Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera
Edición de verano Edición de Verano

DESCONECTAR

Creo que está usted quemado…

es sólo una tosecilla …

 

Los imperativos legales centrados en los síntomas y no en las causa del exceso de correos electrónicos tienen pocas posibilidades de prosperar.

Michael Mankins

Uno de los días del pasado puente de San José me llamó uno de mis hijos que andaba de vacaciones por Andalucía; quería comentarme algo relacionado con una campaña de promoción del uso de bicicletas eléctricas en la ciudad. Cada loco con su tema: este hijo mío, a favor del llamado derecho a desconectar del que voy a hablar hoy, no desconecta nunca de las cosas que le apasionan y le interesan. Le comprendo muy bien porque a mi me pasaba exactamente lo mismo. No entendía ni aceptaba esa separación rígida entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio producto de la Revolución Industrial; ese fenómeno histórico que trajo tantas cosas buenas y otras no tanto.

Me parecía   mucho mejor -espero no ser malinterpretado por esto- la sociedad ideal comunista en la que cada uno podría trabajar y realizarse en los campos más afines a sus gustos: hacer hoy una cosa, mañana otra, cazar por la mañana, pescar después de comer; cuidar el ganado por la tarde, y escribir algo después de cenar. Comprendo que ese “paraíso laboral” que soñaba Marx no era algo más que una utopía, pero en la medida de lo posible, y lo posible era limitado pero algo de margen dejaba, he tratado siempre de llevarla a la práctica en mi propia jornada laboral: cumplía con mis deberes pero me “escapaba” de vez en cuando para “desconectar” y sin embargo en mis vacaciones “trabajaba” en algo que me interesara – me encantaba traducir algún libro aprovechando el mes de agosto- sin hacer maldito caso a los que pensaban esa bobada de que las vacaciones   consisten sobre todo en no hacer nada.

Viene todo esto a cuento de las iniciativas que se están produciendo en Francia y en España para tratar de regular lo que se ha venido en llamar el “derecho a desconectar” o en términos más literarios el “derecho al olvido”. Los socialistas franceses que siempre van unos pasos por delante de los nuestros, introdujeron este derecho en su última reforma laboral y aquí en España se está empezando a hablar de ello ahora que se acerca el Congreso Federal del PSOE. Ambos partidos, el francés y el español, no están pasando por su mejor momento y uno podría llegar a pensar que este asunto entra un poco de relleno, si bien algo hay de cierto  en la preocupación que suscita actualmente la invasión de internet en la vida personal y laboral en tiempo de ocio.

Así lo explicó el ministro de trabajo francés al presentar en la Asamblea Nacional un proyecto de ley para adaptar el derecho laboral a la era digital: «Los empleados dejan la oficina físicamente pero no se despegan del trabajo. Permanecen conectados por una especie de correa electrónica, como un perro». Un poco dramático se puso a mi juicio el ministro pero hay datos  que nos dicen que los problemas de estrés laboral derivados de la tecnología digital están creciendo de forma alarmante. El “burnout”, no podía faltar el término inglés para dar “glamour” al síndrome de estar quemado, es una situación de agotamiento físico y mental producida por un entorno profesional estresante. Según el Institut de Veille Sanitaire en Francia habría treinta mil personas afectadas por este problema, una cifra que se eleva hasta los tres millones según las empresas especializadas en la prevención de riesgos.

Es lógico que las cifras fluctúen y se contradigan tanto como los estados de ánimo.. Nada nuevo bajo el sol, me digo. En mis tiempos hablábamos de “humanización del trabajo” y a ese tema dedicamos un Congreso europeo en Madrid hace casi cuarenta años. Miro ahora en Google y descubro que el viejo libro que coordiné y prologué hace tantísimo tiempo se sigue vendiendo por unos tres euros. No sabíamos entonces la extensión y la profundidad del problema ni tampoco podemos saberlo ahora: todo lo que hace relación al trabajo se nos escurre entre los dedos, se nos escapa. No podemos vivir sin trabajar, aunque nos cueste aceptarlo, pero sabemos que no todo en la vida es trabajo y sospechamos que el trabajo no es lo más importante de la vida. Queremos trabajar, necesitamos trabajar pero no queremos que el trabajo nos domine, nos agote, nos “queme”. Queremos desconectar, pedimos desconectar, necesitamos desconectar, pero no del todo, no para siempre. Solo lo suficiente para hacer bien nuestro trabajo, para que nuestra vida sea mejor, más saludable y placentera. Esas leyes que se anuncian pueden servir para que las empresas sean más respetuosas con el tiempo libre de sus empleados pero finalmente serán ellos los que tendrán que decidir cuando y como desconectan. Las leyes, por si solas, no lograran resolver el problema.

