y de las borracheras habría que ver. Yo soy Picasso, yo soy Cervantes, yo soy Leonardo, yo soy Miguel Ángel, podría decirle y me estaría equivocando también. No somos, los del sur, más ni menos, y tenemos, unos y otros, que aprender de la mezcla que, por cierto, ya está muy mezclada en todas partes. Leo que no es la primera vez que se le escapan este tipo de comentarios al intachable Dijsselblom. Acusó al presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, de fumar y beber demasiado. Pero rectificó enseguida; Juncker es luxemburgués. Ahora no lo ha querido hacer con los países del sur. Algo pasa.

 

DESCONECTAR

Creo que está usted quemado…

es sólo una tosecilla …

 

Los imperativos legales centrados en los síntomas y no en las causa del exceso de correos electrónicos tienen pocas posibilidades de prosperar.

Michael Mankins

Uno de los días del pasado puente de San José me llamó uno de mis hijos que andaba de vacaciones por Andalucía; quería comentarme algo relacionado con una campaña de promoción del uso de bicicletas eléctricas en la ciudad. Cada loco con su tema: este hijo mío, a favor del llamado derecho a desconectar del que voy a hablar hoy, no desconecta nunca de las cosas que le apasionan y le interesan. Le comprendo muy bien porque a mi me pasaba exactamente lo mismo. No entendía ni aceptaba esa separación rígida entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio producto de la Revolución Industrial; ese fenómeno histórico que trajo tantas cosas buenas y otras no tanto.

Me parecía   mucho mejor -espero no ser malinterpretado por esto- la sociedad ideal comunista en la que cada uno podría trabajar y realizarse en los campos más afines a sus gustos: hacer hoy una cosa, mañana otra, cazar por la mañana, pescar después de comer; cuidar el ganado por la tarde, y escribir algo después de cenar. Comprendo que ese “paraíso laboral” que soñaba Marx no era algo más que una utopía, pero en la medida de lo posible, y lo posible era limitado pero algo de margen dejaba, he tratado siempre de llevarla a la práctica en mi propia jornada laboral: cumplía con mis deberes pero me “escapaba” de vez en cuando para “desconectar” y sin embargo en mis vacaciones “trabajaba” en algo que me interesara – me encantaba traducir algún libro aprovechando el mes de agosto- sin hacer maldito caso a los que pensaban esa bobada de que las vacaciones   consisten sobre todo en no hacer nada.

Viene todo esto a cuento de las iniciativas que se están produciendo en Francia y en España para tratar de regular lo que se ha venido en llamar el “derecho a desconectar” o en términos más literarios el “derecho al olvido”. Los socialistas franceses que siempre van unos pasos por delante de los nuestros, introdujeron este derecho en su última reforma laboral y aquí en España se está empezando a hablar de ello ahora que se acerca el Congreso Federal del PSOE. Ambos partidos, el francés y el español, no están pasando por su mejor momento y uno podría llegar a pensar que este asunto entra un poco de relleno, si bien algo hay de cierto  en la preocupación que suscita actualmente la invasión de internet en la vida personal y laboral en tiempo de ocio.

Así lo explicó el ministro de trabajo francés al presentar en la Asamblea Nacional un proyecto de ley para adaptar el derecho laboral a la era digital: “Los empleados dejan la oficina físicamente pero no se despegan del trabajo. Permanecen conectados por una especie de correa electrónica, como un perro”. Un poco dramático se puso a mi juicio el ministro pero hay datos  que nos dicen que los problemas de estrés laboral derivados de la tecnología digital están creciendo de forma alarmante. El “burnout”, no podía faltar el término inglés para dar “glamour” al síndrome de estar quemado, es una situación de agotamiento físico y mental producida por un entorno profesional estresante. Según el Institut de Veille Sanitaire en Francia habría treinta mil personas afectadas por este problema, una cifra que se eleva hasta los tres millones según las empresas especializadas en la prevención de riesgos.

