Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

«Es tirano fuero injusto, dar a la razón de Estado, jurisdicción sobre el gusto»

Gracián

 

Conocí a Norman Foster con motivo de la entrega del Premio Internacional Puente de Alcántara a la Torre de Collserola que el arquitecto británico había construido en Barcelona en los fastos del 92. Para recibir personalmente el Premio, Foster llegó directamente de Londres al aeropuerto de Badajoz, pilotando su propio avión. Desde allí, viajamos juntos en coche hasta Alcántara. Tuve la impresión de que el salto, en poco más de una hora, entre el bullicio de la City y la soledad de las llanuras que recorríamos hasta llegar a Alcántara le había dejado anonadado. Pero cuando realmente comprobé que no salía de su asombro fue cuando entramos al convento de San Benito y llegamos al claustro: “That is unbelievable”, exclamó. En el puente romano nos pasamos más de una hora y me quedé con la sensación de que nunca lo olvidará. Entre otras razones, y esto entra ya en el plano sentimental –que cuenta, y mucho-, porque gracias a él, al Puente Romano y al Premio que se le concedió, Norman Foster conoció a la que, desde pocos meses después de aquella visita, es su mujer. La emoción artística se cruzó inesperadamente con la fibra sentimental. El azar produce circunstancias que pueden parecernos “increíbles”.

Ese fue el comienzo de mi contacto con Foster y de Foster con Madrid. La cosa fue bien, muy bien, y parecía lógico que tuviera continuación. A Foster le dejó “huella” aquel viaje, quedó atrapado, podríamos decir con un deje humor y de ironía. La historia siguió cuando organizamos en Madrid la primera exposición de su obra en nuestra ciudad y en una cena en la Cámara de Comercio le presenté al alcalde Álvarez del Manzano. En aquella cena dio comienzo, no me cabe duda alguna, el idilio entre Madrid y Foster que la relación con Elena Ochoa contribuiría a consolidar.

Así suceden las cosas. Foster quedó deslumbrado: las circunstancias lo favorecieron y yo modestamente, me hice “fosteriano”. Aquello tampoco tenía mucho mérito: él ya era considerado entonces un gran maestro de la arquitectura moderna. Pero alguna medalla nos podíamos colgar: el acercamiento de Foster podría tener sus réditos para Madrid, para España.

Ahora, en estos días, me entero de que una Comisión urbanística, en la que el 80 % de los miembros son “políticos” y el representante del Colegio de Arquitectos tiene voz pero no voto, puede dejar a Madrid sin la Fundación que Foster tiene proyectado constituir en nuestra ciudad y ello personalmente me sienta como un tiro. Después de lo que llevo dicho espero que se me entienda.

Prefiero no hablar de los garabatos que, según se dice, se permitió hacer Norberto Rodríguez, un arquitecto del que no se conoce ningún edificio relevante, sobre los planos de Foster. Suena feo pero no es nada, me parece a mí, comparado con el hecho de que una Comisión que decide sobre arquitectura esté plagada de directores generales nombrados a dedo y alejados muchos de ellos del mundo de Vitruvio.

Bueno, el caso es que según se nos dice Foster se podría llevar a Nueva York, o a donde quiera que sea, un centro que sería de tanta importancia cultural y social para Madrid. Habrá quien piense, si finalmente fuese así, que la culpa sería de la soberbia de Foster. Pero eso solo lo puede pensar, con muy mala intención, gente que no le conoce. Porque Foster es una persona tímida, prudente y perfeccionista, es justo lo contrario de una persona soberbia y engreída. Además, si actuase de esa forma en el pecado acabaría llevando la penitencia: porque no olvidemos que lo que quiere construir Foster es su propia Fundación, un ejemplo de su visión de la arquitectura y de su obra. ¿No deberíamos de dejarle un margen de libertad para hacerlo?

De siempre he “sabido” que las oportunidades hay que aprovecharlas al vuelo, que el riesgo puede ser mayor si te quedas quieto, varado en la mediocridad y en la ignorancia, que el genio puede ser caprichoso, arbitrario si se quiere, que puede desbarrar, pero es también una ocasión para arrancarnos las costuras que nos aprietan. Siempre he sabido que las “ordenanzas” son necesarias, sí, una referencia para no perdernos, y también que hay que saltárselas cuando es evidente. Los maestros ponen reglas que los discípulos más aventajados acaban rompiendo. El caso es que ahora no estamos hablando de un joven genio sino de un maestro reconocido mundialmente. Eso es lo verdaderamente asombroso de este asunto…

Porque la creación de la Fundación Foster en el palacio de la calle de Montesquinza sería, según me parece a mí –más allá mis filias personales-, la culminación de esa buena sintonía entre el arquitecto británico y nuestra ciudad. Y sería un verdadero dislate que los garabatos de Norberto, la rigidez de las ordenanzas, o la caprichosa decisión de una comisión ignara, acabasen echando por tierra el proyecto de Fundación Foster en Madrid.