Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

LA HERIDA VASCA

Ahí lo tenéis: Kalera. Su significado en el País Vasco es más que obvio: presos a la calle. Está pintado en grandes letras blancas que resaltan sobre el verdín en una roca al final de la playa de Deba. En el lado derecho se puede ver, si os fijáis bien, una flor. Es un mensaje de paz y concordia. Lo veía todas la mañanas en mis largos paseos por la playa: me daba que pensar, me sigue dando que pensar… Porque allí mismo, exactamente en esa roca, se podían ver no hace mucho hachas y serpientes, consignas de lucha armada y promesas de socialismo e independencia. Ninguna se ha hecho realidad. Kalera, la petición de que los presos vuelvan a sus casas es todo lo que ha quedado. Eso sí, algún día, pronto, llegará. No dejo de decirme, como muchos se dirán, supongo, ¡Tantos muertos, tanto sufrimiento, tantas extorsiones, tanto mal para esto! Todo para nada…

Nadie suele hablar ya de esas cosas por allá. La paz ha vuelto y se prefiere el silencio. “Son otros tiempos”, como me dijo hace dos o tres años mi amigo Kepa en la fonda de las Campas de Urbía. Lo mejor es pasar página. Quizás sea cierto, quizás sea eso lo mejor, pero en estos días de camaradería veraniega me tomo la libertad de hablar de “todo” con mis amigos de Deba, ¿Por qué no, si se prestan a ello?. Mejor hacerlo antes de que la memoria nos traicione y nos confunda.

Algo me ha llamado la atención en esas conversaciones: ante ese “todo para nada” que a mi me sale tajante, algunos de mis interlocutores se quedan pensativos: “¿para nada?”. No me lo esperaba. Esa duda por mínima e instantánea que sea, me produce desazón; no sé que pensar. Un amigo, no precisamente nacionalista, me recuerda la frase que se atribuye a Arzallus: “unos tienen que agitar los árboles para que otros recojan los frutos”. Me duele oír algo así, me parece tremendo.

Doy muchas vueltas a estas cosas en mis largos paseos por la playa del Kalera. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad del conjunto de la sociedad en la tragedia vasca?. ¿No se ha mirado demasiado para otro lado?. Pienso, y compruebo que no soy el único que lo piensa, que ese “por algo será” que ha circulado “sotto voce” en determinados ambientes en relación con los crímenes de ETA ha producido un terrible daño moral. El profesor Laporta eleva el tono y habla de catástrofe moral en un artículo en El País que recomiendo a mis lectores. Fueron tiempos malos; conviene no olvidarlo.

El obispo Setien, testigo excepcional de la herida vasca, ha muerto recientemente. Era un hombre inteligente y afable; mis relaciones con él fueron siempre cordiales y amistosas. En los tiempos duros de ETA le invité a dar una conferencia en el Club Siglo XXI y aceptó sin dudarlo. Era tímido y retraído pero valiente. Había que serlo para pastorear la diócesis de San Sebastián en aquellos tiempos del plomo. Compartí su valentía al comprometerme a hacer su presentación: sentados en la primera fila, Emilio Romero, director de Pueblo, y el general Sáenz de Santamaría Director General de la Guardia Civil me atravesaban con sus miradas. Aguanté el tipo. La conferencia, como era de esperar, levantó ampollas. Sus tesis del conflicto político y su obsesión por la equidistancia eran discutibles pero no voy a entrar en ese asunto; me supera. Lo que sí me parece evidente es que no contribuían a apagar el fuego cuando el País Vasco se estaba incendiando. Ahora, con motivo de su muerte, se ha recordado su figura de forma diferente. El párroco de Deba nos habló en su homilía de las virtudes pastorales de Setien y su apuesta por la paz: trabajó junto a él y su testimonio tiene un gran valor. Me ha recomendado la lectura del prólogo de Pedro Miguel Etxenike a un libro de Conversaciones con Setien que yo os recomiendo. Fuera del País Vasco, -lo subrayo porque “siempre” habrá una diferencia en la percepción de los hechos entre los de “aquí” y los de “allí”- los comentarios han sido en general más críticos. El de Rubén Amón me ha sorprendido por su virulencia. No nos engañemos, aun tardarán en cicatrizar las heridas, las individuales y las colectivas, la gran herida del País Vasco. Lo sé. La pintada que este verano veía todos los días me parecía una señal y todo un símbolo de los tiempos que corren. Todo llevará su tiempo, es verdad, pero no dejo de pensar que el silencio no es la mejor forma de que la gran herida vasca cicatrice.