Es lógico que las cifras fluctúen y se contradigan tanto como los estados de ánimo.. Nada nuevo bajo el sol, me digo. En mis tiempos hablábamos de “humanización del trabajo” y a ese tema dedicamos un Congreso europeo en Madrid hace casi cuarenta años. Miro ahora en Google y descubro que el viejo libro que coordiné y prologué hace tantísimo tiempo se sigue vendiendo por unos tres euros. No sabíamos entonces la extensión y la profundidad del problema ni tampoco podemos saberlo ahora: todo lo que hace relación al trabajo se nos escurre entre los dedos, se nos escapa. No podemos vivir sin trabajar, aunque nos cueste aceptarlo, pero sabemos que no todo en la vida es trabajo y sospechamos que el trabajo no es lo más importante de la vida. Queremos trabajar, necesitamos trabajar pero no queremos que el trabajo nos domine, nos agote, nos “queme”. Queremos desconectar, pedimos desconectar, necesitamos desconectar, pero no del todo, no para siempre. Solo lo suficiente para hacer bien nuestro trabajo, para que nuestra vida sea mejor, más saludable y placentera. Esas leyes que se anuncian pueden servir para que las empresas sean más respetuosas con el tiempo libre de sus empleados pero finalmente serán ellos los que tendrán que decidir cuando y como desconectan. Las leyes, por si solas, no lograran resolver el problema.

SILENCIO

 

Para el viento, una cometa
Para el lienzo, un pincel
Para la siesta, una hamaca
Para el alma, un pastel

…………..

Para la guerra, nada

 

De la canción “Para la Guerra nada”,

Marta Gómez

 

Hace unos días recibí un correo que me dio mucho ánimo. Era de Canel, ese pariente mío que muchos ya conoceréis por los frecuentes comentarios que hace en este blog. Canel me reprende cariñosamente. Me dice: “se cumplen ahora 43 días sin tener noticias tuyas a través de tu blog. Nunca ha sido tan duradero tu silencio y eso me preocupa”. Qué buen tipo, qué generoso… Me llama la atención, me incita, me estimula a seguir con mis hábitos escribientes y blogueros. Y tiene razón al hacerlo, porque yo mismo, me temo, me estaba diciendo lo mismo…

Otros amigos me han hecho llegar también su extrañeza al no recibir mis periódicas entregas, pero no con tanta precisión –ni yo mismo me había dado cuenta del tiempo que había pasado- ni, desde luego, con una advertencia tan directa como la que me hace Canel: “Espero que no se te haya ocurrido dejar de proporcionarme –a mí, y a muchos más- tan energético alimento para nuestras neuronas”. No sé si está bien –aunque ahora con lo de la posteridad ya no sabe uno lo que está bien y lo que está mal- airear estos elogios pero os puedo asegurar que un bloguero solitario como yo los necesita como el comer. Canel ha sabido tocar en esta fibra sensible que todos tenemos, en ocasiones, un poquito aletargada. Y me ha dado pie para dar fin a este “justificado” silencio, ahora os lo explico, de ya más de 40 días.

La culpa la ha tenido Colombia y su proceso de paz. Seguramente algunos de vosotros habíais barruntado que andaba metido en algo de eso. Es cierto, pero lo que todavía no sabía yo del todo entonces, al comienzo de este silencio bloguero, es que me iba a meter tan de lleno, tan del todo, hasta el punto de no pensar casi en otra cosa. Estuve en Bogotá y en Medellín, hablé con mucha gente y participé en diversas reuniones en un momento especialmente delicado del proceso de paz, entre el “no” del plebiscito al “primer Acuerdo” y la firma, poco más de un mes después, del “Acuerdo definitivo”. Mis encuentros con representantes de la sociedad civil colombiana fueron del mayor interés y me propusieron que lo publicara en un libro. Sin pensarlo dos veces dije que bueno, que sí, que lo haría, y en esa tarea he estado embarcado en los dos últimos meses… Echaba de menos “mi blog”, pero ya no estoy para hacer dos cosas a la vez. O libro o blog. No era una decisión traumática… Sólo sería por un tiempo… Pero, me doy cuenta que para volver es bueno que alguien te empuje, te agite, te anime… Y Canel lo ha hecho. Ayer mismo mandé por fin la versión final, o eso espero, del libro, y hoy estoy escribiendo estas líneas, volviendo a este lugar que es tan mío como vuestro.

