Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

 

“Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo…sin deambular por los bosques libre de toda atadura mundana”

Henry D. Thoreau, “Caminar”

 

 

Tenía pereza, no estaba con ganas. Fue hace dos sábados y llovía a mares. Mi hijo Ramón me animaba y me apremiaba: los perros ya no veían el momento de salir. Yo expresaba mis temores y daba largas: ”nos vamos a calar»… El forcejeo duró poco, cedí. Era de esperar; conociéndome un poco era de esperar. Sé por experiencia que siempre merece la pena “deambular por los bosques” como hacía habitualmente Thoreau. No había otra: me pertreché lo mejor que pude y me fui al pinar a mojarme, a cansarme, a mover las piernas, a respirar. Hice bien, acerté en todo. Me calé hasta los huesos pero el paseo fue maravilloso. Se sentía ya la primavera en el canto de los verderones. Se sentía en todo: en el olor del bosque, en el aire serrano que me daba en la cara, en las franjas verdes que se vislumbraban en las laderas a través de la lluvia copiosa, en el ruido, casi ensordecedor para mis audífonos, de arroyos inesperados que descendían como torrentes de los collados cercanos …Yo estaba ahí y no había nada más que lo que tenía delante, encima de mí, a mi lado. El agua bendicente, como le hubiera gustado decir a Luis Rosales, me empapaba de gozo y de naturaleza. Me limpiaba de todas las ansiedades, de las propias, de esas que tu mismo generas y alimentas sin apenas darte cuenta, y de las que te vienen de fuera, del ruido del mundo, de las decisiones de otros que nos van marcando el paso de nuestras conversaciones y de nuestras preocupaciones.

Íbamos hacia el Puerto de Fuenfría pero yo sabía que no llegaría. ¿Y qué?. Nuestra marcha por el valle ya lo justificaba todo. La lluvia que no cesaba de caer era como una corriente que fuese arrastrando los pensamientos parasitarios que a veces se nos cuelan en los entresijos del cerebro. Nos intranquilizan, nos desasosiegan e incluso nos entristecen sin causa ni razón.

En El Reino, el libro de Enmanuel Carrère que tengo ahora entre manos, debo confesar que estoy enganchado últimamente a este autor francés que nos mete con facilidad en su piel, me encuentro con una metáfora que pienso me puede ayudar a explicarme. Está tomada del pensamiento budista en relación con el impacto de los agentes externos en la mente del hombre. Muy budista todo, como se ve. Pues bien, esos temores inoportunos que nos llegan de fuera son, leo en Carrere, como “pequeños monos que no cesan de saltar de rama en rama”. La sabiduría oriental trata de expulsarlos con técnicas milenarias como el Zen, el Yoga o la meditación. Yo me conformo con mis paseos. Tengo buenos compañeros como Rouseau, Thoreau o Robert Walser y buenas experiencias como la de esa caminata bajo la lluvia hacia Fuenfría que estoy contando.

Me vino muy bien, me limpió, me sanó. Antes de llegar a la pradera de los Corralillos ya había mandado a paseo a todos los monos que alteran mi ánimo y me ponen mohíno. Lo dije sin que me oyera Ramón, pero lo dije y espero que los buenos espíritus me oyeran: a paseo con Puigdemont y sus idas y venidas, con Cifuentes y sus masters, los que hizo y los que no, con las trapacerías de Trump, con los cotilleos de las Reinas…Mandé a paseo todo lo que Muñoz Molina, otro gran paseante, ha descrito como ”la fabricación industrial de la ansiedad”, ese bombardeo continuo de noticias que en ocasiones se contradicen unas con otras. Ese vaivén  entre la verdad y la posverdad, entre lo auténtico y lo falso, entre lo privado y lo público. Nos distraen y nos dejamos distraer, nos confunden y nos dejamos confundir, eligen los temas de conversación y nos dejamos llevar por ellos. Nos ponen el foco en algo y nuestras miradas no dejar de mirar hacia donde se dirige el haz artificial de luz. Vamos como pollos sin cabeza, sin orden ni concierto, fijándonos en los detalles, en los objetos y las escenas que nos muestran perdiendo de vista lo importante, lo que verdaderamente cuenta y nos importa. A paseo con todo…