 

Donde El Viento Canta

 

“Allí hay barrancos hondos

 

         de pinos verdes donde el viento canta”

         Antonio Machado

 

Ese día, muy azul el cielo serrano y bien acompañado por los fieles guadarramistas, cedía los trastos del Aurrulaque al experto montañero y eminente profesor Pedro Nicolás. Es un gran tipo Pedro: lo dejaba en buenas manos. Algún día tenía que ser, me dije, me digo… Todo se acaba en algún modo, acaba empezando cada mañana, así es que no era para tanto.

Hice una despedida serrana, una despedida alegre y natural. Entregué a mi sucesor un precioso bastón de los antiguos guardabosques; no era un bastón de mando, dije, solo de protección y respeto. Me marqué además una jotilla serrana: “allá va la despedida”. Lo habréis notado: canto muy mal pero con verdadera pasión.

 

Carlos de Hita, Pedro Nicolás, el bastón, yo; el director general y el alcalde de Cercedilla

 

Afortunadamente mi voz potente y desafinada quedó pronto en el olvido. Lo bueno estaba por llegar y llegó de la mano de Carlos de Hita. Es un genio este ilustre guadarramista de Valsain. Lo podemos leer en su nota biográfica: “Tiene un sentido más que el resto de la humanidad (…) su oído es capaz de eliminar el ruido, de enfocar el canto de las aves, de ver sus ondas sonoras, de entender los idiomas que viajan con el viento”. Por su libro “El sonido de la naturaleza” ha recibido un importante premio científico pero no se le ha subido a la cabeza. Con una ejemplar modestia franciscana subió hasta el Mirador de Luis Rosales para ofrecernos allí un concierto inolvidable. Lo tenéis que oír. Fue para mi un regalo de despedida que no hubiera podido soñar.

Ese día, perfecto y azul, necesitaba algo así, algo especial, algo distinto. No, no era un whisky, ni un dry martini, que ya os veo venir. Era otra cosa. Sabía que solo la naturaleza me lo podía dar. Bastaba con poner un poco de atención. Lo tenía delante. Solo había que escuchar…. Escuché y la tibia melancolía que estuvo a punto de asomar ese día de mi despedida se esfumó. Lo que empecé a oír era más grande, más sutil, más duradero, más natural.

Carlos de Hita nos muestra, nos descubre, nos enseña lo que no somos capaces de ver, de sentir por nosotros mismos. O sí lo somos pero no lo sabemos. Creo que es un buen regalo para estas vacaciones que empiezan. Ahí lo tenéis. Realmente no es mío, es de Carlos de Hita. Leed y escuchad esta especie de sinfonía de la naturaleza en tres tiempos, en tres secuencias sonoras que, según nos explicó el autor, “son pequeños relatos, el resumen de momentos más largos en plena naturaleza elaborados al sumar, paso a paso, las voces registradas a lo largo de ese periodo de tiempo. Un destilado, la síntesis de los recuerdos de lo oído en tres lugares del Guadarrama”.

Eso dijo Carlos y nos quedamos todos expectantes. No se oía ni una mosca. Era un silencio de esos que parecen sonoros, como escribió Pio Baroja. La grabación funcionó perfectamente, esto es lo que oímos, esto es lo que quiero que oigáis:

 

 

BOSQUE DÍA (Pinchad aquí y escuchad)

 

Un pájaro cantando no es un bosque.

Un zorzal común marca su territorio.