No os daré mucho la vara con el asunto de Colombia y su proceso de paz, os lo prometo. Lo tengo muy reciente y podría dejarme ir con cierta facilidad contando las historias que he escuchado y he vivido, exponiendo unos dilemas sociales, políticos y morales que son tan locales como universales… Pero ahí tenéis ya el libro, a punto de publicarse, ya acabado… Lo presentaré en mayo en la Feria del libro de Bogotá; lo digo por si alguien se anima.

He tratado de ser neutral. Iba a escuchar a los colombianos, a representantes de la “sociedad civil” y no a pontificar, pero me ha sido muy difícil no decantarme, incluso con cierto apasionamiento, por el “sí” después del “Acuerdo renegociado”. La paz, después de más de 50 años de guerra, de dolor y de muerte merecía una oportunidad en Colombia. A mí me lo parecía, a mí me lo sigue pareciendo… Pero sé bien que no es nada sencillo.

En el cajón de sastre del “no” había un poco de todo, había algunas dudas justificadas, había incertidumbres, había falta de información. Por supuesto aparecía el dilema justicia/paz digno de ser tenido en cuenta en primer lugar, pero también la defensa de privilegios adquiridos, el miedo al cambio, los factores partidistas…

Mi posición con respecto al presidente Santos ha ido cambiando con el tiempo. Hubo un momento en el que me asustaba su voluntarismo, su tendencia a confundir, con cierta frecuencia, los deseos con la realidad pero un presidente hamletiano no habría sido capaz de sacar adelante un proceso de paz tan complejo y delicado como el colombiano. Queda mucho, muchísimo, por hacer pero lo conseguido es impresionante.

Seguiré de ahora en adelante el complejo desarrollo del post conflicto pero sin dejar este blog que es ya parte de mi vida. Siempre “a la orden” como dicen en Colombia.

DESCONCIERTO EN EL PALACIO REAL


…Ojo en camino y ojo en lo por venir…

 

 

Fábula de los tres hermanos

Silvio Ródriguez

 

 La visión adelantada de Sánchez Asiaín

 

Durante la etapa de creación de la Fundación Cotec tuve la suerte de trabajar muy cerca de José Ángel Sánchez Asiaín, el gran banquero -y muchas cosas más- fallecido recientemente. El Rey emérito le había elegido, junto a José Lladó y Adrián Piera, para impulsar la creación en España de una institución de innovación empresarial. Ese proyecto era Cotec. En él Asiaín y yo nos encontramos por azares del destino y siempre nos entendimos, sintonizamos. Había una fácil afinidad entre nosotros.

El mismo día en que se hizo pública la noticia de su dimisión como Presidente del BBV, recibí una llamada suya para decirme que estaba listo para atender el encargo del Rey y que contaba conmigo. La decisión de dejar el Banco en manos de Emilio Ybarra tuvo que ser dolorosa para él, pero, si lo fue, no se le notaba. Siguió adelante como si no hubiera pasado nada, o al menos eso parecía. Viví con él en Cotec, con el Rey siempre muy cerca, momentos y experiencias inolvidables que, aduciendo su falta de memoria, algo que nunca llegué a creerme del todo, me pedía que le recordara en algunos momentos de relajo alrededor de un Dry Martini, bebida que le gustaba casi tanto como a mi. Una de las historias que nos gustaba recordar es la que traigo hoy aquí en estas líneas de homenaje a su memoria.

Estamos en uno de los actos públicos más importantes de Cotec. El Rey, feliz y satisfecho con la marcha del proyecto, ofrece en el Palacio Real un almuerzo a los patronos de la Fundación Cotec, al que se invita también a los directores de los principales medios de comunicación del país. Con la colaboración de Eduardo Punset y de Rafael Ansón, dos personajes con los que tuve que lidiar en aquellos tiempos, se preparó el acto con toda minuciosidad. El día del acontecimiento estábamos todos, Asiain incluido, un tanto nerviosos. No era para menos: asistirían los Reyes, los ministros, Solana y Aranzadi y lo más granado del mundo empresarial y de la comunicación.

