Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera
Edición de verano Edición de Verano

EL PASEANTE NAVEGA
POR EL ARTE CONTEMPORÁNEO

 Obra expuesta en ARCO 2018

 

Mañana gloriosa de sábado en Madrid. El paseante mira la Sierra con nostalgia, pero no, hoy no. Hoy toca caminar y mirar: me voy a dejar caer por Arco, la Feria de Arte Contemporáneo.

Lo hago siempre que puedo desde que abrió sus puertas hace casi cuarenta años. Algo, poco pero algo, tuve que ver en su creación . Me viene a la memoria una reunión  con Adrián Piera y Juana de Aizpuru en la Cámara de Comercio para elegir el cartel del primer Arco. Piera me dio juego porque sabía que me gustaban estas cosas. Me enganché a él, al arte contemporáneo. Soy un ignorante que se deja sorprender, que se deja fascinar, que mira y se asombra. Un ignorante sí, pero que algo ha ido aprendiendo  de la mano de Mariví y Fernando Meana, grandes coleccionistas y grandes amigos.

Este año voy en metro. Se nota que es sábado por la cara alegre de la gente. Miro a mi alrededor y me pregunto quienes irán conmigo a Arco. Me hago apuestas a mi mismo. Una pareja sentada cerca de mi seguro que sí, pero otra que tengo enfrente de mi seguro que no, me digo. Van con un hijito al que no dejan de mirar. Se les ve embelesados. El padre juega continuamente con las manos del niño, con sus piececitos… Es como una “performance” para mi disfrute particular.

A medida que nos acercamos a Ifema, el vagón se llena de gente. Casi todos vamos a lo mismo. Salimos del Metro a buen paso. Estamos deseando llegar. No somos ni expertos, ni entendidos ni coleccionistas. Hoy es el día de la “gente”. Somos “gente” a la que nos gusta el arte de hoy, porque sí. A otros no les gusta nada: hay una especial relación amor odio sobre el arte contemporáneo

Voy solo. Así puedo pasear a mi aire y pararme donde quiera y todo el tiempo que quiera. Dispuesto a mirar a dejarme seducir, a no entender, a enfadarme, a cansarme… Veo un cuadro que me hace recordar al gran Pablo Maojo, el artista asturiano del rojo y el azul y me paro a mirarlo.

La galerista se da cuenta de mi interés y me dice que podría ser un «Rothko”. Es del alemán Gerold Miller. Me lo llevaría; sin duda me lo llevaría. ¿Sería una “buena” compra?. A mi me gusta, eso es todo. No creo que en el arte contemporáneo haya mucho que entender: la emoción puede sobre la razón. Sigo mi ruta recreándome en ideas tan peregrinas sin pararme a pensar lo que dirán “los entendidos” y me encuentro con Sofía Urbina una autentica “entendida”. Es para mi como una hija y quiere aconsejarme.  “Antonio, hay un Plensa de alabastro de un tamaño ideal para tu casa” me dice.

También me lo llevaría; en realidad me lo llevo en la imaginación. Me llevo todo. Lo que no me podría llevar porque ya se lo han llevado mis amigos los coleccionistas es una delicada escultura de la galería lisboeta de Pedro Cera.

No importa, quizás me la regalen algún día. Todo es posible en el entorno de este arte que para algunos es decadente. Bueno dejémoslo. En pocos años las “obras de arte” serán de autores nacidos en el siglo XXl. Dejémoslo.

Un año más he trotado sin parar por Arco y os lo he querido contar. No todo lo que he visto me ha gustado. No todo me ha sorprendido. Pero con todo he disfrutado. Siempre lo hago y este año también. Arco provoca, Arco invita, Arco irrita, Arco abre puertas, tira dardos y, de vez en cuando,  crea polémicas. Hay que venir.

 A la vuelta, me encuentro con un viejo amigo de mis tiempos de Iberdrola. Es un ingeniero de caminos culto, muy amante de la música. Le digo que vengo de Arco y se echa las manos a la cabeza: “¡!que moderno!! Eso no es arte”, me dice, “yo no iría ni atado”. Creo que se equivoca, pero sé que no le convenceré por más que insista. Me cuesta trabajo entender cómo una persona cultivada como lo es él pueda rechazar de un plumazo el arte contemporáneo. Es tanto como negar el presente, es tanto como negar de algún modo la realidad. ¿Qué es arte y qué no? ¿Quién puede decirlo todavía hoy? Lo bonito, lo bello, lo que asusta, lo que te hace ver lo que no consigues ver, lo que te provoca angustia, lo que te deslumbra, lo que te muestra la realidad, lo que la reinventa, lo que descubre… ¿Quién lo sabe, quién puede saberlo? Hoy he navegado por el arte contemporáneo. Era sábado y me hice casi veinte mil pasos.