Le siguen, de uno en uno, un pinzón vulgar, un agateador común y un carbonero garrapinos, que introduce el ritmo.

Pero si sumamos todas estas voces, añadimos los graznidos de una corneja y el tamborileo de los picos picapinos y, como telón de fondo, el murmullo del valle, entonces sí tenemos un bosque: el pinar en la loma de Casarás, en Valsaín.

Un corzo ladra y corre ladera abajo

 

 

 

BOSQUE NOCHE  (Pinchad aquí y escuchad)

 

Igualmente, un grillo no es la noche.

Ni el arrullo de un sapo corredor o el croar de una ranita meridional forman una charca.

Pero cuando el cuco da la hora, la del crepúsculo, y se suman más y más grillos, más y más anfibios, estamos viendo una tolla, un tremedal.

Ulula un cárabo, el búho chico dice su nombre, de nuevo ladra un corzo.

Entre los tres dibujan con sus voces los contornos del pinar: el Charcón de Navalonguilla

 

 

 

PRADERÍAS  (Pinchad aquí y escuchad)

 

Un cencerro y unos resoplidos dibujan a una vaca.

Varios cencerros, un rebaño.

Los saltamontes y las alondras en el horizonte, una pradería alpina.

La voz del ganadero sugiere una cultura, y un trueno que rasga el fondo, a lo lejos, la montaña: el puerto de la Morcuera”

 

Nos quedamos con la boca abierta. Ahí estaban, los sonidos que no escuchamos, la vida que nos perdemos, todo eso que nos habla de lo que llevamos dentro sin saberlo. Después de un silencio mágico y breve, aplaudimos…

ENTRE ABUELOS

 

 

 

 

 

 

Los abuelos son simplemente niños pequeños antiguos

Samaniego

 

El paseante salió de casa esa mañana hecho un pincel. Tenía audiencia con el Rey Emérito. Era un día de chaqueta y corbata. Así es como iba a pesar del calor: soy de los que siguen pensando que para ir a ver al Rey hay que vestirse como mandan los cánones. Sudaba la gota gorda, pero iba feliz, con un leve punto de solemnidad, mientras me acercaba al Palacio Real. Caminaba y pensaba: recordaba como fueron las cosas antes, mucho antes, cuando estas calles tenían otro color, cuando el Rey era más joven, cuando ni siquiera era Rey. El pasado está con nosotros, aunque nos parezca que queda lejos.

Recordaba que muchos de los que hemos pasado ya de los setenta o de los ochenta, ¡Dios mío, qué viejos somos!, y habíamos vivido toda nuestra juventud, y aún más, bajo el régimen de Franco, saludamos con alborozo la llegada de la monarquía. De eso no se dan cuenta los jóvenes de hoy, pensaba el paseante con un deje de tristeza. Si alguien se hubiera fijado  habría descubierto un leve gesto de preocupación en su rostro… Era como uno de esos emoticonos que no le gustan nada, pero pronto desapareció. Prefirió recordar aquel ¡Viva el Rey! que le salió del alma cuando le vio por primera vez en el Aeropuerto de Barajas el día antes de su entronización. Fue una sopresa para los que andaban por allí y para él mismo. Puro deseo, pura intuición. Salió bien. La democacia real y consolidada en la que seguimos viviendo fue obra de muchos, sin duda, pero sobre todo del Rey. El pasado, el recuerdo del pasado iba conmigo. Era inevitable. Fueron tiempos difíciles, si señor, me decía. Era como si quisiera recordarme que el señor que me esperaba plácidamente, quizás un poco aburrido, quizás un poco olvidado, en su despacho de Palacio había estado con frecuencia en el ojo del huracán. Le debíamos mucho. No sé si me  decía a mi esas verdades o se las estaba gritando a los demás.  No lo sé. De lo que estaba seguro es que de esas cosas  no hablaríamos, ¿para qué?. Ya saldrían otras mas cercanas…Bueno, ya veríamos, el Rey es buen conversador…. Tranquilo Antonio.