Andaba buscando mi sitio en las mesas instaladas para la ocasión en el Salón de Columnas del Palacio, cuando se me acercó Asiaín con aire preocupado: el director del diario Egin, invitado por error al acto, después de decir el día anterior, para nuestra tranquilidad que no asistiría, si había acudido finalmente. El desconcierto se apoderó de nosotros, solo de nosotros porque nadie  más lo sabía. Me pidió que me ocupara de él, que lo sentara en mi mesa y a mi lado y que tratara de salir del paso de  la mejor manera posible. La invitación a Egin, el periódico “maldito” al que se asimilaba con ETA, se había colado en los envíos sin que nadie se diese cuenta. La respuesta inicial había sido negativa pero se ve que alguien pensó que podría merecer la pena ver de que iba aquello y por allí andaba ya su director según me dijo Asiain. Se llamaba, creo recordar, Xabier Oleaga. Un “batasuno” se encontraba en el Palacio, a unos metros del Rey, y nadie lo sabía. Le reconocí con facilidad, me presenté, le agradecí su presencia y le conduje a nuestra mesa. Busqué asuntos comunes para iniciar la conversación: Deba, San Sebastián, los montes de Euskad… Volví a agradecerle su presencia pero no me dejó seguir: era el, me dijo quien tenía que agradecer la invitación: “ya era hora de que se acordaran de nosotros”. La idea de que el Rey dedicara su tiempo a impulsar la investigación y la tecnología le parecía interesante y me pidió que le hablara de Cotec…Normalidad absoluta; desconcierto superado. No pasó nada, no tenía porqué pasar. Al día siguiente la noticia del acto apareció en Egin con cierto relieve: la invitación del “monarca Borbón” les parecía, lo mismo que a Oleaga, “muy de agradecer”

Cuando esa misma tarde, ya todos felices  y contentos por el éxito del acto, le conté a Asiain como habían ido las cosas, tuve la sensación de que  comenzaba a contemplar el “error” de la invitación al director de Egin desde otra perspectiva. Le veía tan sonriente y tranquilo que llegué incluso a pensar que tal “error” no se había producido nunca. Asiain iba siempre unos pasos por delante de los acontecimientos; llevaba la innovación y la anticipación en los genes. Años más tarde, cuando después de las elecciones generales de 2011 los diputados de Amaiur acudieron a la Zarzuela, me llamó por teléfono: “¿Te acuerdas de lo de Egin en el Palacio Real?. Por supuesto que me acordaba.

ESTE AÑO ME ENCONTRARÉIS EN TWITTER.

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“@Cotec_Innova fue una iniciativa del Rey emérito, pero quien la hizo realidad fue #Asiain . Su legado en #innovación es inmenso”

Mi primer tuit de 2017.

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Hará ya unos tres años que Pilar Portero, inteligente periodista que forma parte de mi entorno familiar, me habló de la importancia de Twitter, de la que tenía, y sobre todo de la que llegaría a tener en el futuro. “Si no estás en Twitter no estás en el mundo”, me vino a decir. La escuché con interés, Pilar está siempre muy al día, pero me quedé un poco desconcertado: ¿qué demonios se podía decir en solo 140 caracteres?. Enseguida abrí una cuenta, pero ahí se quedó, prácticamente sin estrenar. Con esa estúpida arrogancia del ignorante ya entrado en años, decidí que aquello no servía para tanto y que no merecía la pena dedicarle demasiada atención. No veía porvenir al asunto y me equivoqué, vaya que si me equivoqué. Por ahí andan unos cuantos tuits que puse sin demasiada convicción y unos cuantos seguidores que ya me habrán perdido la pista por ausencia de huellas.

Ahora, por fin,  me he dado cuenta de que 140 caracteres sí que dan para mucho: para debates políticos (democracia de tuiteros llama Raúl del Pozo a la política actual); para crisis diplomáticas; para campañas publicitarias; para vender discos, libros o lo que sea… “Cháchara sin sentido, corta ráfaga de información intranscendente…” ese es el significado de la palabra Twitter en inglés. Esa “cháchara”, sin embargo,  factura más de dos mil quinientos millones de dólares y produce 65 millones de tuits al día. Asustan esos datos pero ahí están. Tiene además efectos y causa impacto. A veces causa también pavor. Donald Trump que será en unos días el  presidente del país más importante del mundo, no ofrece ruedas de prensa, no contesta a las preguntas de los periodistas … pone tuits. Y a veces se equivoca al escribirlos, ¿a quién no le pasa?.

