Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

«No me pondré chaqué. Puestos a disfrazarme, usaría una chilaba.»

Juan Goytisolo

Me cuelo con gusto en las celebraciones que han tenido lugar recientemente en torno al autor del Quijote. Todos tenemos derecho a reconocernos en esa nacionalidad cervantina de la que habló Carlos Fuentes y “a decir de la historia todo aquello que nos pareciere, sin temor que nos calumnien por el mal, ni nos premien por el bien que dijéramos della”, como escribe el propio Cervantes en el prólogo de su obra universal. Con este espíritu de libertad hablaré hoy de Cervantes y también del premio más importante de las letras españolas que lleva su nombre.

Reconozco que no sé mucho de la vida de Cervantes. Seguro que no fue del todo ejemplar. Ninguna lo es: del Rey abajo ninguna lo es. Pero el alma de Cervantes está en las palabras y en las historias que escribió, está, sobre todo, en la del ingenioso hidalgo que le dio fama universal y que me ha apasionado desde muy joven. Creo que fue en segundo de bachillerato cuando nuestro profesor de literatura nos “obligó” a leer el Quijote. Nunca se lo agradeceré bastante. No hice eso con mis hijos y me temo que algunos todavía no lo han leído. Los grandes de la literatura universal deben de ser siempre una gran aventura y un auténtico placer, nunca una obligación. Pero, en ocasiones, hay que forzar un poco la máquina porque lo cierto es que los mejores placeres exigen un cierto esfuerzo, una adecuada predisposición. Seguiré intentándolo con mis hijos…

Como tantos otros, he vuelto al Quijote varias veces en mi vida y puedo ahora presumir de que será mi primera lectura en el ebook que me acaban de regalar. Cervantes nos da más de lo que probablemente podíamos asumir: tolerancia, humor, idealismo, compasión, libertad. Todo ello con letras mayúsculas. Y nos enseña, claro, y sobre todo, la verdad de las mentiras, la verdad que hay en la ficción, la verdad que hay en la mejor literatura.
Libertad y verdad, dos palabras muy grandes, muy exigentes, que cuesta asumir y conciliar. Voy ahora al asunto de la entrega del Premio Cervantes de este año. Si alguien dice “a la llana y sin rodeos”, se arriesga mucho. Todos, en algún momento de nuestra vida, hacemos teatro, fingimos, no lo decimos todo, exageramos la nota, nos hacemos los “interesantes”. Algo de esto me pareció atisbar en el discurso de Goytisolo, en sus palabras y, sobre todo, en sus gestos. Cualquiera hubiera podido pensar que le habían obligado a aceptar el premio, lo mismo que a mi me obligó a leer el Quijote mi profesor de literatura.

Mejor “que reine la verdad y desaparezcan las sombras”, como nos dijo el premiado en su parlamento. Lo ha denunciado Fernando Aramburu y estoy de acuerdo con él: hay fragrantes contradicciones  en el “happening” que montó Goytisolo en presencia de Reyes y autoridades. Una muy evidente es decir en un momento de su discurso que no se trata de poner la pluma al servicio de una causa por justa que sea y salir al final con un extemporáneo guiño a un partido político. Nadie se inmutó y todos aplaudieron al final del discurso: con eso jugaba el premiado pero eso no está bien. En ocasiones nos engañamos a nosotros mismos, nos inventamos a nosotros mismos para que la realidad se ajuste a los deseos y sentimientos que un día tuvimos. A mi no me cabe duda de que Goytisolo quería el Premio Cervantes, quería tenerlo. Pensaba que se lo merecía. Imagino que se imaginaba pronunciar el discurso airado que finalmente hizo.

¿Quién no se recrea en una escena de venganza o de triunfo que finalmente no se produce? Me temo que a Goytisolo le llegó ese momento soñado. Era el momento de desquitarse. De dar la impresión de que desdeñaba un Premio, cuando realmente no era así. Pero sobre todo, en el fondo, creo yo, ese gesto airado no era más que una pose, una actitud estudiada desde hacía tiempo. El teatro de títeres, el teatro de la vida. Su discurso tiene miga, sin duda alguna, como hacer ver en su Pura Tura mi amigo Miguel Ángel Lama. En él hay motivos de indignación bien explicados que muchos compartimos. Sin embargo, creo yo, debajo él, en el fondo, no hay una actitud muy cervantina. No logra liberarse Goytisolo de los fantasmas que han transitado por su larga vida como lo hizo Quijano el Bueno en sus últimos años. No, no parece estar tan contaminado de Cervantes como nos dijo ese día. O quizás sí, quien lo sabe. Nada es casi nunca exactamente lo que parece. Casi siempre hay una cueva a cuyo fondo no logramos acceder. Puede que me equivoque.