Ese mismo día ingresaba en la cárcel de Ávila Iñaki Urdangarín. La noticia era tan esperada que fue recibida con toda naturalidad. Sí, es cierto, pero para la Casa Real no era un plato de gusto. No, yo no sacaría ese asunto ni por asomo…El Rey, como enseguida contaré, sí que lo sacó. Con toda naturalidad.

El paseo terminó. Me atusé un poco mis cuatro pelos, y entré en Palacio. Cuando finalmente llegué a su despacho y nos encontramos yo mantuve las formas y seguí el protocolo de los gestos conocidos y asumidos, pero el Rey enseguida cortó todo aquello. No tenía sentido. Ya no. Entramos en otra onda, en otra dimensión. No era ya una reunión del Rey con Antonio  como tantas otras veces. Era otra cosa. El paso del tiempo nos acerca, nos junta, nos va poniendo a todos en el sitio que nos corresponde. Nos despoja de ambición, nos quita liturgia y protocolos. Ni liturgia ni protocolos hubo en ningún momento en aquella conversación de abuelos, entre abuelos, de abuelo a abuelo que mantuvimos el Rey y yo en su despacho. Algunos apuntes nostálgicos con su pizca de melancolía para empezar  pero pronto, enseguida. a lo nuestro: el paso del tiempo; los achaques de la salud, las goteras decía el Rey; las limitaciones con las que nos encontramos y que no hay más remedio que superar: “sigo cazando sentado en una silla” me dijo mientras apuntaba a unas imaginarias perdices…y sobre todo los nietos. Fueron los nietos los que dieron vida y futuro a nuestra conversación y fueron ellos, sigo con la caza, los que levantaron la liebre del “caso Urdangarían”. Le preocupan los Urdangarían Borbón, claro que le preocupan. Como me preocuparían a mi. Tengo yo algunos de la mima edad que los hijos del exduque de Palma, y tercié con entusiasmo en la conversación. Y seguíamos: “las pequeñas infantas están preciosas y son listísimas”…”pues anda que mis nietecillas pequeñas Señor”…. la familia, la vida, el día a día, las vacaciones…

El paseante sale de Palacio al calor de las calles de Madrid como un verdadero príncipe. Es un hombre feliz. Acaba de estar con un amigo que es Rey. Rey Emérito. Los dos se quieren y se respetan.., los dos son abuelos, los dos saben que es ya tiempo de paseo,    de pasear viendo la vida y sus cosas con la distancia y la cercanía que se merecen. Con  el  sentido del humor y de la tolerancia que nos dan los años.

Hasta pronto Señor, espero volver por Palacio. Todos necesitamos de todos.

 

!! Invasión de Emoticonos ¡¡

 

 

Al final las palabras son lo único que tenemos y más vale que sean las adecuadas, con la puntuación en los sitios adecuados para que puedan decir, de la mejor manera, aquello que se supone deben decir.

Raymond Carver

 

Nadie podrá acusarme de haber estado cerrado a las innovaciones. Lo nuevo es siempre excitante. Me da mucha curiosidad, muchas ganas de probarlo. Ya veis que he ido absorbiendo como una esponja todo lo que se me ponía por delante: blogs, blablacars, Wikipedia, whatsapp, youtubers, tuits… En todo esto he entrado sin complejos y con mejor o peor fortuna. Feliz de probar, de estar a la última, al cabo de la calle, como un joven barbián.

Pero esto de los emoticonos me está empezando a superar. Escribo esta entrada, en parte, para no perder la calma, para no dejarme llevar por la emoción, por el rechazo que me provoca así a bote pronto, sin pensarlo demasiado. Lo siento, no me gustan. Prefiero las palabras para decir las cosas como Dios manda. Las palabras bien dichas, las palabras adecuadas expresan más y mejor que un dibujito que ni siquiera es nuestro.