CARTA PASTORAL DEL GRAN FINK

 

Lo que les piden hoy nuestros clientes, que son, no lo olviden,  los dueños de sus empresas es “leadership and clarity that will drive not only their investmens returns but also the prosperity and security of their feilow citizens”

Carta de Larry Fink a los máximos ejecutivos de las empresas en las que invierten sus fondos.

 

¿Por qué llamo “gran Fink” al máximo ejecutivo de BlackRock? No me parece exagerado llamar así a alguien que tiene en sus manos  el mayor fondo de inversiones del planeta y mueve un capital de casi seis billones de dólares, cinco veces el PIB de España… No sé si podría llamarle grande por otros motivos, porque sea un buen tipo, generoso, altruista, comprometido con el bien común. Eso no lo sé, pero en lo que me estoy fijando ahora es en la enorme cantidad de dinero que custodia y que controla.

Veo su foto que es la que encabeza esta entrada y me impresiona. Debe de ser un personaje autoritario y muy seguro de si mismo. Quizás demasiado, pienso. Pero es normal, o eso creo, porque es evidente que manda mucho, que controla mucho dinero, suyo y de otros, sobre todo de otros. Pero poco importa lo que yo piense o imagine sobre lo que veo en el rostro de Fink. Lo que si importa saber es que millones de grandes y pequeños ahorradores confían en BlackRock y que son muchas las empresas que necesitan los dólares que emanan como churros de esa enorme y poderosa RocaNegra. Sabemos más cosas, sabemos que el tal Larry es un típico judío americano, más listo que el hambre, que no se para en barras, que es ambicioso y que está forrado. Un amigo mío liberal hasta los tuétanos, me dice que no es un tipo de fiar. Le recuerdo la fábula de las abejas de Mandeville, lo de los vicios privados y la virtudes públicas. Fink tiene mucho poder, y puede usarlo para bien o para mal, sin necesidad de que sea o haya sido un buen tipo.

Las cartas que dirige Fink cada año a los ejecutivos de las empresas suscitan una gran atención. Tienen, no me resisto a decirlo para que se vea que estoy al día, un efecto viral. Va dirigidas sobre todo a las empresas “beneficiadas” por los fondos de BlackRock pero  son leídas también con atención por los activistas sociales. Ven en ellas una especie de doctrina empresarial. No hay que descartar que se fijen en ellas potenciales ahorradores que buscan la mayor rentabilidad pero también sentirse bien, sentir que la inversión de su dinero servirá para el bienestar de la sociedad, para mejorar el mundo. A mi me la han hecho llegar dos hijos preocupados por estas cuestiones. La he leído y me ha parecido que tiene algo de pastoral, valga la analogía o la metáfora. Porque Fink pastorea a las empresas. Les dice  lo que deberían de hacer para ser acreedoras a las ayudas de BlackRock. Money is power. Les lee la cartilla ¿Qué dice Larry, sin ninguna autoridad que no sea la de los dólares, a esos CEOS innomimados, pero que están ahí, detrás de cada una de las empresas a las que va dirigida la carta?

Nada nuevo bajo el sol, me diréis si le echáis un vistazo.. Sí, es verdad, lo que dice Larry, no es nada nuevo. Me recuerda a la Rerum Novarum de León XIII. “Society is demanding that companies, both public and private, serve a social purpose” O sea, RSC/RSE, la dichosa y reiterada responsabilidad social de la empresa de la que tanto se hablaba hace no mucho tiempo. Realmente la vida no deja de depararte sorpresas. De estos asuntos me ocupé yo durante años en la Universidad Nebrija sin creer en realidad mucho en ellos. Lo nuevo, lo que impresiona o al menos me impresiona a mi,  es que sea una de las más genuinas representaciones del capitalismo, unos fondos de inversión, los que lo digan, los que lo exijan. Lo que son las cosas. Nunca hubiera imaginado algo así. Una especie de Encíclica de un judío americano a sus creyentes: sed buenos, tratad de reducir las lacerantes desigualdades sociales, de garantizar jubilaciones dignas, de proteger el medio ambiente.. Las cosas han cambiado. A mejor; otra vez mi inveterado optimismo. Hace algunos  años hicimos en Hidroeléctrica Española un documental sobre la labor social de la empresa. Nunca se proyectó en la Junta General como estaba previsto. A un consejero no le gustó alguna escena. «Lo que quieren los accionistas es un buen dividendo y todo lo demás les tiene sin cuidado» me dijo. Si se hubiera enterado Larry Fink a la Iberdrola de hoy BlackRock le habría retirado los fondos.

