Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.

Joaquin Sabina

Son muchos los madrileños que, sobre todo en Navidad, hacen cola para ver si Doña Manolita les saca de apuros. Los veo, cuando paso  por Sol, pacientes e ilusionados, esperando que les llegue su turno: el de Doña Manolita y el de la fortuna. Mi gran amigo Chumy Chumez me regaló un día una viñeta suya en la que uno de los personajes, típicamente chumiciano, le decía al otro que le miraba fijamente y le  escuchaba con evidente atención: “a mi no me parece mal que haya ricos y pobres, pero que se vayan turnando”. Chumy no era nada revolucionario, -a ver si algún día me decido a contar la  historia que yo conocí de este donostiarra inteligente y solitario- así que es probable que “confiara” irónicamente en Doña Manolita para darle la vuelta a la tortilla. Al menos, por un tiempo.

Unos fiaban su suerte a una o varias papeletas, otros querían creer que esta vez sí sería la ocasión que tanto esperaban, y otros simplemente seguían el mismo ritual de todos los años. Bien está, me decía yo, que los ciudadanos confíen en la suerte improbable comprando décimos en Sol pero que lo hagan sus dirigentes es para echarse a temblar. Denota falta de ideas, falta de confianza, falta de capacidad. Una ciudad como Madrid no puede cifrar su futuro en los números de un Casino, ni dejarlo al albur de una elección improbable. Madrid, como todas las grandes ciudades, necesita sueños, sí, pero no ensoñaciones, no engaños… Madrid tiene materia prima como para no fiar toda su suerte a un sorteo.  Y eso es lo que traté de decir en mi artículo:

RECUPERAR LA ALEGRÍA DE MADRID

Según un buen amigo de Bilbao, culto y perspicaz, lo que le pasa en estos momentos a Madrid es que le falta alegría. Venir a «madrileñar», me dice, era antes una gozada. La ciudad siempre asombraba por su desparpajo, su «naturalidad» y por la impresión que uno podía tener de que era una ciudad, sin complejos ni pretensiones, segura de sí misma. No había impostura ni afectación, solo la moderna diversidad de una gran urbe. Nada menos. Ahora, se atrevió a confesarme, la veía, nos veía, desorientados y un poco alelados después del fracaso de la malhadada Eurovegas y del sueño olímpico.

Me pongo de mal humor simplemente con recordar esos proyectos «estrella» que nunca debieron de serlo. ¿Pero qué falta le hace a Madrid esa especie de lotería de Doña Manolita para recuperar su vitalidad y su alegría? Me rebelo ante la falta de imaginación, de empuje y de ambición de nuestros dirigentes.

Lo saben bien mi mujer y mis amigos más cercanos: lo que más me hubiera gustado del mundo es ser alcalde de Madrid, mejor todavía cuando no había presidente de la Comunidad —y esto que voy a decir lo pongo entre paréntesis para no llamar demasiado la atención: ¿Para qué necesitamos dos cargos que, además, no se llevan siempre bien?—; pero ya se me ha pasado el arroz.

Por eso puedo decir —sin que se me interprete mal y también sin chulerías ni alardes nacionalistas, pues Madrid nunca ha sabido nada de esas cosas— que la sociedad civil madrileña tiene en estos momentos esa vitalidad y esa energía que echa en falta mi amigo de Bilbao.

Lo que Madrid necesita no son sueños ni loterías. Sólo hace falta abrir la puerta para que fluya naturalmente lo que nuestra ciudad tiene dentro de sí. Sólo con eso, pienso yo, se recuperaría la alegría de Madrid.