Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

 

“Soy cantor, soy embustero,
me gusta el juego y el vino,
Tengo alma de marinero…

¿Qué le voy a hacer, si yo
nací en el Mediterráneo?”

“Mediterráneo” Joan Manuel Serrat

 

 

El pasado vuelve como un boomerang. Nos fijamos en las cosas que cambian y dejamos de lado aquello que sigue estando ahí, presente como una losa invisible. Y nos sorprende cuando aflora. Aquellos complejos, estereotipos, fobias y xenofobias, entre norte y sur aparecen de nuevo como si nada hubiera pasado en estos años. Los países del sur de Europa están irritados por las declaraciones de Jeroen Dijsselblom, ex ministro de finanzas del gobierno holandés y todavía presidente del Eurogrupo, a un periódico alemán. Ha dicho, según cuenta la prensa, que lo que tienen que hacer (los del sur) es trabajar más en vez de gastarse el dinero en alcohol y mujeres y pedir luego ayuda a los del norte. Quizás como escribía Alex Grijelmo en El País del domingo pasado la transcripción de lo que dijo no sea totalmente cierta, pero me da por pensar que eso que se dice que ha dicho es lo que en realidad le pasa por la cabeza a Dijsselblom cuando desde su atalaya calvinista y puritana nos contempla a los del sur. Nada nuevo bajo el sol.

Al leer la noticia me vino inmediatamente a la memoria mi experiencia en el Club de la Haya. Cuando a comienzos de los ochenta me incorporé por iniciativa de Ricardo Díez-Hochleitner a ese selecto club de fundaciones europeas, quien mandaba realmente allí, fuera quien fuera el presidente de turno, era su fundador, Wilem Welling, director de la Fundación Bernard Vand Leer. Lo diré con toda claridad, porque quién me manda a mí, a estas alturas, andarme con rodeos: era una persona absolutamente insoportable, atrabiliaria y vanidosa que despreciaba olímpicamente a la gente del sur. De Francia para abajo, en términos geográficos, estábamos todos en inferioridad de condiciones, éramos los parientes pobres de aquel Club tan distinguido y de aquel insoportable Mr. Welling. El dominio del inglés influía sin duda en aquella situación -no quiero ni contar mis sudores en los discursos que tuve que pronunciar cuando llegué a “chairman”, pero también, y sobre todo, los complejos combinados de superioridad de los del norte y de inferioridad de los del sur. Ellos “sabían” y nosotros, los parientes pobres de abajo, no. Éramos nosotros quienes teníamos que aprender. Eso, ciertamente, no nos iba a llevar muy lejos. Esa Europa no era la Europa del trabajo que yo había conocido en el mundo asociativo de las relaciones laborales, más pegada al terreno por la fuerza de las cosas, era una Europa que conservaba reminiscencias de un pasado en el que el sur estuvo siempre relegado… Por eso cuando se critica la construcción de Europa a golpe de leyes y decretos, con infraestructuras comunes y cesiones de soberanía, yo pienso que esa era y es la única forma de construir una Europa realmente común.

Vuelvo ahora a Dijsselblom. Nuestro ministro calvinista que se precia en decir lo que piensa y cómo lo piensa, pertenece al partido socialdemócrata y cree, según ha confesado, en la solidaridad. En la solidaridad bien entendida, en la solidaridad de quienes se la merecen. A este tipo de argumentos es a los que ha acudido para justificar sus equivocas y desafortunadas palabras. No le gusta ayudar a quien no se porta bien, dentro de sus estrictos parámetros, a quien no se porta como un ministro de Hacienda holandés entiende que hay que comportarse. Me recuerda a una viñeta de mi añorado Chumy Chúmez en la que se veía a una señorona con collares dándole una limosna a un pobre al tiempo que le entrega para que firmase un papelito que ponía: “Prometo que no me lo gastaré en vino…” Nuestro holandés parece no reconocer la riqueza y el valor de la diversidad, y solo observa la realidad bajo el filtro del estereotipo rancio y deformante.

Yo, del sur de Europa, no soy un torero, ni un vago, ni soy un borracho y, además, en eso del vino y de las borracheras habría que ver. Yo soy Picasso, yo soy Cervantes, yo soy Leonardo, yo soy Miguel Ángel, podría decirle y me estaría equivocando también. No somos, los del sur, más ni menos, y tenemos, unos y otros, que aprender de la mezcla que, por cierto, ya está muy mezclada en todas partes. Leo que no es la primera vez que se le escapan este tipo de comentarios al intachable Dijsselblom. Acusó al presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, de fumar y beber demasiado. Pero rectificó enseguida; Juncker es luxemburgués. Ahora no lo ha querido hacer con los países del sur. Algo pasa.