Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

 

“Estamos hablando nada menos que del arco que sostiene el edificio constitucional del país…”

ASM en El Oficio de Unir en referencia al Príncipe de Asturias

 

Vi y oí la pitada al Rey en la final de la “Copa del Rey”: triste, anodina, sin convicción ni contenido. No se percibía enfado ni rabia. Nada, no se percibía nada. Era como una música de fondo impuesta por no se sabe quien. O sí. Miraba yo al Rey y sentía tristeza. No por él que ya está acostumbrado a estas cosas; lo que me irritaba eran las malas maneras que se están extendiendo como un cáncer en nuestro país. No puedo con ellas: protesto.

Siento debilidad por el Rey. Quizás porque lo conocí cuando era muy joven, cuando era solo un niño. Vamos quedando ya pocos de esos. Reconozco y admiro sus gestos, sus palabras, sus silencios. Empiezo por aquí. Escribo que estoy con el Rey Felipe VI, aunque no esté de moda hacerlo. O precisamente por eso, porque no está de moda, porque, de algún modo, es ir contra la corriente común de nuestro tiempo que parece incitar a la duda, a la desconfianza, al insulto. Decía Félix de Azúa en un artículo en el diario El País que la nuestra es una democracia de cabreros en la que prevalece la descalificación arbitraria sobre el argumento o la razón. Con perdón para los cabreros, habría que decir. Lo era en tiempos de Azaña y lo sigue siendo, en estos tiempos de internet en los que los cabreros sin cabras pastan a sus anchas en las redes sociales o en los campos de fútbol. No habla Azúa de los pitos que recibió el rey en la final de la Copa pero podría haberlo hecho. En la de este año y en la del año pasado. Jugaban equipos del País Vasco y de Cataluña. Y, claro, algunos pensaron, y siguen pensando, que no hay escenario más adecuado, no hay amplificador más potente, para expresar su rechazo. Y pitaron. ¿Al Rey? ¿A la Corona? ¿A España? ¿Al himno? En fin, a todo junto. Ya se ha convertido en una especie de ritual, en algo que se repite por inercia. Se pita y ya está, sin pensar demasiado en las consecuencias, en los efectos.

Estoy seguro de que el Rey ya está curado de espanto de todo eso, ya ha comprendido bien el papel que le toca jugar, lo que debe de aguantar, lo que debe de asumir. Tampoco me cabe duda de que debe de tener muy claro lo que es inasumible, lo que tiene que defender a toda costa, lo que es consustancial al cargo que ocupa. No se habla nunca de eso, es innecesario, está ahí. Su padre, Juan Carlos, mantuvo la templanza y la serenidad en tiempos excepcionales, en los que nuestra democracia estaba gestándose. Supo navegar en tiempos revueltos, en tiempos difíciles, en los que la democracia era solo proyecto inseguro y débil. Supo ponerse el escudo y vestir el traje adecuado en el momento oportuno, cuando hacerlo era tanto un riesgo como un mensaje. No todo ha sido un camino de rosas. No iba a serlo, no podía serlo. Seguro que ha cometido errores, todos los cometemos cada día. Y no hay nada más difícil de mantener que la sobreexposición permanente, casi cotidiana, del poder político en su representación más alta, más simbólica. Es verdad que ha habido motivos para el desencanto, para la indignación, para el cabreo de la gente, en todos los ámbitos de nuestra vida social. Nuestro Rey emérito abdicó. Tuvo que hacerlo. Supo hacerlo. Y Felipe VI tomó el testigo en tiempos revueltos, en tiempos difíciles. No como los de su padre, distintos, quizás más completos, más delicados.

Y ahí está con discreción, sabiduría y entereza. No es noticia salvo cuando le pitan o en casos excepcionales; no está de moda. En una obligada espera familiar con mi Mac a mano les pido a algunos jóvenes que me acompañan que lean lo que estoy escribiendo sobre el Rey. Les da pereza, no les apetece. No consigo que lo hagan. Forman parte de una generación que no da la menor importancia a esta cuestión. Lo colocan en la órbita del símbolo, el protocolo y las revistas del corazón. Y eso me exaspera. Me pongo serio y les suelto de pronto lo que escribí hace ya algunos años cuando Felipe VI era Príncipe de Asturias : “Estamos hablando nada menos que del arco que sostiene el edificio constitucional del país…” Ahí queda eso pensé, pero no se inmutaron. Uno de ellos ,más lanzado, reaccionó y volvió a lo de la moda : “pues mira, cuanto menos esté de moda la monarquía, mejor, menos peligro correrá”. Un poco duro me pareció pero aquí queda. Yo seguiré estando con Felipe VI esté de moda o no esté de moda.