Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera
Edición de verano Edición de Verano

RSE: Verdades, mentiras y cintas de video

 

 

“El director General de la RSE abandona su puesto y se une a Podemos”

 

Diario Responsable

28 diciembre de 2014

 

 

 

Cuando empecé -hace ya muchísimos años- con estas cosas de lo social en la empresa, ni existía la RSE como tal, ni siquiera se aceptaba que la empresa se metiera en camisas de once varas, es decir, que pusiera “sus sucias manos” en el terreno de lo social. A la empresa le correspondía lo económico –ese era el reparto socialdemócrata en su forma originaria- y en lo económico se tenía que centrar. Tanto han cambiado las cosas que es probable que pueda parecer mentira lo que estoy diciendo. No, no lo es y voy a contar una historia real –los “mayores” somos muy dados a contar historias “reales”- para tratar de que se me entienda.

A comienzos de los setenta del siglo pasado –esto de hablar con tanta naturalidad del siglo pasado me pone los pelos de punta- se rodó en Hidroeléctrica Española (hoy Iberdrola) un documental sobre la labor social de la empresa. Nos parecía que valía la pena difundirla, presumir de su carácter pionero. Se proyectó en la Junta General y dentro de lo que cabe –no era ni es la acción social sino el dividendo lo que preocupa principalmente a los accionistas- tuvo una buena acogida. Me sentía feliz con aquel documental que dirigió mi amigo Luciano Egido y en el que aprendí las maravillas del montaje y se me ocurrió llevarlo a un cineclub en el que colaboraba al lado de gentes como Peridis, Gregorio Peces Barba o José Ramón Sanz, el que proyectó la campaña “por el cambio” del PSOE. Gentes, ya lo veis, más bien de izquierdas. Lo organizaba en el Hogar del Empleado la revista Aún que gozaba de cierto predicamento en el mundo del catolicismo social de aquellos años.

El documental era bueno desde el punto de vista cinematográfico –tenía incluso algunos premios- y también, así quiero creerlo, por el mensaje social que contenía. Sin embargo, la pitada que se produjo al final de la proyección resuena todavía en mis oídos. Aquellos compañeross míos progresistas no podían soportar la exhibición ostentosa del protagonismo social de una empresa.  La crisis del Estado del Bienestar puso de manifiesto el arcaísmo en el que vivían mis amigos de Aún. Hoy día las protestas van en dirección contraria: la empresas, se dice, no cumplen adecuadamente su papel social. Hace unas semanas se podía leer esto en el la portada del Suplemento de Negocios de El País: “España suspende en responsabilidad social”. Era el típico titular periodístico que tira por elevación –España no es solo lo que son sus empresas- pero reflejaba una realidad. La “moda” de la RSE había pasado de largo. La crisis económica y con ella la reforma laboral habían cambiado el escenario. Ya nada sería igual que antes, nos decían. Podría parecer que en unos pocos años todo se había derrumbado, pero no es verdad. Lo que quizás haya desaparecido es precisamente lo que había de “moda”, de aparato publicitario y, en ocasiones, de maquillaje, en torno al papel social de la empresa. En tiempos de vacas gordas la RSE se convirtió en una especie de sello que toda empresa tenía la “obligación” de defender, avalar, exhibir. Además de carne de marketing, la RSE pasó a ser una mina: millones de euros en certificaciones, asesorías, sellos de calidad y cientos de toneladas de informes. Viví esa etapa de esplendor y en cierto modo saqué también partido de ella, cuando desempeñé durante varios años la cátedra de análisis de la RSE en la Universidad Nebrija de Madrid. La crisis y quiero creer que también el sentido común pusieron fin a tanto ropaje, tanto marketing, tanta retórica y tanto trabajo sobrevenido, para dejar a la responsabilidad social de la empresa en toda su prístina pureza. No es ni mucho menos una ocurrencia creada de la noche a la mañana; es el resultado de innumerables aportaciones patronales y sindicales, de cambios políticos, económicos e ideológicos, de luchas sociales y de innovaciones tecnológicas. La responsabilidad social de la empresa no es un invento; el invento es el montaje creado a su alrededor.

Quizás debamos esperar a que la tormenta amaine para saber exactamente qué hay en la RSE de verdad y de mentira, qué hay de campaña publicitaria, qué de verdadero sentido de responsabilidad, de verdadero compromiso con la sociedad… Veremos en qué queda la RSE cuando las aguas vuelvan a su cauce. No quisiera que se me situara en el grupo de los nuevos ateos o agnósticos de la RSE. No, en absoluto, ese no es mi caso. La verdad es que llego al final de esta entrada con más interrogantes que certezas. Como siempre. Ojalá haya más convencimiento, más verdades que mentiras, más realidad que cintas de vídeo…

AVISO : ¡!YA PUEDO RECIBIR WHATSAPP!!

