Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera
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El efecto Korta.Resaca en la playa de Deba

El efecto Korta.
Resaca en la playa de Deba

“Y el mar recordó ¡de pronto! los  nombres de todos sus ahogados”.

Federico García Lorca

El ocho de agosto del 2000 –pronto hará de ello quince años- hizo buen tiempo en Deba. Lo recuerdo porque había mucha gente en la playa y de eso me acuerdo porque ese día se produjo un atentado a pocos kilómetros de allí que se me quedó grabado para siempre.

Desde comienzos de aquel año el terrorismo etarra se había incrementado y raro era el día en el que no recibíamos algún sobresalto. Esa misma mañana nos desayunamos con la noticia de que cuatro presuntos miembros del comando Vizcaya de ETA habían muerto la noche al explotar en Bilbao el turismo en el que viajaban, cargado de armas y explosivos. Era un puro accidente pero habría líos, con toda seguridad, pensábamos, mientras, acostumbrados ya a esas cosas, íbamos tranquilamente a la playa.

En ese clima general de alerta y fatalidad hacía mis largos recorridos por la orilla cuando me crucé con un amigo que en vez de decirme adiós, como en otras ocasiones, me paró y me espetó: “han asesinado a Korta”. Korta era el presidente de los empresarios guipuzcoanos: un coche bomba acababa de destrozarle a las puertas de su empresa. Tenía 52 años. Había ocurrido muy cerca, en Zumaia y no hacía más de media hora.

 Mi amigo, que es también empresario y conocía a Korta, continuó su paseo. ¿Qué podía hacer? Durante toda la mañana no se habló de otra cosa en la playa, pero cada uno seguimos a lo nuestro, con las tripas revueltas, imagino, pero a lo nuestro: tomando el sol, nadando, leyendo el periódico ¿Qué podíamos hacer? Hombre, hacer, hacer, se habrían podido hacer muchas cosas pero nadie daba un paso para hacerlas, nadie se atrevía. El temor, sí, y algo aún peor, el efecto perverso de la banalidad del mal que describió Hannah Arendt…

 Nadie movió un dedo, pero lo cierto es que algo si se movió en los estómagos y en las conciencias de muchos vascos. Korta era, además de euskaldun, simpatizante del PNV. Era uno de los “suyos”. Tengo la impresión de que fue a partir de ese momento cuando se comienza a plantear algo que hasta entonces quedaba ignominiosamente en la sombra: el “por qué”. ¿Por qué lo han matado? ¿”Qué ha hecho de malo Korta” para que lo asesinen? Incluso siete años después, con motivo de un homenaje para ensalzar la figura del empresario, el lehendakari Ibarretxe “lamentaba que ETA no hubiera explicado todavía porqué mató a Korta”. Es increíble, intolerable, que esa misma pregunta no se la hubieran hecho antes por los cientos de asesinatos cometidos por ETA, es una aberración moral…

 Volvamos a la playa. Todo parecía tranquilo allí en Deba, como si no hubiera pasado nada. Supe que en Zumaia se había organizado un acto de protesta, pero sería mejor no ir, me dijeron. Fue allí donde .un sobrino de Korta llamado Oier llamó cobardes y asesinos a los que habían matado a su tío. Un grito, sólo un grito. Se la jugó. A poco más de un mes la discoteca el Txitxarro, propiedad de su padre, y que él regentaba, saltó por los aires. Él se lo había buscado. Esta vez sí había un porqué: no hay insultos gratuitos ante el terror.

 Ahora vivimos la resaca de todo aquello. No éramos héroes, no fuimos héroes. La mayoría no se movió un milímetro de sus hábitos diarios. Había que seguir con nuestras vidas habitando ese irrespirable clima de terror. Pero, como digo, creo que aquel asesinato empezó a cambiar mucho las cosas. El mar seguía aparentemente calmado, como si no hubiera pasado nada, pero algo “invisible”, y muy poderoso, se había producido en el fondo de la conciencia de la mayoría de los vascos. Bastaba una sola pregunta y debía de valer para todos y para todo: ¿Por qué? El mar la traía de vuelta. La resaca traía consigo esa sencilla pregunta.