Entendemos o tratamos de entender su calentón al enterarse de que China había robado aparentemente un “dron” americano y, conociéndolo como le vamos conociendo, no nos puede extrañar que tirara rápidamente  de su móvil y pusiera un tuit tremendo. Lo malo es que a causa de un pequeño error, el tuit en cuestión, se volvió viral y llegó a medio mundo. Dan miedo estas cosas. También en España ha habido casos parecidos pero, claro, a escala nacional; no tan virales, digamos. Nuestros políticos exponen y dirimen sus diferencias  con tuits cada vez más explícitos y en ocasiones también se equivocan.

Es cierto  que los tuits los carga a menudo el diablo, pero forman ya parte de nuestro entorno social. Siento que me pierdo algo, que no estoy al día, que algo debe de tener esta red social que yo no supe ver. Detrás de tanta “cháchara”, de tanta polémica, de tanto alarde, también hay información, reflexiones inesperadas, opiniones inteligentes, ingenio…

Reconozco ahora el error de cálculo que cometí después de mi conversación con  Pilar. Se lo he dicho y me ha animado a volver. Voy a hacerlo, de hecho ya he puesto un tuit  esta mañana dedicado a José Ángel Sánchez Asiain, gran banquero y gran innovador, a cuyo lado trabajé muchos años. He utilizado aquella cuenta que tenía abandonada  y he cumplido así uno de mis propósitos para 2017 (haré también más “estiramientos” pero eso importa menos a mis lectores aunque probablemente sea más rentable para mi salud).

Voy a “piar, gorjear, lloriquear, quejarme”…eso es también tuitear en inglés, cada vez que algo me sorprenda, me preocupe o me interese y pueda interesar, a mi juicio, a los demás. Lo que no sé es cuantos seguidores tendré, cuantos me quedan de mi “primera época” y cuantos nuevos iré ganando. Tampoco me importa. Seré un tuitero de culto, es decir de esos a quien no lee casi nadie. Pero nunca se sabe; lo mismo en algún momento soy capaz de liarla parda con solo 140 caracteres. Aquí tenéis mi cuenta:

twitter.com/AntonioSdeMiera

 

IÑIGO ORIOL Y EL TIRANO ENCANTADOR

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Amo esta isla, soy del caribe
Jamás podría pisar tierra firme,
Porque me inhibe.

No me hablen de continente
Que ya se han abarrotado,
Usted mira a todos lados,
Y lo ve lleno de gente

Pablo Milanés

 

El Premio Puente de Alcántara de obras públicas se concedió en 2001 a un Pedraplén que une diversos cayos en la provincia de Villa Clara en Cuba. Desde el helicóptero que nos llevaba desde la Habana al caribe descubrimos de pronto una gran mancha roja junto al mar azul: aquello era el Pedraplén. Más de un millar de trabajadores con gorras de visera rojas nos recibió entre grandes aplausos mientras agitaban al viento banderitas cubanas.

El espectáculo en el Cayo de Santa María era fascinante: todo estaba preparado para hacernos sentir en el lugar en el que estábamos, la luz del Caribe y la escenografía de la revolución. Cuando en mi papel de telonero del acto me disponía a subir a la tribuna instalada al borde del mar, el “gallego Fernández”, uno de los vicepresidentes más veteranos del Gobierno de Castro, me ofreció una banderita cubana que naturalmente acepté y comencé a agitar como hacían todos los demás. En aquel momento las relaciones con el gobierno de Aznar eran especialmente tensas y no se me escapaba la ironía con la que contemplaba la escena Jesús Gracia el entonces embajador de España en Cuba: me estaba jugando mi futuro político.