When the soul lies down in that grass
The world is too full to talk about.
Rumi 

VIÑETA

 Me ha costado mucho entrar en el mundo trepidante de los whataspp –o mejor ya wasaps ¿no?-. Me daba una pereza terrible desprenderme de mi viejo aparatillo modesto y facilón y pasarme sin más a un sofisticado –y complicado- teléfono “inteligente”. ¿Para qué?, pensaba. Tengo un mac luminoso. Tengo acceso a internet, como todo el otro mundo, es verdad. Busco en esa enciclopedia universal que es google todo tipo de cosas, como lo hace la mayoría de la gente. Recibo y envío correos electrónicos constantemente y tengo un blog que actualizo cada diez o quince días con post nuevos, como este que ahora pongo. También estoy en twiter, pero apenas lo utilizo, quizás más adelante. ¿No era todo esto suficiente para sentirme “al día”?

Decía que sí, que me bastaba y me sobraba con lo que tenía, pero, en el fondo, no dejaba de darme cuenta –uno no es tonto- de que sin el dichoso teléfono inteligente me estaba quedando fuera de juego en algunas cosas de no poca importancia. Siempre tenía que decir que no: no, no había visto el video de mi ahijado Antonio esquiando; no, no había leído lo del viaje a no sé dónde, ni me había enterado de que a Itziar se le había caído un diente… Estaba en el limbo de los teléfonos tontos y, aunque decía que no me importaba, lo cierto es que ese aislamiento -no sé si real o imaginado- me fastidiaba cada vez más. Era el único de la familia que no formaba parte del “grupo” y eso de quedarse fuera preocupa siempre un poco, sobre todo a estas edades tan puñeteras. No es que quiera estar en todos los asuntos, subirme a todos los trenes que pasen. No, no es eso. Lo que quiero es no dejar de aprovechar todo aquello que me pueda producir satisfacción y en lo que pueda todavía aportar algo; todo aquello que me mantenga vivo y coleando.

Claro que hay que hacer un esfuerzo para entrar en estos trastos de las nuevas tecnologías, pero al final son una bendición. Me pregunto que hacía la gente de mi edad cuando no podía echar mano de ellos y se quedaba sola  ante el peligro al abandonar sus trabajos en la empresa, en la Administración o donde fuera. Los jubilados de ahora lo tenemos más fácil: sin gastarnos un duro –se habla poco del “estado de bienestar” que proporcionan las nuevas tecnologías- podemos (caramba con el “podemos”, se cuela  en cuanto nos descuidamos) mantenernos en contacto con el mundo. Hay quienes han decidido cortar por lo sano y no meterse en estos líos.. Cada quien que decida hacer lo que mejor le plazca. A mi la verdad no me va mal; imagino que  este nuevo mundo de múltiples pantallas en el que me estoy metiendo me dará también problemas, equívocos, distorsiones., pero de momento, no puedo sino decir que estoy fascinado, con mi nuevo smartphone -así le suelo llamar pomposamente cuando me da por presumir-. Lo compré hace    tan solo unos días; me armé de valor y me fui a una phoneHouse –no quiero ni pensar como quedaría uno si llamara a estos modernos establecimientos “casas de teléfonos”- a ver que había. Tuve que estar un rato  en la cola –solo en estos sitios hay ya colas- y me puse en manos de la vendedora. Me aconsejó bien por lo que parece: mi nuevo teléfono, aparte de “precioso” es también “acuático”. ”Puedes hacer fotos debajo del agua abuelo”, me dijo lleno de admiración mi nieto Roque. Por ahora prefiero no pensar en esas aventuras pero todo se andará. Me conformo por el momento con deslizar suavemente mi dedo por la pantalla para ver que pasa por ahí. Ya recibo bastantes whatsapp y espero aún más después de esta «entrada-aviso».

Pero no os apresureis. Anoche, exactamente anoche, me dejé mi flamante aparato en un taxi al salir  de los Renoir. Os podeis imaginar como me encuentro. Mi gozo en un pozo, en un taxi, más bien. El conductor parecía honrado comento con mi mujer…sí, pero pudo entrar un nuevo cliente y llevárselo. Así estoy de preocupado cuando termino estas líneas. No sé si aparecerá, no lo sé. Aquí me hallo, a la espera de alguna llamada, una señal, que dudo que llegue. Pero aparezca o no seguiré en el empeño.  Esperad dos o otres días y ya me podreís mandar whatsapp y algún donativo si es posible. Porque si finalmente, como ya me temo, tengo que volver a la phone house  no me vendrán mal. Los donativos quiero decir.