 

 

 

EL PASEANTE…

 

ESCUCHA EL RUIDO DE LA CALLE

 

Me gusta escuchar el ruido de la calle, las voces de la gente, el sonido de la ciudad, me pierden las ganas de descubrir al menos una parte de todos esos mundos que están ahí, desarrollándose, encontrándose, peleándose. Todos esos mundos que están en este, como decía el poeta…. Así es que ajusto bien mis audífonos, para no perder ripio y salgo a la calle cada día para airearme, para observar, para tratar de imaginar lo que hay detrás de cada mirada, de cada palabra, de cada cartel, de cada leyenda. Aquella pareja de jóvenes sentados en el suelo, aquel sombrero que se cae, aquella niña que se suelta de la mano de su padre… ¿Qué hay detrás de esa fotografía que tapa un edificio de la Gra Vía? ¿Qué está pasando dentro de ese edificio? No lo sé, solo camino, paseo, y pienso…. Si paseas no dejas de cavilar, no dejas de imaginar, no dejas de vivir. Porque en todas las vidas está la vida, y en todas la palabras, la palabra.

Veo a personas que hablan solas, que no tienen a nadie a su lado, que parece que hablan solas, que están mal, me digo… pero no, me equivoco, acabo dándome cuenta de que llevan los auriculares puestos. No prestan atención al que tienen delante, al que está a su lado. Puedo escuchar con toda tranquilidad. Me sorprende lo bien que habla hoy la gente, con qué precisión, con qué nivel de detalle explican las historias, sus historias, con qué seguridad exponen sus argumentos. A veces me asombra y me asusta su vehemencia, porque todos parecen estar en posesión de la verdad.. Y no dejo de imaginar lo que pueda estar diciendo y pensando la otra parte, esa parte que me pierdo. No dejo de elucubrar, de completar las historias. “Le juré que ya había hecho la transferencia” oigo decir y muevo dubitativamente la cabeza o “está insoportable, desconfiada, suspicaz”, y pienso para mi que  le habrán hecho a esa pobre mujer… El paseante, que soy yo, sigue las conversaciones que le salen al paso y aprende mucho de lo que oye y de lo que imagina que hay detrás de lo que oye. Al menos así lo piensa y eso le entretiene y le estimula.

Me pierdo con facilidad, soy despistado y no me cuesta nada preguntar. Me gusta hablar con la gente. Cualquier motivo es bueno para entablar una breve conversación. Es mi manera natural de ser. Compruebo que hay personas que están deseando poder hablar de algo, sobre algo. A veces llevo la mochila abierta. No me he dado cuenta. Alguien me avisa. Siempre hay alguien que te avisa cuando llevas la mochila abierta. La gente es generosa y te advierte. Pero también es temerosa, cada vez más temerosa. No se fía. Y prefiere verlo todo cerrado…

Ayer salí como de costumbre a pasear. Era el día en el que el Rey hizo entrega del Toison a la princesa Leonor. Conmemoraba su cincuenta aniversario. No percibí la noticia en el ruido de la calle. La gente está en otras cosas, me dirán algunos. No sé. Hay cosas que calan y de las que no se habla o se habla poco.. Pero calan. Eso espero. Al oir al  Rey dirigirse  a la princesa sentí una cierta emoción. Eran más o menos las mismas palabras que don Juan Carlos le dirigió a él cuando tenía la edad de su hija. Lo recuerdo bien y seguro que el Rey también lo recuerda. Todo cambia, pero lo esencial sigue ahí. Aunque el ruido de la calle parezca no percibirlo. Pero afortunadamente ahí sigue.

 

MÍRALAS, YA ESTÁN AHÍ !!!

 

 

 

 

«Han llegado las cigüeñas… 

Han llegado diciendo que se acabó la tristeza,

que la calma ha terminado …»

Pablo Guerrero

 

 

Ahí están. Han vuelto. Un año más. Nuestras cigüeñas. Ya sé que no son nuestras ni de nadie. Pero un poco sí lo son, y nosotros de ellas, naturalmente. Quien las ve primero avisa inmediatamente a través del chat familiar. Este año uno de mis hijos pudo hacer unas fotos rápidas de su aparición; no son muy buenas pero me han venido muy bien para ilustrar esta entrada. Si las miráis con atención comprobaréis que nuestras cigüeñas  no se equivocan como aquella paloma de Alberti que confundía el norte con el sur. Saben bien a donde se dirigen: van directamente a “su nido”. Así  consideran ellas el nido  que fabricó laboriosamente mi amigo Pedro Cuesta, el herrero del pueblo.

