Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

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La vuelta a España 2016 a su paso por Deba (Guipuzcoa)

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«Entre los vascos me hallo como en mi casa; entre ellos no tengo más que amigos»

 Príncipe Louis Lucien Bonaparte

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Para mi veraneo en Guipuzcoa metí en la maleta la última publicación del sociólogo francés Regis Debray. Siempre polémico y provocador, Debray se descuelga ahora con un sorprendente, en apariencia, elogio de las fronteras. Leído con detenimiento, el texto no es realmente un elogio, creo yo, sino más bien un reconocimiento del valor de las fronteras en unos tiempos en los que tiende a prevalecer la uniformidad en prácticamente todos los ámbitos de la vida social. Da mucho para pensar Debray al mostrarnos el reverso de “la aldea global”, su lado oscuro, sus debilidades y peligros.

Leo con atención el repaso histórico que hace sobre el valor de las fronteras en la creación y el desarrollo de las culturas y de las civilizaciones y pienso inevitablemente en el País Vasco. Aquí y en otros territorios de Euskalerria se ha ido creando desde hace siglos un espacio cultural de una gran riqueza y singularidad, de un gran valor y de una gran belleza. Merece admiración y respeto.

Pudiera ser cierto lo que Debray afirma en su ensayo de que la creación empieza cuando se respetan e incluso se estimulan las peculiaridades y las diferencias. Esto puede parecer peligroso tal como se han desarrollado las cosas en este país pero no necesariamente tiene porqué serlo. Muy al contrario. Según yo lo veo después de muchas vivencias y reflexiones, las diferencias pueden ser, también, un aglutinante poderoso. Reconocernos en nuestras diferencias nos enriquece, nos puede dar más motivos para estar juntos, para ser más fuertes, para darnos más vigor. En un mundo que, tiende a la uniformidad, la diferencia cobra un valor especial. Más que una frontera se empieza convertir en un de esos lugares y momentos auténticos que se buscan y se aprecian como todo lo que escasea.

Tardarán aún tiempo en cicatrizar las heridas creadas en el País Vasco por el mal entendimiento de   las diferencias y las identidades propagada y, en cierto, modo impuesta, por una parte de la población, pero quiero pensar que las aguas están volviendo paulatinamente a su cauce. Determinados gestos cotidianos, especialmente en tiempos de fiestas y celebraciones, cuando todo está a flor de piel, ya nos son motivo de alarde, ni de agravio, ni de enfrentamiento. Esta nueva “atmósfera” de naturalidad o normalidad, como queramos verlo, traté de explicarla el año pasado en mi Pitadas en la tamborrada de Deba. Algunos entonces me tildaban de ingenuo y optimista al decir lo que decía, pero creo que ahora, pasado más o menos un año, se entiende mejor lo que a mi me parecía.

La tendencia que creía vislumbrar se ha ido fortaleciendo. Este verano el alcalde de Deba ha hecho una breve salutación en castellano en las fiestas. Natural, claro, pero hacía ya años que esto no ocurría. Y lo más importante, lo más significativo es que no ha habido ninguna protesta y eso sí que es nuevo y significativo. ¿Que está pasando?. Algo bastante sencillo: ya no hay grupos agresivos “observando y señalando” lo que se puede o no se puede hacer. Ese control social estricto, activo y militante de la izquierda abertzale en las zonas donde tenía una fuerte presencia social, comienza a desaparecer para el ciudadano, común. Ya nadie teme aplaudir “la vuelta a España”, no porque sean “españolazos”, sino porque les gusta el ciclismo y no se ven ya sometidos a la presión constante de los movimientos abertzales con su omnipresencia social. Por mucho que miré, no vi ni una sola pancarta en contra y no quiero ni pensar lo que hubiera sido en los años de plomo.

Después de no sé cuanto tiempo la “Vuelta” ha vuelto a Deba y los debarras la han recibido con naturalidad y alegría. Vuelve la “Vuelta” al País Vasco y ninguna de las “diferencias” que hacen de este país algo distinto, algo singular, algo hermoso, se ve mermada en absoluto. Todo lo contrario. La “Vuelta a España” es ciclismo, expresa los valores universales de este deporte, y también muestra la superficie, solo eso, no más, del paisaje, de las “diferencias”. La Vuelta puede ser un buen signo pero hay más cosas que han vuelto al País Vasco en los últimos tiempos: la confianza en el trato y en las conversaciones; la cordialidad sin tapujos…

Hay sin embargo una frontera que en algún sentido sigue estando ahí. El euskera, uno de los tesoros, quizás el más importante, del patrimonio cultural vasco, no es todavía el medio de comunicación y entendimiento que debería de ser. Hablo ahora por mi: daría cualquier cosa por saber que dicen la multitud de carteles que veo por el pueblo. No puedo a pesar de mis esfuerzos. Hablo por mi, ya lo dije, y yo no soy nadie. Sé que el problema es complejo y tiene muchas aristas pero ahí está. Otra “Vuelta” al euskera y la convivencia seguirá mejorando. Aún más.