Al día siguiente Castro recibiría el Premio en el Palacio de la Revolución de manos de Iñigo Oriol presidente de la Fundación San Benito de Alcántara. Nada más aparecer Fidel, Oriol se adelantó a saludarle y se presentó a si mismo, sin atender a las dilaciones protocolarias, como un “empresario de una saga de tres generaciones”. Quería dejar las cosas claras desde un principio. Y para que no quedara la mínima duda al respecto, agregó sonriendo: “Y estoy orgulloso de serlo, Presidente”. En ningún momento le llamó comandante, faltaría más.   Así era Oriol, espontáneo y directo. Si nunca había ocultado ese orgullo empresarial que llevaba dentro, no iba a hacerlo ese día en un lugar de tanto significado como era el Palacio de la Revolución. Castro se le quedó mirando, aceptó el envite y le contestó con aire retador: “Esos son los que me gustan a mí.”

Aquello prometía. Si Oriol se sentía heredero de los valores y la ejecutoria de una larga tradición familiar, Castro se consideraba como el último defensor de las revoluciones modernas. Peleaban en campos diferentes pero los dos parecieron entenderse bien a partir de aquel comienzo absolutamente improvisado. Al Fidel que conocimos en aquella ocasión se le notaba ya un poco torpe de movimientos pero aún estaba lucido y peleón, dispuesto a debatir sobre todo lo que se le pusiera por delante.

A Oriol le gustaba la historia y también a Fidel y en eso se centró la conversación después de las palabras protocolarias, hasta que salió el tema de la electricidad. No creo que Oriol pensara en Cuba como un posible mercado a conquistar, el horno político no estaba para esos bollos, pero Castro no cesaba de lanzar preguntas y preguntas sobre el asunto en cuestión: “no tenemos resuelto ese problema”, confesaba, “y ustedes saben mucho de eso”.

El dialogo se mantenía vivo y el tiempo pasaba; alguien debió de hacerle alguna señal a Castro y este dio un giro imprevisto a la conversación. Nos invitó a volver al Palacio esa noche para cenar con él y alguno de sus ministros. Fraga le había enviado un buen “viño do Ribeiro”, era una excelente ocasión para probarlo. No podíamos, le respondió Oriol porque esa misma noche regresábamos a Madrid en un vuelo de Iberia. “Eso ya se arreglará” contestó Castro. El vuelo en cuestión no salió hasta la mañana siguiente, se adujeron causas técnicas, y pudimos volver al Palacio de la Revolución para disfrutar de un esplendido banquete revolucionario. Aquella situación nos hizo recordar , por si lo habíamos olvidado, que estábamos en una dictadura. Un solo gesto de líder podía solucionarlo todo y decidirlo todo.

La cena duró y duro. más de lo razonable, sin que apenas nos diéramos cuenta, sin que se nos hiciese larga. No creo que Oriol haya estado nunca más brillante que ese día hablando de electricidad y Castro como anfitrión y con unas copas era un tirano “encantador”.

Tengo que reconocer que no sé que conclusión sacar de la extraña sintonía personal que se produjo ese día en el Palacio de la Revolución entre un empresario capitalista y un presidente comunista.  El asunto tiene su aquel, pero yo no soy capaz de descubrirlo. Espero con interés los comentarios de mis lectores. Si son muchos y sabrosos, habrá que volver sobre el tema. A mi me gustaría.

¡ QUÉ TRUMPADA ¡

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“El Proceso de Paz tiene ahora una fecha límite: el 20 de enero, día en el que Donald Trump llegará a la Casa Blanca”

 

Revista Semana

 

Me enteré en Colombia de la victoria de Trump en las elecciones americanas. Durante dos semanas he estado participando en diversos seminarios y entrevistas en Bogotá y Medellín sobre los Acuerdos de Paz “renegociados” entre el gobierno de Santos y las FARC. Me interesaba el tema, ya me vais conociendo. Así que cogí la maleta y me fui para allá. Quería conocer de cerca lo que está pasando, lo que se está cociendo, lo que se está diciendo… Quería entender, para interpretar. Ha valido la pena mi viaje. Ya iré contando mi experiencia. Porque la situación actual en Colombia ofrece muchos aspectos de interés para la reflexión y el análisis: políticos, sociales, culturales, morales.. Da para mucho y cambia día a día, casi minuto a minuto…

Me llegó la noticia de lo de Trump al comenzar una de las sesiones del “conversatorio” sobre el Acuerdo que mantuvimos en la Fundación Nogal dedicada a promover la paz en el mismo lugar en el que murieron 36 personas a causa de un atentado de las FARC en el año 2002, Abría el diálogo Germán Rey, eminente psicólogo colombiano, creador y promotor de una asociación en defensa del “sí” que lleva un bello nombre: “La paz querida”. Al presentarse no se olvidó de recordar que había participado en un Aurrulaque, esa marcha que celebramos cada año en defensa del Guadarrama.

