Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

Que junts em caminat,
en la joia junts, en la pena junts,
i has omplert tan sovint la buidor dels meus mots
i en la nostra partida sempre m’has donat un bon joc.
Per tot això i coses que t’amago
em caldria agraïr-te tant temps que fa que t’estimo.

Lluis Llach

Me cuentan que en los medios de comunicación catalanes se repite con frecuencia  que  los españoles no queremos a los catalanes, “Espanya nons estima”, se dice y ahí queda eso.  Sí, ahí queda eso, pero creo, con todos los respetos, que eso no es verdad. Me esfuerzo en comprender  las razones históricas y sobre todo políticas  de estas salidas de tono, pero me rebelo contra ellas. ¿Cómo se puede decir, así como así, que España no quiere a los catalanes?.

Por lo pronto, diré que yo si les “estimo” y sé que hay mucha gente que piensa como yo. Quizás otros no, pero son los menos. Bien, seamos los que seamos, merecemos respeto. No se puede jugar impunemente con los sentimientos de los demás, manipularlos en beneficio propio. Me temo, sin embargo, que algo así está ocurriendo en el difícil y complejo debate que está teniendo lugar en nuestros días en Cataluña. Son muchos los problemas, sí, y graves, pero ese de la “estima” creo que no lo es. Lo veo más bien como un  recurso de conveniencia que utilizan políticos y periodistas. Y si alguien relacionase los sentimientos de los que estoy hablando aquí con el bolsillo sería un miserable. Lo siento.

Me temo que la política (la turbia, la pequeña, la mezquina) del nacionalismo exacerbado, sea de la naturaleza que sea, está distorsionando nuestra percepción de la realidad más de la cuenta. Relataré una experiencia que viví hace algunos años. Fue con motivo de la entrega del Premio Puente de Alcántara a la restauración del  Pon Trencat. Para explicar las afinidades y los lazos que estaban aflorando entre todos los presentes, se me ocurrió decir que estábamos  tendiendo un puente entre el Tajo extremeño y el Tordera catalán. El aplauso que se produjo  fue impresionante. Nos pilló a todos desprevenidos y en ese todos incluyo a los representantes de los partidos políticos catalanes. No creo ser un ingenuo, bueno a lo mejor sí, pero pensé que ese imprevisto aplauso, respondía a  una corriente de fondo, a unas afinidades y a unos vínculos enraizados en la historia y totalmente vigentes al margen de las escaramuzas políticas. Era un reflejo no condicionado: no había necesidad de disimular o disfrazar nada.

Aquello me dio y me sigue dando que pensar. Estamos siempre tensando la cuerda, tensándola más de la cuenta y esperando, irresponsablemente, a ver qué pasa después. Por uno y por otro lado. Como si realmente hubiera dos orillas, cuando  no las hay, aunque algunos intenten que las haya. Pero conmigo que no cuenten. Lo catalán es para mi algo propio; algo que forma parte de mi personalidad como español y no tengo por qué renunciar a ello.

Y por si pudiera servir de algo -estoy dispuesto a hacer cualquier cosa que sume y no reste- haré como Defoe en su tiempo, una humilde propuesta: construir unas cuantas cadenas humanas de solidaridad y admiración hacia Cataluña. Desde Cádiz. Desde Finisterre. Desde el Puente de Alcántara…  Así, la televisión catalana podría comprobar ese sentimiento de cariño hacia lo catalán que tanto parece echar de menos (¿de verdad lo echa de menos o simplemente  está jugando con las cartas marcadas?). Con las cosas del querer no se juega. Nos podemos llevar muchas sorpresas.