Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

El Consejo de Seguridad de la ONU visita zona veredal de agrupamiento de las FARC en el Meta, Colombia

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El cólera fue mucho más encarnizado con la población negra por ser la más numerosa y pobre, pero en realidad no tuvo miramientos de colores ni linajes»
El amor en los tiempos del cólera
Gabriel García Márquez

 

 

Siempre tengo motivos para volver. Colombia forma parte ya de mis pasiones, esas que no se pueden abandonar, esas que siempre regresan. Ya me vais conociendo: me pasó con el 68 francés, con el 11S, con Lula, con las fundaciones…No me cabe ninguna duda además de que lo que pasa en Colombia también, aunque nos parezca que está muy lejos, pasó o está pasando aquí.

Así que  he vuelto a Colombia. A finales de 2016 pasé allí una temporada escuchando emociones e impresiones sobre el Proceso de Paz. Hablaba poco; trataba sobre todo de entender entre líneas lo que había o podía haber debajo de las palabras, lo que se decía y lo que se callaba, el cansancio evidente de unos, de la esperanza evidente de otros. Estuve justo después del plebiscito en el que una mayoría ajustada de la población había rechazado el primer Acuerdo presentado a bombo y platillo en Cartagena de Indias. Hubo un alto nivel de abstención para un asunto de tal calado. El resultado del plebiscito y la alta abstención daban mucho para pensar, para hablar, para tratar de entender. Viví muy intensamente los delicados momentos que se sucedieron hasta la firma de un nuevo Acuerdo impulsado con indudable valentía por el presidente Santos. Me hice Santista cuando muchos ya no lo eran.

Tomé nota de lo que escuché y escribí en un ensayo: “sociedad civil y paz” que fui a presentar a la Feria del Libro de Bogotá que es todo un espectáculo de cultura de bullicio y de alegría. Casi no tuve tiempo para nada. Pero el libro publicado me permitió volver a conversar sobre el proceso de paz. Esos pocos días me han dado para escribir esta entrada sobre la posverdad un término que se ha puesto de moda en nuestros tiempos.. Una palabra que, para mi sorpresa, ha sido elegida como “palabra del año” en el diccionario Oxford y que refleja una situación en la que: “los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Comprobé que el termino era menos común en Colombia que entre nosotros pero el fenómeno, tan viejo como el mundo, sí estaba allí. Nunca pude imaginarme que las cosas hubieran cambiado tanto desde que dejé Colombia. Incluso en amigos entusiastas del proceso de paz en mi primera visita mostraban ahora un desánimo preocupante. ¿Qué había pasado?. ¿Cómo se podía entender que la dichosa posverdad, que no es sino una mentira disfrazada, hubiera calado en tanta gente y en gente tan distinta?. Me acordé de la cita de García Márquez sobre el cólera que abre esta entrada: también la posverdad afecta más a unos que a otros, pero “no tiene miramientos con colores ni linajes”. Los taxistas de Bogotá dicen estar seguros de que Santos es el jefe de las Farc y Uribe de los paracos, solo ellos se lo creen, pero me sorprendió y mucho que gente “enterada”, algunos muy cercanos, hicieran suyas fábulas políticas difíciles de digerir. Eso me preocupó: la paz requiere de justicia en primer lugar pero también de generosidad, de voluntad de acuerdo, de confianza de palabras precisas, no contaminadas. No se puede vivir en paz con verdades a medias, con mentiras mezcladas de verdad. Me temo que en Colombia, en estos momentos, la posverdad navega a favor de corriente; los que la alimentan y la difunden saben que calará en un caldo de cultivo dispuesta a recibirla y agitarla. Es contagiosa, muy contagiosa. Tanto como el cólera, pero no podrá parar un proceso que es ya imparable. Estando yo en Bogotá se produjo un acto de enorme transcendencia al que muchos trataron de quitar importancia. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas pasó varias horas en una zona veredal en el departamento del Meta, visitando espacios en los que se encuentran reunidos los integrantes de la guerrilla de las Farc para dejar las armas. Nunca las Naciones Unidas habían tomado una iniciativa semejante pero esa verdad se convirtió en posverdad y la presencia de la ONU se atribuyó a un acto de propaganda de Santos. Habrá que evitar a toda costa la asimilación del proceso de paz con una determinada opción política, pero algunos no dejan de intentarlo. Es ya inútil: la paz estable y duradera tardará más o menos en llegar pero es, repito,  imparable. “Supe que la paz sería real y civil” me atreví a escibir en ese libro que presenté en Bogotá y en ello me mantengo a pesar de las posverdades.