Empezaré por la gota que colmó el vaso de mi paciencia. Ya andaba yo algo mosqueado con tanto besito, tanto corazoncito, tanta carita sonriente o enfurruñada, cuando me llegó un whatsapp de un hijo mío en respuesta a un mensaje que yo le había enviado, lleno de buen rollo. Me había llevado un tiempo ese mensaje que le mandé. Le puse cariño, emoción, sentimiento. Probablemente le llegó en mal momento y me contestó con el primer emoticono que le salió al paso. O no, pero aquella carita tonta no era lo que yo esperaba. Me quedé chafado, decepcionado. Me irrité con los emoticonos, así, en general, así, de pronto, sin procesarlo demasiado. Sabía que la culpa no era de ellos pero fueron ellos los que pagaron el pato. Es entonces cuando decidí escribir esta entrada. Tenía que enterarme antes, ponerme al día, tratar de comprender el fenómeno, no dejarme llevar por la reacción del momento. Empecé a investigar sin saber en lo que me estaba metiendo. Es todo un idioma nuevo, esto de los emoticonos, supuestamente universal, supuestamente para facilitar la comunicación. Los emoticonos nacieron en 1982 como apoyo al lenguaje escrito, como ayuda para interpretar algo que la lengua escrita no podía representar. Eso es lo que leo, su razón de ser, su justificación. Dudo de que sus fundadores fueran conscientes de la que estaban armando. Hay ya miles de emoticonos y su número crece día a día. Si esto sigue así no habrá más remedio que hacer un máster para llegar a entender ese lenguaje endemoniado. Primera lección: no se deben confundir los emoticonos normales, gratis o de pago; sí, ya los hay de pago, con los emojis japoneses, más detallados, con más pixeles si es que me he enterado bien. Descubro igualmente que han aparecido ya ciertas reglas: uno de los emoticonos más utilizados, el del gesto de la peineta, ha sido prohibido (quién lo ha prohibido???) por obsceno, lascivo e ilegal. El del rollo de papel higiénico sigue sin embargo su marcha triunfal. Podría haber una Real Academia de los Emoticonos, y seguro que la debe de haber aunque yo no haya llegado a conocerla.

Empapado ya de emoticonos hasta los tuétanos, sigo pensando lo mismo, con algún matiz, sigo en mis trece. Me preocupa que el lenguaje se infantilice, que pierda calidad. Van a por todas; da un poco de miedo. Tengo la impresión de que la tecnología va por delante de nuestra capacidad para utilizarla con sentido. El contexto es la clave, lo sé. Las emociones son personales e intransferibles, y, además, cada quien, cada familia, cada grupo de amigos, tiene sus propios códigos, sus propias maneras de comunicarse. Pero me temo que, así en general, la expansión de este nuevo lenguaje se nos está yendo de las manos. Quizás esté exagerando la nota, pero a mí los emoticonos no terminan de gustarme, no los uso, no quiero usarlos. Puedo parecer antiguo, pero es que lo soy por edad. Y, además, ser antiguo no es algo necesariamente malo. Para decir determinadas cosas solo me valen las palabras, esas palabras que dejaba Pablo Neruda en sus poemas: “como estalactitas, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola.”

A ellas me seguiré aferrando; eso es seguro, pero trataré de ser flexible. Como al final, lo que hay que hacer es lo que  de verdad vale para entenderte con los demás, divertirte y mejorarte,  voy a terminar esta entrada con el emoticono  que más me gusta.

 

 

Con esta marvillosa copa cónica  del dry martini brindo hoy, día de mi santo, por todos mis lectores. Reconozco así que los emoticonos sirven para algo.

EN METRO

 

Camino del trabajo en el metro

aburrido vigilo las caras de los viajeros…

Ismael Serrano

RECUERDO

 

Me gusta ir en Metro. No os preocupéis: bajo las escaleras con mucho cuidado, despacio, atento. En las mecánicas me agarro bien a la barandilla y me fijo en las miradas de los que suben y en las cocorotas de los que bajan delante de mi. Disfruto con ello, me imagino cosas… Si al final del trayecto hay algo de música, mejor todavía; si me sé la canción que se oye allá al fondo, la canto: para mis adentros claro… Todo eso es vida, es movimiento, es para mi alegría.

