Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

 

El Centro Botín visto por Jorge Arranz

 

Serit arbores,

Quae alteri saeculo prosient.

Planta árboles,

Que otros verán crecer.

 

Marco Tulio Cicrón

 

Todo acaba llegando. Los sueños acaban llegando, se acaban haciendo realidad. Solo hay que perseverar, contra viento y marea, porque casi nunca se navega a favor de corriente cuando se trata de hacer algo nuevo, algo diferente. Me acerqué al Centro Botín siguiendo las instrucciones de uso de Renzo Piano: fui al Mercado del Este y desde la puerta que da la calle Trafalgar llegué a los jardines de Pereda. Los atravesé y me encontré con dos volúmenes ligeros, de color pálido, flotando suavemente sobre la luz del mar y la bahía. Son tan ligeros y están tan embebidos en el paisaje que uno podría llegar a pensar que siempre habían estado ahí. No es cierto. Antes no estaban. Antes no eran sino el producto de la idea y el sueño de dos personas que querían y podían hacer algo nuevo. Dos personas con nombres y apellidos, dos visionarios que decidieron cabalgar juntos al lomo de una idea que compartieron y a la que fueron dando forma poco a poco. Un banquero y un arquitecto, Botín y Piano. Unos equipos de colaboradores a los que lograron ilusionar. Una ciudad, una bahía y un proyecto. Eso era todo, ese era el punto de partida.

Conocí a Renzo Piano en uno de los actos de inauguración del Centro Botín. Había leído declaraciones suyas en las que expresaba su admiración por Emilio Botín, pero fue allí, en el pachinko, punto de unión de las dos “almas” del edificio, en donde le oí hablar del “dialogo a dos” como santo y seña del proceso de gestación y desarrollo del proyecto. No era “su” obra, de Renzo el arquitecto, era una creación de dos personalidades en un momento de su vida en que se sentían ya sin ataduras y con las ambiciones y los egos plenamente colmados. Los dos podían soñar y arriesgar.

Estaba Renzo distendido y feliz el día de la inauguración. Es un hombre simpático, cariñoso y vivaz. Tuvo con Botín una relación profunda durante más de dos años y le gusta hablar de ello. No quiere quizás que quede en el olvido el papel que jugó en aquella aventura el viejo banquero. Fue él, Botín, quien “le ordenó” que diseñara un edificio rompedor en un lugar que resultaría polémico. Se anticipaba a las dudas, a las reservas que pudieran aparecer, y las asumía como alguien acostumbrado a ello. Banquero y arquitecto confluyeron, se mezclaron, soñaron, cabalgaron juntos. Botín y Renzo formaron un tándem imparable con un proyecto que les unía, en el que ponían la pasión y la generosidad de dos niños grandes, de dos arquitectos banqueros que imaginaban lo mejor para una ciudad, para un paisaje, para una gente. Nunca se puede saber, pero me temo que sin esa sintonía generacional habría sido difícil saltar alegremente tantas barreras y tantos prejuicios. Renzo y Botín sintonizaron, se situaron en la misma longitud de onda, se escucharon, se “recrearon” en un proyecto que les daba vida y libertad.

El Centro Botín era una apuesta arriesgada y cuando su silueta empezó a tomar forma en la hermosa bahía santanderina algunos se preocuparon, se inquietaron. Todos los cambios asustan un poco o mucho. Es natural que esto ocurra, hay que contar con ello, dar tiempo al tiempo. Hoy esta nave inmóvil ya empieza a moverse, ya empieza a ser una ilusión colectiva, ya empieza mostrar su perfil seguro y vanguardista al borde del mar, donde todos los sueños son posibles. Los ciudadanos de Cantabria acudieron en masa el fin de semana que se abrió al público el Centro y son casi cien mil los que están ya en posesión de un pase permanente. Tienen una ilusión que ya es una realidad generadora de otras muchas ilusiones.

La de Botín, compartida por Renzo, era que el edificio volara sobre la bahía, que flotara en ella, despegado del suelo, abierto al mar. Tenía la idea muy clara. Quería que todos los santanderinos lo sintieran como propio, que estuvieran orgullosos de él. Plantamos árboles que otros verán crecer, dicen los clásicos. Botín plantó un árbol que no pudo ni siquiera contemplar. El Centro Botín es ese árbol que iremos viendo crecer, que otros muchos verán crecer. Santander tiene ya abiertas las puertas para estar en el circuito mundial del arte. A partir de ahora no habrá que dejar de transitarlas de un lado al otro del pachinko. Los dos volúmenes están anclados a la tierra, sí, pero su figura también nos dice, creo yo, que quiere moverse, que quiere que nos movamos, que naveguemos, que no dejemos de hacerlo. Durante un tiempo, dos cabalgaron juntos. Ahora seremos más, mucho más, los que seguiremos cabalgando, navegando, soñando desde este Centro Botín que acaba de inaugurarse y que ya es de todos.