Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

«El destino nos concede nuestros deseos, pero sólo para poder darnos algo que está por encima de ellos».

Goethe en “Las afinidades electivas”

 

 La semana pasada estuve en la comida que celebra periódicamente la gente del humorismo gráfico, dibujantes e ilustradores de prensa,  en el Asador Donostiarra de Madrid. La cosa viene de lejos, me parece que  de los tiempos de “la Codorniz”, y se ha ido adaptando a las mudanzas del tiempo: algunos de los más asiduos como Tip y Coll, mi inolvidable Chumy Chúmez o Mena, han desaparecido y otros del mundo del periodismo y de la publicidad se han ido incorporando. Ese día estaban algunos buenos amigos como Jorge Arranz ; Alfredo, el gran dibujante del que luego hablaré; Pepe Cruz Novillo, creador de todos los logotipos que uno se pueda imaginar incluidos los billetes del Banco de España;  Gallego de Gallego & Rey de El Mundo y otros muchos a quien conocía menos pero con los que enseguida sintonicé. Me resistí un poco cuando Arranz (mirad por favor el último video que me ha enviado) me animó a asistir, pero enseguida me encontré en mi salsa  y me alegré de estar allí. La verdad es que siempre me siento bien con este tipo de personas libres y desinhibidas, que observan la realidad con otra mirada y que son capaces de crear un mundo propio y diferente.

elación con el mundo del arte y meto en ese saco

i, Alberto Coraztradicionales de Madrid 

Pensé lo mucho que me ha ayudado gente así en el desempeño de mi vida profesional. Ahora que miro las cosas con más perspectiva me doy cuenta de hasta que punto he “dependido” de personas “fuera de lo común”  para idear y sacar adelante lo más valioso de mis actividades en la empresa y en las fundaciones. Personas capaces de ver lo que la mayoría de nosotros no vemos; capaces de encendernos cuando tenemos la luces apagadas, de avisarnos de nuestras vergüenzas y de ayudarnos a salir de nuestras rutinas. Te juntas con ellos y aprendes sin parar.

Sintonizar con este tipo de gente, puede ser fácil o no serlo tanto. Depende de cómo se plantee la relación, de que exista una voluntad real de mirar con ellos el mundo, de  inventar con ellos, de darles rienda suelta para que nos ayuden a encontrar lo que buscamos, de hacer aflorar  esas necesarias “afinidades creativas” para que la conexión se produzca. Porque si tales “afinidades” no existen, todo puede quedar   reducido a una pantomima, a un adorno sin sentido, o, peor aún, a un peligroso equívoco. O sea, algo muy diferente de lo que yo estoy queriendo decir aquí.

Me da la impresión de que, ahora que se nos llena tanto la boca hablando de innovación seguimos sin valorar en su justa medida la opinión y las ideas de los que se mueven al margen de los cauces habituales. No todo el mundo es capaz de salirse del carril y de explorar senderos poco o nada transitados. No los vemos, nos dan cierto temor, no nos atrevemos: y eso, el atreverse, es precisamente  innovación. No sé si puedo  presumir de creatividad, pero si desde luego de  atrevimiento. Quizás es por esto por lo que me sentí siempre cómodo con mis amigos artistas y literatos:  hablábamos  el mismo idioma y no sólo no nos asustaba  salirnos de los tópicos, sino que era eso  justamente lo que más nos gustaba, lo que más  vida nos daba.  Una primera sintonía intuitiva facilita mucho las cosas para que se produzca la afinidad creativa que buscamos..

Pude hacer eso, aprovecharme virtuosamente de ellos, de esa gente con genio e ingenio,  porque “mis altos jefes” siempre supieron entenderlo, o al menos me dejaron hacer. Iñigo Oriol sabía bien que Luciano  Egido (quien por cierto acaba de publicar una novela a sus ochenta y tantos años) gran colaborador mío en Hidroeléctrica y luego en Universidad Empresa, había colaborado con el Partido Comunista, pero eso no parecía preocuparle, y de otros, que no eran sin duda santo de su devoción, se limitaba a decir “cosas de Antonio”. Adrián Piera no solo consentía sino que estimulaba esa relación con el mundo del arte y la creación.

Voy a terminar hablando de Alfredo, colaborador durante años de El País y El Mundo, de quien me hice amigo de verdad cuando «publicamos» el libro de establecimientos tradicionales de Madrid. Me lo llevé a la Sierra de Guadarrama y todavía quedan en la libreria Fuenfria de Cercedilla, hoy regentada por el escritor Rafael Reig carteles y postales con sus preciosos dibujos. Volver a verle ese día me produjo una enorme alegría: tan grande, tan bonachón, tan genial. Me regaló un libro  de Ramón Gómez de la Serna con ilustraciones suyas y le dije “¡qué bien Alfredo se ve que sigues en la brecha!”. Fue un error decir aquello: “no me llama ya nadie para nada”, me contestó. Terció Arranz para decir que a su juicio estaba dibujando mejor que nunca; “sí, a lo mejor tienes razón, pero tengo más de ochenta años”, replicó. No hay derecho, pero parece que es cierto: ya no le llaman porque  se le considera mayor, pasado, fuera de juego.

 Creo que se equivocan con él como con mucha otra gente en una situación parecida a la suya. Protesto por esta discriminación venenosa y absurda.  Las afinidades creativas no casan bien con ningún tipo de fronteras, y menos aún con las “generacionales”. Hay que saltar de los carriles estúpidos que nos encorsetan.  Sé que no pasa siempre, que en esto no hay reglas, solo experiencia, pero, en ocasiones, la “mayoría de edad” nos da una libertad que otros, más jóvenes, no pueden, o no son capaces de tener.