Pasados quince años, otra forma de resaca llega al propio Ayuntamiento de Zumaia. “Víctima de ETA y alcalde del lugar del crimen”, titula la noticia “El País”. Oier Korta ha sido nombrado alcalde de Zumaia. No llega con aire de revancha, sino de apertura y de diálogo. La resaca, podríamos decir, ha devuelto las aguas a su lugar de origen… Tras mucho dolor, muchas náuseas, mucha angustia y desasosiego… Nos trae el recuerdo de aquella calma tensa que vivimos en la playa de Deva, de los gritos que no pronunciamos cuando debiéramos haberlo hecho, de las preguntas que no se hicieron a tiempo, de la pesadumbre de la resaca… Con gente como Oier, no me cabe duda alguna, empieza un tiempo nuevo, y mejor, para todos en el País Vasco. Algo hemos aprendido.

CHULERÍA

CHULERÍA

«La chulería es un comportamiento típicamente español, compuesto de agresividad, insolencia viril y autosuficiencia”

Luis Buñuel

Artículo publicado en ABC el 15 de junio de 2015

Dicen los analistas que en nuestra sociedad se ha instalado una cierta cultura de la chulería que hace de la arrogancia un programa político. Justo lo contrario del estoicismo, culto y progresista, en el que bebía el gran Giner de los Ríos que  hizo de la Sierra de Guadarrama un aula abierta dentro de la Institución Libre de Enseñanza. Desde entonces somos muchos los guadarramistas que hemos aprendido a amar este paisaje como una extensión de nuestra alma. Amamos cada una de sus cumbres, sus pedrizas y sus bosques, su viejo tranvía, y hasta el autobús que recorría su espinazo, acercando a la gente el conocimiento y la experiencia de este pulmón de Madrid, que lo es también de Castilla.

Hace unos días, ese autobús dejó de prestar servicio sin que se conociera la razón. Un buen amigo mío, Julio Vías, santo varón y amante como nadie del Guadarrama, escribió un breve tuit lamentado la noticia: “Desaparece el autobús del Guadarrama. Qué casualidad. Justo después de las elecciones”. Su comentario no iba más allá, ni señalaba a nadie, ni pedía responsabilidades. De un día para otro, tuvo como respuesta una desmesura: “El @ppmadrid ha obtenido 763 veces tu n° de seguidores en Twitter en votos. Mejorable, pero orgulloso de ese millón de madrileños”. El tuit lo firmaba el director general de Medio Ambiente en la Comunidad de Madrid, ahora en funciones. Comparaba este caballero los votantes de su partido con los seguidores de una cuenta de twit. Miedo da pensar que alguien así haya tenido en sus manos, en cierto modo claro, menos mal, el medio ambiente serrano.

Su gesto de chulería en estado puro, de arrogancia, de prepotencia, tanto más patética si evaluamos su precaria condición, es indignante. Con lo fácil que le habría sido explicar lo ocurrido con la mesura y ponderación que exige la responsabilidad de su cargo.

PD:

Este artículo que trata fundamentalmente sobre un tuit –se ve que esto de poner tuits sin pensárselo un poco empieza a ser un peligro- fue escrito antes de que apareciera otro tuit que se ha hecho tristemente famoso y que ha obligado a la alcaldesa Carmena a relevar de su cargo de concejal de cultura del Ayuntamiento de Madrid a Guillermo Zapata al día siguiente de nombrarle.

Quede claro que a mi juicio el tuit del director de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid es como he tratado de explicar una chulería, mientras que el del concejal Zapata es una infamia. También entre los tuits inconvenientes hay diferencias.

