Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

MAXIMO 

Ha muerto Máximo el gran dibujante, gran escritor y profundo filósofo. Lo conocí en su época del diario Pueblo. Pilar Narvión y Copérnico, compañeros suyos en la redacción del periódico de Emilio Romero, me lo presentaron. Nunca desde entonces dejamos de vernos y de entendernos. En el acto de su incineración dijo Peridis que Máximo era “Máximo” en todo, en lucidez, en inteligencia y en honestidad. Lo era también en el sentido de la amistad. La viñeta que encabeza estas líneas me la entregó un día en el que dimos un largo paseo desde la Puerta de Alcalá hasta su casa de El Viso. En aquellos momentos, después de su traumática salida de “El País”, descubrí a un Máximo totalmente decepcionado. Sé muy bien que no era cuestión de dinero. Ni mucho menos. La felicidad está más asociada a sentirse respetado que al poderoso caballero y él pensaba que no se le había tratado bien. Estaba dolido y entristecido. Durante el camino fuimos hablando de esas cosas: del dinero y de la vida; de la tristeza, de la felicidad y del respeto.

Con el paso del tiempo, los motivos para estar descontento y decepcionado crecen. Con los años y con el conocimiento más ancho y profundo de la vida. Queremos que nos quieran, queremos ser felices, queremos estar satisfechos con lo que tenemos, con lo que somos, con el afecto que recibimos. Pero la realidad –la propia y la de nosotros y la del mundo que nos rodea- se encarga de desmentir nuestros mejores deseos y propósitos. La vida es casi siempre injusta pero también te da ocasiones para desquitarte. Eso no se lo podía decir a Máximo cuando estaba ya invadido por una irresistible melancolía, pero  así lo creo. Con los años, descubres motivos nuevos, más modestos, más sencillos quizás, para ser feliz. Queremos un poquito de comida mejor, un poquito de sueño placentero, un poquito de amistad verdadera. El dinero empieza a quedar en un segundo o tercer plano. Descubrimos que el dinero da la felicidad que da el dinero, como nos dice la viñeta de Máximo. Es decir, poca, escasa. O peor, nos da una felicidad que puede ser ficticia, mentirosa …

He visto con sorpresa  en una encuesta de Gallup muy difundida, que los africanos, más pobres, con menos esperanza de vida, con más sufrimiento en forma de enfermedades, con más violencia en sus sociedades, con más dolor, son los más felices de la tierra y lo europeos son los más desgraciados. ¿Cómo puede ser esto? A veces, podemos pensar que la ignorancia es el mejor alimento para estar bien, para ser felices. Mejor sería no saber, pensamos, para no sufrir tanto. ¿Debemos ignorar para ser felices? No estoy muy seguro de que esto sea así. El conocimiento de la vida, de la ciencia, de la cultura, de la sociedad puede ser y es fuente de dolor, insatisfacción, infelicidad. Pero también puede ser y es de todo lo contrario: de placer, de gozo, de sabiduría.

Savater, Gomá y García Gual acaban de publicar un ensayo sobre Epicuro y la felicidad. El filósofo griego fue el primero en tomarse en serio la felicidad como objeto esencial de la vida. Conviene leer con atención un libro como éste -que presentaron los autores en los jardines de Cecilio Rodríguez convertidos en el Jardín de Epicuro- para hacer un repaso del propio “estado de felicidad”. No es fácil saber dónde ubicar ese estado – incierto, inestable, para la mayoría de los mortales- no es fácil saber  cómo considerarlo: ¿Es una cuestión puramente personal? ¿Es cultural? ¿Es material? ¿Es espiritual?…A lo mejor tiene razón Gomá cuando dice que la felicidad pertenece a una época superada. Habrá que saber porqué se ha convertido en una fuente de infelicidades más que de dichas cuando Epicuro consideraba que el hombre está destinado a ser feliz por su propia naturaleza.

Es quizás por eso por lo que la ONU ha decidido tomar cartas en el asunto y ha declarado el próximo 20 de febrero- “save the day”, como se dice ahora-  el “Día Internacional de la Felicidad”. Parece una broma, pero no lo es. Es tan real como la vida misma. Seguro que Máximo, con su humor cáustico y profundo, haría una viñeta genial de esta solemne y a mi juicio ridícula declaración. Tomaremos ese día la pastilla de la felicidad y al día siguiente nos sentiremos profundamente infelices… Y con resaca.