Se lo tenemos arrendado de por vida a nuestras cigüeñas. Sin coste alguno. Ellas son las joyas de la corona de nuestra casa. Se merecen el nido y mucho más. Forman ya parte inseparable de nuestro paisaje más querido. Cuando se acercan estas fechas estamos todos pendientes de su llegada y damos un respiro cuando las vemos rondar por los alrededores. Pregunto a mis hijos si comparten estas cavilaciones mías sobre la solemne aparición de las cigüeñas y parece que sí, cada uno a su modo. Me gusta saber lo que piensan, sienten y disfruto leyendo lo que me han escrito. Para ellos también tienen nuestras cigüeñas un valor sentimental, emocional, atávico quizás. Me viene a la mente aquello que dijo Cicerón en De Senectute: “plantarás árboles que otros verán crecer”. Me doy cuenta de que ha calado en ellos la idea de que hay bienes que podemos hacerlos propios, hacerlos nuestros, sin que dejen de pertenecer a todos, sin que dejen de ser comunes. Y eso me da mucha satisfacción. Y mucha tranquilidad también…

Uno de mis hijos ve la vuelta anual de las cigüeñas a nuestro prado “como un signo más de que la vida sigue y de que aquí seguimos”. No pensaba yo llegar a tanto, tan adentro, tan profundo, pero ahí estamos, y realmente me gusta. La ligereza y la profundidad están muy cerca la una de la otra, y mejoran cuando se mezclan bien…

 

¿Y si un día no volvieran? ¿Qué pasaría? Ya veis, es una pregunta casi de filósofo. Como decía antes, sería síntoma de algo, causa de algo, y daría que pensar. Nada sucede por que sí, sin alguna razón, o eso queremos creer. Pero hoy no estoy hablando de razones sino de emociones, de intuiciones, de miedos y de inseguridades. Y, en realidad, si me pongo a pensar, para mí y para mi familia, para nuestras vidas, si un año no volvieran, en realidad, no sucedería absolutamente nada. Dejaríamos de verlas, solo eso…

¿Solo eso? Dejaríamos de contemplar su vuelo, de escuchar su crotoreo, sus conversaciones, de observar sus rituales, de comprobar cada día como crecen sus crías. Y dejaríamos de sentir la extraña y tranquila sensación de que el mundo sigue girando como debe hacerlo. Vaya, pues sí, estoy empezando a pensar que si que pasarían cosas importantes en el caso de que no volvieran. Todas esas cosas intangibles de las que tanto nos alimentamos los seres humanos. Damos muchas razones, si, pero al final nos vencen la emoción, el miedo, la belleza. Y estas cigüeñas, sin saberlo ni ellas ni nosotros, sus devotos admiradores, significan un poco de cada: un poco de emoción, un poco de miedo, un poco de belleza. tanto de verlas como de no verlas. Porque la imaginación es muy poderosa, se crece y se recrea con lo que vemos, y también lo hace con lo que no vemos, con lo que no sucede como esperamos….

Todo cambia. Nuestras cigüeñas parecen la mismas pero en realidad son otras, son las crías que regresan al sitio donde nacieron. El cambio de año nos llama la atención sobre esto, sobre el paso del tiempo. Somos más mayores. Cada año damos cuenta de las cosas que siguen igual, que supuestamente siguen igual. Y nos fijamos en los cambios con suspicacia, con expectación, con ilusión… Necesitamos también comprobar que algunas cosas no cambian, o parece que no cambian… necesitamos signos de vida y de esperanza y eso es lo que traen cada año nuestras cigüeñas al prado de Cercedilla. No nos traen nada material. No dan algo distinto. Traen consigo un mensaje que cada uno de nosotros interpreta a su modo. Solo las vemos. Están ahí. Vuelan. Crían. Crean un hogar. Dan de comer. Siguen el curso de sus vidas sin fijarse en nosotros. Son tan grandes y tan ligeras. Nos traen todo eso que nos falta, que echamos de menos sin que apenas nos demos cuenta… Que cada cual ponga lo que considere. El caso es que han vuelto. Mucho antes de San Blas. Ya estábamos un poco impacientes. Ahí están.