Lo del Aurrulaque era anecdótico pero a mi me gustó escucharlo. Lo importante era que ese miércoles 9 de noviembre se había conocido en la madrugada colombiana la victoria del magnate conservador y a ello se refirió Germán Rey. No habló directamente del resultado electoral: prefirió leer el tweet que había puesto el ex presidente Uribe, enemigo declarado del Acuerdo y principal promotor del “No” al candidato elegido por los americanos. Decía escuetamente que “los dos problemas de Colombia eran el narcotráfico y Venezuela”. Hilaba fino el ex presidente. Uribe, no hablaba de paz, ni siquiera de justicia, cuando esos son asuntos básicos del Acuerdo, sino de los dos fantasmas que atraviesan el continente americano.

No es de extrañar que el triunfo de Trump haya preocupado en un país como Colombia en el que se está dirimiendo un asunto capital con posibles efectos geopolíticos de largo alcance. No se trata tan solo de lograr el final de una guerra cruenta (esto ya sería bastante para calibrar su importancia). Es mucho más. El Acuerdo de Paz está llamado a abrir el camino a un “modelo de sociedad” más justo y equitativo que facilite la estabilidad del país y la reconciliación de los colombianos. De ahí su trascendencia para todo el continente americano. La inesperada aparición de Trump en el escenario ha creado inquietud y un cierto desconcierto. La influencia de EE.UU. en Colombia y en el propio proceso de paz es muy grande, mucho más de lo que nos podamos imaginar. En los quince últimos años Washington ha invertido mil millones de dólares en el país: el presupuesto de ayuda militar más importante después del de Israel.

El Acuerdo se encontraba en un momento delicado, tan frágil como esencial: el seguimiento de los plazos podía ser decisivo. El 20 de enero, día de la toma de posesión de Trump se había convertido en una fecha capital. Estaba escribiendo estas líneas cuando recibí un correo urgente de Leonor Esguerra, mi gran amiga y factótum de las reuniones que he tenido en Medellín y Bogotá las dos últimas semanas. Me dice que un grupo de nueve organizaciones empresariales ha escrito una carta al presidente Santos en apoyo del Acuerdo “revisado”. Entre las asociaciones que firman la carta está “Pro Antioquia”, con cuyo presidente me reuní en Medellín hace poco más de una semana. Me pareció entonces que los empresarios preferían que el Acuerdo se cerrase antes de que el presidente Trump comenzara su mandato. Era solo naturalmente una impresión.

Los acontecimientos empezaron a sucederse de forma vertiginosa. Ayer mismo el ex presidente Uribe volvió a rechazar el Acuerdo y pidió otro plebiscito. Quizás contemple de forma diferente el impacto de Trump. La reacción del gobierno ha sido inmediata: la firma del “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera” tendrá lugar mañana mismo en el teatro Colón de Bogotá. No habrá plebiscito. “La refrendación del Acuerdo será a través del Congreso de la República”. La política , la alta y la baja política entraran de nuevo en escena. Se corre el peligro de que la paz se pierda en el camino. Sería una catástrofe…Colombia quiere y necesita la paz. Cuanto antes: Trump estará pronto en el poder.

MAÑANITA DE SÁBADO EN APPLE

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“Cambiaría, si pudiera, toda mi tecnología por una tarde con Sócrates.”

 

Steve Jobs

 

A mi me gusta andar por el monte los fines de semana. Era sábado. Tocaba. Pero no. Cambié. No podía faltar a la cita de Apple; me había costado mucho trabajo conseguirla y tenía que ir. Era la primera vez que entraba en el edificio del viejo Hotel París que alberga ahora la tienda de Apple en Madrid. La fachada se mantiene igual, como si nada hubiera cambiado, pero en el interior es otro mundo: un diseño moderno, funcional, abierto; un concepto nuevo de atender al cliente, una forma distinta de organizar el trabajo, un espacio más para estar que para pasar por él.

