Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

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“Cambiaría, si pudiera, toda mi tecnología por una tarde con Sócrates.”

 

Steve Jobs

 

A mi me gusta andar por el monte los fines de semana. Era sábado. Tocaba. Pero no. Cambié. No podía faltar a la cita de Apple; me había costado mucho trabajo conseguirla y tenía que ir. Era la primera vez que entraba en el edificio del viejo Hotel París que alberga ahora la tienda de Apple en Madrid. La fachada se mantiene igual, como si nada hubiera cambiado, pero en el interior es otro mundo: un diseño moderno, funcional, abierto; un concepto nuevo de atender al cliente, una forma distinta de organizar el trabajo, un espacio más para estar que para pasar por él.

Echo de menos el cartel de Tío Pepe que lucía en el tejado del edifico desde el año en que yo nací. No sé cuanto hay de nostalgia y cuanto de preferencia estética, pero su traslado a otro lugar me molestó. Lo dije públicamente pero no me hicieron caso. Es probable que la manzana mordida y sus estrategias no sean compatibles con el vino de jerez: la tecnología es puritana y no quiere problemas.

Entrar en Apple es como entrar en una catedral laica: impresiona un poco, te das cuenta de que no estás en una tienda más. Cada quien lleva allí sus deseos, sus ofrendas, sus pecados…Tengo la impresión de que se produce una mezcla de mercado, de ilusión y devoción; una mezcla de comercio y de “religión” tecnológica. Todos los aparatos que llevamos y que están allí expuestos, son al mismo tiempo productos y fetiches que fascinan, que emocionan, que no se quiere dejar de tener.

Era yo probablemente el más viejo del lugar, el más despistado, el más desubicado. Trataba de no de desentonar con mi mochililla y mi aire desenfadado, pero ¡!qué bobadas!!, pronto me di cuenta de que a nadie le importaba yo y mi circunstancia. Cada uno iba a lo suyo, a tratar de resolver su tema, incluso a pasar allí la mañana, como oí decir a una pareja sentada junto a mi en el llamado “genius bar” que era el lugar en el que me habían citado.

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Estaba ya un poco impaciente: mi turno no llegaba nunca y pregunté que es lo que pasaba. Lo mío era un poco especial, ya lo veréis, y tendría que esperar un poco más. Me llamarían al móvil. Tenía tiempo de sobra para darme una vuelta.

Salí de Apple: la Puerta del Sol era una fiesta esa mañana de sábado. Largas colas de gente para la lotería de Navidad; un grupo de manifestantes con banderas republicanas que daban vueltas a la plaza pidiendo justicia; un predicador de la Iglesia Adventista que clamaba por el arrepentimiento de los pecadores; vendedores de oro que se desgañitaban para hacerse oír sobre los compases apasionados de un grupo de Mariachis… Parecía un mundo distinto pero a lo mejor no lo era tanto. Sol es poco menos que un escaparate extraordinariamente diverso del ayer y del mañana, del mercado y la mendicidad, de lo último en tecnología y del boca a boca de toda la vida.

Sonó el teléfono: me daban un cuarto de hora para volver. Ya me estaban esperando. Allí fue donde me confesé. Sí, porque en cierto modo esa fue la sensación que tuve, de confesión de pecados o de errores o de dudas o de temores…. No podemos saltar por encima de nuestra propia sombra, ya sabéis, y no dejaba de sentirme delante de un sacerdote de la tecnología que nos reprende, nos pone penitencia y nos enseña el camino que debemos de seguir. “Tu Mac es antiguo”, me dijo el joven empleado que me atendió. No me lo podía creer, no podía aceptar que mi Mac, para mi el colmo de la modernidad, fuera “antiguo”. Pues sí, en cuatro años los sistemas operativos habían cambiado tres veces y para que mi Mac tuviera la función que yo pretendía tenían que cambiarle el “software”. Nunca sabré lo que es el “software” y, desde luego en una situación menos dramática, me sentía como Daniel Blake el personaje de la última y maravillosa película de Ken Loach: perdido y abrumado. Me temía además que lo del nuevo software fuera carísimo. Pues no: iba a ser totalmente gratuito. Aquella noticia me animó y empecé a sentirme un poco mejor en aquel “bar de los genios”, nombrecito un poco pretencioso, un poco pijo: cosas de Steve Jobs sin duda. Lo cierto es es que “el genio” que me atendió no podía ser más atento ni más complaciente. Me hacía sentir que estaba de mi lado, que era de mi mismo “equipo”, de mi misma “religión”. Fue una mañanita de sábado muy completa: cambiar el “software” es, más o menos, como subir a Siete Picos.