METER MIEDO NO ES LIBERAL

«Nunca consideraré libre a quien vive con miedo».

Horacio

Algunos de mis amigos -hablo de la gente de mi quinta porque los jóvenes están ya en otra cosa, me preguntan si no estoy preocupado, si no estoy asustado con lo que ha salido de las últimas elecciones: posible alcaldesa de Podemos en Madrid y alcalde de Izquierda Unida en Cercedilla. Buenos estamos. Saben que yo me tomo estas cosas con cierta filosofía –el síndrome, piensan, de ese “oficio de unir” que, en el fondo, no les gusta nada- y les preocupa que no me preocupe. Pues no, la verdad es que estoy tranquilo, lo cual no quiere decir que no hubiera preferido otros resultados.

Pero ahora no escribo para retratarme, ni para hacer análisis político de nada. Me preocupan, eso sí, las emociones enfrentadas que provocan los resultados electorales: el que “pierde” frente al que “gana”. Me inquieta, eso sí, algo más profundo, más básico. Me inquieta, por ejemplo, que no se asuma con todas sus consecuencias el sentido de la democracia, el valor de la democracia. Hay que saber perder. Hay que saber encajar, aceptar e interpretar lo que quiere la mayoría de la gente. Me inquieta que nos quieran asustar.

Somos seres sociales. La vida es un pacto continuo, hasta contigo mismo… Hay que llegar a acuerdos. Estamos condenados a entendernos, a vivir con la discrepancia y la diferencia. La libertad y el respeto mutuo son valores que no deben de producirnos ninguna duda. En democracia, la libertad, la de cada uno y la de todos, la libertad posible, se va logrando cada día a base de respeto y reconocimiento mutuos. La democracia y la libertad no me dan miedo. Al contrario, me inquieto cuando descubro fallas, falsedades, corrupción. A mi edad, los temores son otros. No me gusta que me quieran asustar con amenazas de caos u otras catástrofes menores, pero igualmente temibles. No lo acepto.

A los que ya somos mayorcitos no nos pillan de sorpresa estas visiones interesadamente alarmistas cuando se ve venir el lobo. Es un deja vu que se repite una y otra vez.  No me refiero al final del franquismo: eso eran palabras mayores y salimos, sin embargo, airosos de la prueba. Hablo ahora de algo un poco más cercano: el comienzo de la transición. Cuando se celebraron las primeras elecciones generales de la democracia yo estaba empadronado en Cercedilla y hablaba con unos y con otros. Hablaba con los rojos, los azules y los verdes. Para Fuerza Nueva, que tenía cierta implantación en el pueblo por influencia de Blas Piñar, veraneante de toda la vida y persona cariñosa y afable con todos, UCD eran los rojos y el santo varón de Landelino Lavilla un potencial revolucionario. Algo similar ocurrió con Leguina, satanizado hasta tal punto que muchos no fueron al Aurrulaque del año en el que fue elegido presidente de la Comunidad. Era otro rojo peligroso. Hoy todo el mundo alaba su mesura y su buen sentido.

Mejor que no traten de asustarnos. Meter miedo no es nada liberal. Es curioso, además, que sean precisamente los que han tenido alguna responsabilidad en traernos a esta situación de crisis y de descrédito los que toquen la alarma por lo que pueda pasar. No ha sido culpa nuestra: lo que ha venido se estaba viendo venir desde hace tiempo y los políticos de toda la vida parecían no enterarse de ello. Han tenido que llegar otros nuevos para recordárselo y ahora los de siempre ponen el grito en el cielo. No, insisto, meter miedo ahora ni es liberal ni es de recibo.

Ah, y espero que nadie caiga en la tentación de matar al mensajero, porque este mensajero ya dijo en su momento lo que tenía que decir sobre el fenómeno Podemos. Y no es precisamente él quien ha contribuido a la extraordinaria irrupción de esta formación política en el panorama electoral. Ya me entendéis ¿no?.