Echo de menos el cartel de Tío Pepe que lucía en el tejado del edifico desde el año en que yo nací. No sé cuanto hay de nostalgia y cuanto de preferencia estética, pero su traslado a otro lugar me molestó. Lo dije públicamente pero no me hicieron caso. Es probable que la manzana mordida y sus estrategias no sean compatibles con el vino de jerez: la tecnología es puritana y no quiere problemas.

Entrar en Apple es como entrar en una catedral laica: impresiona un poco, te das cuenta de que no estás en una tienda más. Cada quien lleva allí sus deseos, sus ofrendas, sus pecados…Tengo la impresión de que se produce una mezcla de mercado, de ilusión y devoción; una mezcla de comercio y de “religión” tecnológica. Todos los aparatos que llevamos y que están allí expuestos, son al mismo tiempo productos y fetiches que fascinan, que emocionan, que no se quiere dejar de tener.

Era yo probablemente el más viejo del lugar, el más despistado, el más desubicado. Trataba de no de desentonar con mi mochililla y mi aire desenfadado, pero ¡!qué bobadas!!, pronto me di cuenta de que a nadie le importaba yo y mi circunstancia. Cada uno iba a lo suyo, a tratar de resolver su tema, incluso a pasar allí la mañana, como oí decir a una pareja sentada junto a mi en el llamado “genius bar” que era el lugar en el que me habían citado.

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Estaba ya un poco impaciente: mi turno no llegaba nunca y pregunté que es lo que pasaba. Lo mío era un poco especial, ya lo veréis, y tendría que esperar un poco más. Me llamarían al móvil. Tenía tiempo de sobra para darme una vuelta.

Salí de Apple: la Puerta del Sol era una fiesta esa mañana de sábado. Largas colas de gente para la lotería de Navidad; un grupo de manifestantes con banderas republicanas que daban vueltas a la plaza pidiendo justicia; un predicador de la Iglesia Adventista que clamaba por el arrepentimiento de los pecadores; vendedores de oro que se desgañitaban para hacerse oír sobre los compases apasionados de un grupo de Mariachis… Parecía un mundo distinto pero a lo mejor no lo era tanto. Sol es poco menos que un escaparate extraordinariamente diverso del ayer y del mañana, del mercado y la mendicidad, de lo último en tecnología y del boca a boca de toda la vida.

Sonó el teléfono: me daban un cuarto de hora para volver. Ya me estaban esperando. Allí fue donde me confesé. Sí, porque en cierto modo esa fue la sensación que tuve, de confesión de pecados o de errores o de dudas o de temores…. No podemos saltar por encima de nuestra propia sombra, ya sabéis, y no dejaba de sentirme delante de un sacerdote de la tecnología que nos reprende, nos pone penitencia y nos enseña el camino que debemos de seguir. “Tu Mac es antiguo”, me dijo el joven empleado que me atendió. No me lo podía creer, no podía aceptar que mi Mac, para mi el colmo de la modernidad, fuera “antiguo”. Pues sí, en cuatro años los sistemas operativos habían cambiado tres veces y para que mi Mac tuviera la función que yo pretendía tenían que cambiarle el “software”. Nunca sabré lo que es el “software” y, desde luego en una situación menos dramática, me sentía como Daniel Blake el personaje de la última y maravillosa película de Ken Loach: perdido y abrumado. Me temía además que lo del nuevo software fuera carísimo. Pues no: iba a ser totalmente gratuito. Aquella noticia me animó y empecé a sentirme un poco mejor en aquel “bar de los genios”, nombrecito un poco pretencioso, un poco pijo: cosas de Steve Jobs sin duda. Lo cierto es es que “el genio” que me atendió no podía ser más atento ni más complaciente. Me hacía sentir que estaba de mi lado, que era de mi mismo “equipo”, de mi misma “religión”. Fue una mañanita de sábado muy completa: cambiar el “software” es, más o menos, como subir a Siete Picos.

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