Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

Well I Been Workin’ In A Coal Mine
Goin’ Down Down

……
When My Work Day Is Over
I’m Too Tired For Havin’ Fun

……
Working in the coal mine

Lee Dorsey

 

Terminaron las vacaciones. Se acabó la fiesta. No hablo de mi, ya más que jubilado, simpático septuagenario, que estoy de vacaciones permanentes si se quiere ver así. Hablo de esa gente “en activo” que está a mi alrededor y que cuando empieza a agostarse agosto no deja de refunfuñar con eso de la vuelta al trabajo. Se quejan de vicio, pienso yo, y además no creo que digan toda la verdad. Quizás yo sea un tipo raro, uno de esos a los que no les afecta demasiado el tránsito entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio. Era, y sigo siendo, o eso creo yo, un combatiente acérrimo de esa peligrosa oposición.

Las vacaciones son, por supuesto, una necesidad vital para recuperar el equilibrio mental, para “desconectar” como se dice tanto ahora: cambiar de aires, cambiar de horarios, ser dueño del tiempo de uno y de sus relaciones personales. Es así y bien está. Pero también son un peligro, un “poderoso y sutil veneno”, parafraseando el título de una de mis lecturas veraniegas, si se pone en ellas sueños y deseos imposibles. Hay, por eso, gente que se deprime y otros que llegan a aburrirse hasta tal punto que, aunque no lo digan, espera con cierta ansiedad la vuelta al trabajo para recuperarse de tanto “no hacer nada”.

“El hombre no ha sido hecho para el reposo”: esto no lo digo yo, lo dice un filósofo. Esta frase es de Voltaire, que ha sido, junto a Julio Camba, el del sutil veneno del que antes hablaba, y Bulgakov, el genial creador de “El Maestro y Margarita”, una de mis felices y feraces lecturas agosteñas.. Me hice con mi “Candide” por dos euros y pico en San Juan de Luz. Hay que ver lo que puede dar de sí, el gozo que te puede proporcionar, los horizontes que te puede abrir un librito que vale menos que una caña de cerveza. A mi esta lectura volteriana me ha servido para reafirmarme en mi ya antigua convicción sobre la importancia vital del trabajo en la vida del hombre.

Me quedé sorprendido al leer el final. No esperaba que, después de tanto debate metafísico y moral, llegara Voltaire a una conclusión tan sencilla: “trabajar sin razonar es el único modo de hacer la vida soportable”. ¡!Trabajar sin razonar!! He leído muchas cosas sobre el trabajo, pero algo así, tan crudo, tan directo, tan tremendo, creo que no lo había visto nunca.

No sé si soy volteriano o no, lo que si sé es que soy un devoto admirador de Chejov, un chejoviano, si se puede decir así. Hace ya un montón  de años tenía en mi cabeza una idea: preparar un gran discurso sobre el trabajo en el teatro de Chejov. Lo concluiría con el final del último acto de Tío Vania, cuando se van marchando todos y se quedan solos, en medio de la nada, el pobre tío Vania y Sonia, su desgraciada sobrina: “¿Y ahora qué hacemos?”, se preguntan mientras se oye el ruido de los carruajes que se alejan: “trabajar, trabajar, trabajar”, se responden. Como única salida, como único agarradero, como una forma de sobrevivir. Ese era el “trabajo sin razonar” de Voltaire, visto brillantemente por el genio teatral de Chejov.

¿Qué pasa con las vacaciones? Pues, para empezar, que sin trabajo no hay vacaciones: los que hacemos mil cosas, pero ya no trabajamos realmente, disfrutamos de unas vacaciones “simuladas”. Las auténticas, son para los currantes de verdad, los que bajan a la mina cada día para sacar materia productiva, la que sea. Lo de la mina es una metáfora, no lo toméis al pie de la letra, pero no dejeis de oir la canción de Lee Dorsey que va al comienzo.

Esas vacaciones, las auténticas, en ocasiones, se cogen con tanta ansiedad como al final acaban saturando. Porque ess muy posible incluso que algunos de los que más protesten por tener que volver a la rutina del trabajo diario sean los que, el fondo, estén deseando esa vuelta a la normalidad. En esto, creo yo, todos participamos de una especie de representación, de puro teatro: conviene exagerar un poco lo mucho que hemos disfrutado en las vacaciones y hacernos los remolones en la reincorporación al trabajo. Nos dejamos llevar por el lugar común, por lo que se espera de nosotros más que por lo que realmente sentimos o pensamos.

¿Por qué no admitir que llega un momento en que nos aburrimos de las vacaciones, en que no sabemos que hacer con tanto tiempo libre, en que necesitamos como el comer volver a la “vida real”, a la “vida activa”?. Echamos de menos esa actividad que nos inquieta, que nos estimula, que nos agita. Necesitamos sentirnos vivos después de tanta laxitud, de tanta fiesta, de tanta familia, de tanto aperitivo, de tanta cervecita. Claro, no todo el mundo vive y hace el mismo tipo de vacaciones, ni vive ni hace el mismo tipo de trabajos. Cuento con ello. Pero el aburrimiento, no me cabe duda alguna, es la peor de las enfermedades que nos pueden aquejar. Así que es hora de volver al trabajo: a trabajar, a trabajar… El veraneo se ha acabado y solo el trabajo puede «alejar de nosotros tres males terribles: el aburrimiento, el vicio y la necesidad». Voltaire dixit.