Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

 

«Amistades que son ciertas nadie las puede turbar»

Cervantes

 

 

 

Lo vi aparecer en la tele con aire cansado, más bien agotado, para anunciar su retirada. Lo hizo con dignidad, sin grandilocuencia, con toda naturalidad. Traté de ponerme en su piel con esa empatía que ahora tanto se nos pide. Pensé en el hombre Rubalcaba, al que conocí cuando inició su carrera en el Ministerio de Educación y con el que he tenido múltiples relaciones profesionales (nunca políticas en el sentido estricto del término), en las que en ningún caso me ha defraudado: siempre se ha portado como un señor, ha hecho honor a la palabra dada, no se ha dejado llevar por el sectarismo ni el partidismo y se ha mostrado conmigo franco y sincero.Algunos de mis colegas se referían a él como “mi amigo Rubalcaba”, porque no dejaba de defenderlo y decir lo mismo que ahora estoy escribiendo. Ellos, mis “amigos”, me lo decían con ironía, y su pizca de retranca, y es que hay gente que no concibe que se pueda valorar positivamente a quienes se sitúan en el bando contrario. O eres de “su cuerda”, en cuyo caso todo lo que hagas o digas estará justificado, o empiezan a sospechar de ti. Eso es algo que nunca he entendido y que he tratado de no practicar. Es malo para la democracia, es malo para tu propia salud mental, es deshonesto.

Me llegaban, como a casi todo el mundo, noticias de “buena mano” sobre operaciones extrañas, agitaciones maliciosas y maquiavélicas, pero lo que yo veía en mi trato directo con Rubalcaba era a un político inteligente, honesto y responsable, que decía lo que pensaba y actuaba con sentido de Estado. Ahora que se va, parece que todos empiezan a reconocerlo: los políticos se atreven a confesar que se le va a echar de menos y los empresarios le aplauden calurosamente. Me alegro, todos esos elogios son merecidos,  pero prefiero no recordar las cosas que he tenido que oír y aguantar por ser “amigo de Rubalcaba” y decir que era un buen tipo.

No lo decía a humo de pajas, por intuición o por afinidades personales; lo decía porque había podido comprobar su seriedad y su rigor con ocasión de la aprobación de dos leyes importantes en las que él había asumido un especial protagonismo aún cuando los asuntos que se dirimían no se situaban precisamente en la orbita tradicional de la izquierda.

No recuerdo que cargo tenía en Educación cuando en 1983 se aprobó la ley de Reforma Universitaria, pero fue desde luego él quien consiguió sacar adelante un proyecto que abría la universidad española a los nuevos requerimientos de la industria y de la empresa, conceptos no muy cercanos entonces a las ideas socialistas tradicionales pero que Rubalcaba entendía a la perfección. Para la Fundación Universidad Empresa que yo dirigía en aquellos momentos fue el “homo missus a Deo” para impulsar las reformas que no fueron posibles con UCD, a pesar de los esfuerzos de Iñigo Cavero, y que tampoco se hubieran logrado probablemente con el gobierno socialista si Rubalcaba no hubiera estado allí, en no sé que puesto.

Años después me volví a encontrar con él cuando ocupé la presidencia del Centro de Fundaciones y “mi amigo Rubalcaba”, que había sido nombrado Ministro de la Presidencia en el gobierno de Felipe González, tomó la iniciativa con el apoyo de CIU de presentar una proposición de ley para la regulación del derecho de fundaciones. Era una oportunidad que las fundaciones españolas no podían desaprovechar y desde mi cargo en el Centro inicié el diálogo con el gobierno, es decir con Rubalcaba, para discutir el proyecto y si era posible mejorarlo.

Todo fue fácil y fructífero; había confianza y Miguel Roca como representante de CIU también puso su granito de arena. Pero desde el Partido Popular, entonces en la oposición, no se veía bien que fueran los socialistas los que regularan el mundo fundacional español y me vi obligado a explicar que las fundaciones no eran de derechas ni de izquierdas. Una vez más lo de los “nuestros” y los “otros”. No sé cuando acabaremos con estas fijaciones ya anacrónicas que no benefician ni a la solidez de la democracia ni al buen funcionamiento del sistema social.

No he visto nunca a Rubalcaba en ese juego del sectarismo y de la exclusión. Los asuntos que yo me traía entre manos no entraban, me parece, a mí en el “decálogo” del partido socialista pero él los recibía sin prejuicios ni reservas. Con Rubalcaba se podía y se debía discrepar pero en él se podía confiar. Esta democracia nuestra debería de tener muchos más “rubalcabas” de izquierdas o derechas.