SILENCIO

 

Para el viento, una cometa
Para el lienzo, un pincel
Para la siesta, una hamaca
Para el alma, un pastel

…………..

Para la guerra, nada

 

De la canción “Para la Guerra nada”,

Marta Gómez

 

Hace unos días recibí un correo que me dio mucho ánimo. Era de Canel, ese pariente mío que muchos ya conoceréis por los frecuentes comentarios que hace en este blog. Canel me reprende cariñosamente. Me dice: “se cumplen ahora 43 días sin tener noticias tuyas a través de tu blog. Nunca ha sido tan duradero tu silencio y eso me preocupa”. Qué buen tipo, qué generoso… Me llama la atención, me incita, me estimula a seguir con mis hábitos escribientes y blogueros. Y tiene razón al hacerlo, porque yo mismo, me temo, me estaba diciendo lo mismo…

Otros amigos me han hecho llegar también su extrañeza al no recibir mis periódicas entregas, pero no con tanta precisión –ni yo mismo me había dado cuenta del tiempo que había pasado- ni, desde luego, con una advertencia tan directa como la que me hace Canel: “Espero que no se te haya ocurrido dejar de proporcionarme –a mí, y a muchos más- tan energético alimento para nuestras neuronas”. No sé si está bien –aunque ahora con lo de la posteridad ya no sabe uno lo que está bien y lo que está mal- airear estos elogios pero os puedo asegurar que un bloguero solitario como yo los necesita como el comer. Canel ha sabido tocar en esta fibra sensible que todos tenemos, en ocasiones, un poquito aletargada. Y me ha dado pie para dar fin a este “justificado” silencio, ahora os lo explico, de ya más de 40 días.

La culpa la ha tenido Colombia y su proceso de paz. Seguramente algunos de vosotros habíais barruntado que andaba metido en algo de eso. Es cierto, pero lo que todavía no sabía yo del todo entonces, al comienzo de este silencio bloguero, es que me iba a meter tan de lleno, tan del todo, hasta el punto de no pensar casi en otra cosa. Estuve en Bogotá y en Medellín, hablé con mucha gente y participé en diversas reuniones en un momento especialmente delicado del proceso de paz, entre el “no” del plebiscito al “primer Acuerdo” y la firma, poco más de un mes después, del “Acuerdo definitivo”. Mis encuentros con representantes de la sociedad civil colombiana fueron del mayor interés y me propusieron que lo publicara en un libro. Sin pensarlo dos veces dije que bueno, que sí, que lo haría, y en esa tarea he estado embarcado en los dos últimos meses… Echaba de menos “mi blog”, pero ya no estoy para hacer dos cosas a la vez. O libro o blog. No era una decisión traumática… Sólo sería por un tiempo… Pero, me doy cuenta que para volver es bueno que alguien te empuje, te agite, te anime… Y Canel lo ha hecho. Ayer mismo mandé por fin la versión final, o eso espero, del libro, y hoy estoy escribiendo estas líneas, volviendo a este lugar que es tan mío como vuestro.

No os daré mucho la vara con el asunto de Colombia y su proceso de paz, os lo prometo. Lo tengo muy reciente y podría dejarme ir con cierta facilidad contando las historias que he escuchado y he vivido, exponiendo unos dilemas sociales, políticos y morales que son tan locales como universales… Pero ahí tenéis ya el libro, a punto de publicarse, ya acabado… Lo presentaré en mayo en la Feria del libro de Bogotá; lo digo por si alguien se anima.

He tratado de ser neutral. Iba a escuchar a los colombianos, a representantes de la “sociedad civil” y no a pontificar, pero me ha sido muy difícil no decantarme, incluso con cierto apasionamiento, por el “sí” después del “Acuerdo renegociado”. La paz, después de más de 50 años de guerra, de dolor y de muerte merecía una oportunidad en Colombia. A mí me lo parecía, a mí me lo sigue pareciendo… Pero sé bien que no es nada sencillo.

En el cajón de sastre del “no” había un poco de todo, había algunas dudas justificadas, había incertidumbres, había falta de información. Por supuesto aparecía el dilema justicia/paz digno de ser tenido en cuenta en primer lugar, pero también la defensa de privilegios adquiridos, el miedo al cambio, los factores partidistas…

Mi posición con respecto al presidente Santos ha ido cambiando con el tiempo. Hubo un momento en el que me asustaba su voluntarismo, su tendencia a confundir, con cierta frecuencia, los deseos con la realidad pero un presidente hamletiano no habría sido capaz de sacar adelante un proceso de paz tan complejo y delicado como el colombiano. Queda mucho, muchísimo, por hacer pero lo conseguido es impresionante.

Seguiré de ahora en adelante el complejo desarrollo del post conflicto pero sin dejar este blog que es ya parte de mi vida. Siempre “a la orden” como dicen en Colombia.