DOCE MILLONES DE CRIATURITAS

 

«Yo puedo ser yo mismo, en internet puedo hacer cosas sin filtros»

El Rubius en la entrevista con Risto

 

Ni de oídas sabía yo quien era “el Rubius», cuando oí hablar de él en un acto reciente organizado   por la red de Fundaciones Universidad Empresa. Todo el mundo parecía conocerle en aquel ambiente de empresarios y universitarios, al menos nadie preguntaba que quien era aquel señor, así que yo disimulé como pude mi ignorancia. La conferenciante, Pilar Llácer, experta muy conocida en la gestión de recursos humanos y transformación digital , se refería al “fenómeno Rubius” como algo significativo, como algo que había que tener en cuenta, y yo sin saber siquiera quien era Rubius. Me picó el amor propio. En cuanto tuve ocasión me fui a preguntarle a Google y Google me dijo que este joven “youtuber”, el término suena fatal en español pero poco a poco nos vamos acostumbrando a estos horrores, tiene más de doce millones de “followers”, otra perla del lenguaje habitual de nuestros días. Él, “el Rubius» llama “criaturitas” a sus seguidores, quizás con un poco de condescendencia, o quizás no, quizás un poco asustado de su propio éxito… Sea como fuere, el caso es que aquello era digno de atención, se trababa de un fenómeno de gran tamaño: doce millones nada menos!!!

Tenía que ver sus videos para conocer el secreto de su éxito. Y así lo hice. Ví alguno de ellos y no daba crédito, no entendía nada. Aquello me parecía una auténtica patochada sin gracia ni sentido. Les pregunté a mis nietos. Ellos sí conocían a “el Rubius», por los videojuegos, claro que lo conocían pero no le daban la menor importancia… Parecía que era algo que no iba con ellos pero no les creí del todo. Es más, tengo la impresión de que la mayor parte de los jóvenes le conoce y le sigue. ¿De dónde salen si no esos doce millones de criaturitas? La inanidad y la intranscendencia alcanza a millones de personas en el mundo. Esa es la realidad, mal que nos pese.

Todavía no he conseguido explicarme del todo el qué y el cómo de esta historia. Acudí a la entrevista que le hizo el también famoso Risto para profundizar en el personaje. Si pincháis en la cita de esta entrada podréis ver el video en cuestión. Os recomiendo que lo hagáis. Seguro que estaréis de acuerdo conmigo en que este famosísimo “youtuber” recibido y jaleado por miles de jóvenes cuando llega a cualquier aeropuerto, es un muchachito decente y vulnerable. Se pone a llorar como un crio cuando habla del asedio de sus fans y es muy consciente de lo que puede y no puede hacer: “no vais a encontrar contenido ninguno en mis videos”, le dice a Risto, “son puro entretenimiento”. Él no tiene la culpa de nada, no engaña a nadie, se me ocurre pensar. Pero ¿la culpa de qué?. ¿Es que hay que buscar algún culpable de ese “fenómeno Rubius” al que se refería la famosa experta en recursos humanos que me lo descubrió? No hay trampa ni cartón. Todo está más claro que el agua: los doce millones de criaturitas que le siguen se sienten identificadas con nuestro Rubius, con su falta de preocupaciones intelectuales o políticas, con su ligereza, con su naturalidad, con su humor tontuelo y espontáneo, con su absoluta intranscendencia.

Pregunté a mis nietos, mi grupo de referencia en esta entrada juvenil, que de qué vivía el Rubius y se morían de risa: “de la publicidad abuelo, de la publicidad, ¿de que va a vivir si no?” me decían. No es que me descubrieran el mediterráneo pero me hicieron pensar. Sin ella, sin la publicidad, sin las empresas y su necesidad de competir, no existirían ni “el Rubius» ni muchas de las cosas que nos sorprenden por su aparente gratuidad. Casi siempre nos están vendiendo algo y todo acaba llegándonos sin que apenas nos demos cuenta. Es una especie de juego invisible en el que participamos cada día; juegan y jugamos inadvertidamente, apelando a nuestra vulgaridad, a nuestro aburrimiento, a nuestro sentido del ridículo, a nuestra necesidad de seguir las corrientes que se cuelan en nuestras mentes y llegan a modular nuestras necesidades y nuestra forma de vivir.

Vamos, que casi sin darme cuenta he llegado a una conclusión muy propia de estas fechas. Es probable que nos hagamos algunos propósitos para 2018 y mi deseo es que se cumplan. Pero no deberíamos de olvidar que somos todos criaturitas indefensas que seguiremos haciendo lo que otros decidan por nosotros. Y si no que se lo pregunten a los doce millones de seguidores de el Rubius y de otros “influencers” y “prescriptors” que guiarán nuestros pasos queramos o no. Ya lo veréis.