Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

«Los emprendedores sociales no se contentan  con dar un pez, o enseñar a pescar. No descansarán hasta que hayan revolucionado la industria pesquera»

Bill Drayton

La semana pasada hemos tenido en casa a Pranjal Baruah, un joven emprendedor indio que nos ha llegado de la mano de Ashoka. Seguro que a muchos les sonará el nombre de esta organización internacional -su fundador Bill Drayton recibió en 2011 el Premio Príncipe de Asturias- que lleva años promoviendo la responsabilidad ciudadana en el ámbito empresarial y que, además de predicar, da trigo, al apoyar económicamente el trabajo y los proyectos de 3.000 emprendedores sociales en 84 países del mundo. Pranjal, mi invitado de estos días en Madrid, fue beneficiario de una de esas ayudas. Ha venido a España para dar a conocer su proyecto, pero, sobre todo, para “vender” sus resultados.

De Ashoka y de emprendedores sociales oigo hablar con frecuencia en mi familia en los últimos tiempos. Tener uno de esos emprendedores tan al alcance de la mano era una oportunidad que no podía desaprovechar. He hablado mucho con Pranjal y creo que, a pesar de que mi inglés anda ya algo oxidado –el suyo es perfecto, lo habla mejor, me dijo, que el hindí, que es otro de los dos idiomas oficiales del país- nos hemos entendido bastante bien, hasta tal punto que por primera vez creo que me he enterado de este asunto del emprendimiento social, no tan fácil de entender para la gente de mi generación.

En los tiempos en los que yo andaba metido en los asuntos del trabajo lo teníamos, o creíamos tenerlo, muy claro: “o emprendedores o sociales”. Ahora ya no es así, ahora se está abriendo paso una nueva figura de empresario, emprendedor hay que decir y no sé bien la razón, qué siendo tan dinámico, tan creativo y tan innovador como el que más, no busca fundamentalmente el beneficio económico sino, digámoslo así, el beneficio social. Hay que reconocer la valentía y probablemente la visión de futuro de estas ideas que ponen en cuestión conceptos y esquemas muy enraizados en nuestra mentalidad (la mía, la de las gentes de mi quinta). Pero el mundo cambia y nosotros con él. Hay que mantener los ojos bien abiertos para reconocer otras realidades, otras posibilidades.

En esta ocasión, no tenía que salir de casa para hacerlo. A mi lado tenía a Pranjal dispuesto a soportar el cariñoso tercer grado al que le sometí. Vive y trabaja en el estado de Assam, situado no muy lejos del Himalaya, en el nordeste de la India. Me habla con entusiasmo de la rica biodiversidad de su región: especies en extinción como el rinoceronte indio o el elefante asiático, grandes bosques tropicales de importancia capital para el equilibrio ecológico del mundo. En este escenario de gran belleza, pero también de gran fragilidad, desarrollan su actividad en condiciones cada vez más precarias 120 millones de campesinos impelidos a dejar sus formas de cultivo tradicionales y a abandonar sus hogares. Pensé que esa cifra era un error; pero no, no lo era. Las cifras en la India siempre nos descolocan: mil doscientos cuarenta millones de habitantes, 30 idiomas, 2000 dialectos, 4 religiones importantes. Me dio un dato aún más alarmante: en 2012, cerca de 9 millones de campesinos habían abandonado la agricultura en su país al quedar fuera de la dinámica del mercado.

El trabajo de Pranjal se centra en su región. Comenzó muy joven en la industria de la madera y al oír caer los arboles uno a uno pensó que las cosas no podían seguir así. El problema era al mismo tiempo medioambiental y de supervivencia. La idea del cultivo de las setas como una fuente adicional de nutrición y de renta le vino al comienzo de los ochenta y se puso inmediatamnete en marcha. Organiza a los granjeros en el nuevo cultivo y les orienta para “colarse” en el mercado. Hay que producir y vender como lo haría cualquier empresa. Cada mañana comienza todo hasta que los cimientos del edificio se van consolidando.Trabajan en una situación precaria y complicada, con pequeños productores en un terreno hostil, a menudo controlado por mercenarios y contrabandistas. Consigue crear su propia marca de champiñones y la empresa Protein Food. Ha venido a Alimentaria en Barcelona y luego ha estado en Madrid en busca de mercados para sus setas. “Soy yo y mis cinco mil granjeros”, me dice. Tengo la impresión de que he conocido a un auténtico empresario social. Pranjal no ha creado un negocio, ha creado una comunidad de vida, una empresa social.