Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

«Si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya”. 

Eugene Ionesco

 

He vuelto al teatro. Quiero decir que he vuelto a hacer teatro, a representar, a dirigir de forma amateur, con la pasión y la devoción de un joven. Esta noticia puede causar sorpresa a los que solo conocen mi biografía “oficial” pero no a mis amigos, parientes y vecinos. Hemos hecho teatro en casa desde que mis hijos eran muy pequeños y luego, ya mayorcitos, con primos y amigos en el Montalvo de Cercedilla, un teatrito maravilloso que, como tantas otras “cosas maravillosas”, está hoy en horas bajas.

Esa parte dedicada a lo “inútil”, a lo supuestamente “inútil” pero “indispensable” si creemos a Ionesco, me ha dado alguna de las mayores satisfacciones de mi vida. Aún así, durante unos cuantos años –los jóvenes son imparables- he estado en el “paro teatral”, no he representado, no me han dejado, no me han dado papeles y en uno que me dieron ni siquiera hablaba. Lo llevaba mal, muy mal, me faltaba algo.

Y ahí estaba yo como los personajes de Beckett esperando a Godot y con el temor de que nunca llegara. Pero no hay mal que cien años dure y justo ahora la fortuna me ha sonreído de nuevo. Me parece mentira pero es así: ya puedo volver a presumir de tener “compañía propia” ¡¡Y qué Compañía!! El “casting” fue, por así decirlo, al revés. Más que elegir yo, eran mis candidatos los que me tenían que aceptar a mi. Convoqué a un grupo de amigos “teatreros” y traté de encandilarlos con Chéjov y “El Tío Vania”. Me imaginaba que habían oído eso que dijo Peter Brook de que un actor no puede considerarse tal hasta no haber pasado por los clásicos griegos, por Shakespeare y por Chéjov y pensé que no escurrirían el bulto. Todos, sin excepción, picaron en el anzuelo. Era un anzuelo muy poderoso, un auténtico valor seguro del teatro de todos los tiempos.

Podría decir que Tio Vania soy yo, como Flaubert dijo que él era Madame Bovary, pero prefiero decir que Tío Vania somos todos. Es más cierto y menos personal. En sus personajes se pueden encontrar las desazones y las inquietudes que a todos  nos llegan en algún momento de nuestra vida. A mi me pasa con esta obra, y ahora si que personalizo, lo que con ninguna otra. Siempre que la veo o la leo –y ya han sido unas cuantas veces- siento una empatía especial con todos los que la dan vida. No dejo de tener el convencimiento de que soy yo y no ellos -o yo con ellos, al tiempo- el que vivo sus vidas y paso por sus avatares. Soy yo el que se mata a trabajar como Vestrov y hago como él un canto a los bosques y a la naturaleza, soy yo el que me vuelvo perezoso y me paso el día gruñendo como el tío Vania. O me veo condenado a vivir en un panteón y a aguantar a gentes estúpidas y fastidiosas como le ocurría al viejo profesor jubilado.

Pero lo que realmente me deja siempre tocado es el final del último acto, cuando se van marchando todos y se quedan de nuevo solos, en medio de la nada, el pobre tío Vania y Sonia, su desgraciada sobrina “¿Y ahora qué hacemos?” se preguntan mientras se oye el ruido de los carruajes que se alejan: “trabajar, trabajar…” se responden. “La vida sigue” dice Sonia, “saldremos adelante tío Vania… Nos quedan muchos días y muchas tardes y vamos a tener que llevar las cosas con paciencia. Seguiremos trabajando para los demás, como siempre, y cuando nos llegue la hora, moriremos resignados. Y entonces, mi querido tío, veremos una vida luminosa. Entonces nos sentiremos contentos, miraremos nuestras desdichas de hoy con una sonrisa emocionada y descansaremos. ¡Descansaremos!”

Os recomiendo pinchéis aquí para ver el video de la conferencia que pronunció Josep María Pou en la Fundación Príncipe de Girona en la que habla con emoción de este final de Tío Vania.

Hace unos días tuvimos el primer ensayo y aún con los titubeos de la primera lectura, tenía yo la sensación de reencontrarme de golpe con toda la fuerza y la autenticidad del teatro de Chéjov. Tío Vania era yo, eran ellos, éramos todos. Volví a sentir que no hay nada como el teatro para dar y crear vida de la nada. Ahora tenemos un propósito, un objetivo, un texto, una representación por delante. Tendremos que trabajar. Tendremos que ser otros siendo nosotros. Llegará el día del estreno en el Matadero. Y estaréis todos invitados. No dejéis de leer antes la obra. No dejéis de ir al teatro. Os esperamos. Os necesitamos.