Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

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«El Camino de Santiago es objeto, sino de un culto, al menos de una pasión, pasión que comparte gran número de quienes lo han recorrido… El Camino es una red, una hermandad, una internacional”

Jean-Christophe Rufin

El Camino inmortal

 

Pues sí; a comienzos del pasado mes de julio me dio por pensar en hacer algo del Camino de Santiago. Pensat y fet, en la tercera semana de ese mismo mes, con el permiso del Dr. Vilanova, –no se pueden hacer locuras a estas edades sin consultar con un médico amigo- y la ayuda impagable de mi cuñada Pili de Cárdenas, experta y veterana peregrina, inicié en Saint Jean de Pied de Port mi ruta hasta Pamplona por el llamado camino francés.

Era una de esas asignaturas pendientes que se van dejando y dejando, con el peligro de que se le pase a uno el arroz. Traté de evitarlo y, probablemente por ese asunto de los cumpleaños que se suceden impenitentemente, decidí que de este año no podía pasar. Lo logré y ahora, ya en la calma otoñal, quiero contar mi experiencia para revivir aquellos días felices y especialmente para animar a gente como yo, es decir ya mayorcita, a que se lance a esta aventurilla que no lo es tanto. Podemos, les diría, y espero se me entienda.

Cada vez hay más caminantes, cada vez hay más peregrinos, buscando quien sabe qué. Cada quien tiene sus motivos, cada experiencia es única, yo, ya lo dije hice el tramo entre Saint Jean de Pied de Port y Pamplona, es decir, un camino de poco más de setenta kilómetros. Poca cosa pero todo requiere un comienzo. Lo hice en solitario,  sin prisas, y con “comodidades” que pueden hacer saltar la indignación a los puristas, a los que se consideran “verdaderos peregrinos”.

En el libro ya citado de Rufin, se cuenta que entre los romeros jacobeos se acostumbra a decir “santurronamente” que cada uno hace su camino como le viene en gana, pero que, en el fondo, existe un sólido desprecio del “verdadero” peregrino por el “falso”. No me importa confesar que yo fui uno de esos, uno de los “falsos”. Hice un corto recorrido; no cargué con un mochilón: pagué para que me transportasen el equipaje de un sitio a otro, (tomad nota de Jacontrans por si en algún momento os animáis) y, no me alojaba en albergues sino en hotelitos o casas rurales.

¿No era por eso un peregrino?. Yo desde luego me sentía como tal, ese era mi espíritu, y esa era mi disposición de ánimo.. También me he sacrificado, pero menos; más habría sido mejor, pero quizás no hubiera podido. Todas las mañanas me despertaba feliz; desayunaba, cogía mis bastones y, muy temprano, me ponía en marcha. Mi día iba ser a ser eso y solo eso: caminar, pensar si es que tenía ganas y si no, no, disfrutar del paisaje y aguantar el esfuerzo. Solo un día, fue en Valcarlos, salí acompañado de un japonés muy muy rarito, que antes de iniciar la subida del puerto, decidió dejarme. Salí ganando porque pronto me uní a unos italianos mucho más alegres y divertidos. Así es el Camino; uno se encuentra con desconocidos de los que no volverá a saber nunca más y con los que se inician conversaciones triviales o profundas, pero sin ataduras ni vínculos emocionales.. El otro no te conoce, tu no tienes que justificarte de nada….cada uno va a su aire pero se agradece la compañía.

Me he cansado naturalmente pero ese cansancio diario, me ha aportado tranquilidad y me ha dado la satisfacción de saber que era capaz de soportarlo: nunca dudé en llegar al final de cada etapa aunque esos finales eran lo peor. Recuerdo con espanto la bajada desde el puerto del Erro a Zubiri; creí que no iba a llegar nunca, pero cuando, ya en el pueblo, pasé el puente gótico de la Rabia, me sentí la persona más feliz del mundo. Esos son los misterios del Camino

El paisaje forma parte de uno mismo mientras camina, ayuda a mantener el ánimo y no deja de producir gozos y sorpresas El descubrimiento de Roncesvalles, entre bosques de hayas, desde Ibañeta –hablo ahora de mi ruta navarra- compensa sobradamente la dura subida al puerto: lo que estás viendo no es un documental, no es una peli, es algo que te has ganado y que piensas que te mereces.

Cuando el último día en Pamplona veía salir a los otros peregrinos con sus bastones mientras yo me iba al tren para volver a Madrid, sentí una envidia tremenda. El Camino se había hecho conmigo. Sin duda volveré e, insisto, os animo a intentarlo. Vale la pena.