Luego en los andenes me entretengo leyendo los anuncios. No es de ahora, en mis primeros viajes a Paris, hace ya unos cuantos años, el metro fue mi mejor maestro para aprender el idioma. Recuerdo mucho mejor algunas de las cosas que leía con avidez en mis ratos de espera en Châtelet que “la plume de ma tante” que me enseñaba Doña Benilde en su escuelita de Cercedilla. En el metro el movimiento te lleva, es un río de gente que viene y va, una abundancia de mensajes, de señales, de rostros.

Ahora en el Metro de Madrid se pueden ver buenas campañas publicitarias. Hay “tiempo y espacio para el diálogo”, se dice en unos de los carteles que leo: publicidad de la publicidad, y tengo la impresión de algunas empresas e instituciones como el propio Metro los aprovechan. Es un buen lugar para recomendar “buenas prácticas”, para exponer productos, para seducir, para convencer, para deslumbrar. Todos los días pasa la misma gente por el mismo lugar con la mirada perdida, con la mirada desarmada o con la mirada atenta. La publicidad es un buen termómetro, creo yo, del tiempo que vivimos.

No hace mucho me llamaron la atención unos anuncios que por unos días inundaron todos los andenes. Seguro que los habéis visto algunos, los que viajáis más en Metro. Eran de Cabify en relación con la competencia de los nuevos servicios de transporte con los taxis de siempre.  Los mensajes que lanzaban aquellos anuncios  eran simples, sencillos. Mensajes en forma de correo electrónico, con su saludo, su destinatario y su despedida formal. Me pareció una forma ejemplar de defender su posición en el mercado, la de Cabify. No entro para nada en la valoración de sus servicios, nunca los he utilizado. Hablo de la campaña. Tenemos que sentarnos y hablar; aparcar nuestras diferencias y dialogar.  Eso decían. Me sorprendió algo tan ingenuo, tan correcto. Me pareció un hallazgo, un acierto.

 

 

 

                                   Hablar, solo hablar, parecía y parece fácil. Ya han desaparecido, ya no están. Era una invitación al diálogo sin alardes ni aspavientos. Por lo que he sabido, a causa de unas u otras razones, pocos fueron los que acudieron a las reuniones convocadas. De los partidos políticos fue Podemos el que que se opuso a todo tipo de conversación de forma más radical: hizo público un video paródico, intransigente, lleno de medias verdades. Finalmente el Ministerio de Fomento zanjó el asunto con un decreto ley. No sé si habrá quedado algo del diálogo pretendido. Quizás sí; nunca se sabe. Hay que creer en el diálogo, hay que recuperar una palabra que todo el mundo quiere y nadie practica.

En eso pensaba cuando dejaba el andén y entraba en el vagón. Cabify, con su campaña, me había dado un tema para cavilar: tengo que escuchar más a quienes no tienen las mismas opiniones y gustos que yo. Porque quizás sea yo el que esté equivocado. Me hubiera gustado compartir  tan sesudas reflexiones con mis compañeros de viaje pero me habrían tomado por loco; además estaban todos pegados a sus móviles. Me senté tranquilamente y me puse a mirar. En el metro hay de todo: hay gente cabreada, gente triste, jóvenes llenos de vida y viejos distraídos. Hay gente que pide y gente que da. Hay horas alegres y horas vacías, como sin dueño. Hay también gente que piensa, gente que sueña, gente que se busca la vida. Y gente que habla de sus cosas, de sus preocupaciones. Yo voy entre ellos feliz y tranquilo. Me gusta ir en metro, ya lo dije. Me entero de cosas como las del diálogo, las rumio y pienso para mis adentros que estoy contribuyendo a “una mejora de la movilidad”. Algo se me ha quedado, ya veis, de la campaña de Cabify. Ni taxis, ni Uber ni Cabify. En metro oyendo: “The distant echo of  faraway voices boarding faraway trains”. Así dice una preciosa canción de The Jam, un grupo rockero de los ochenta. Con ella os dejo. En metro.

EL AZAR Y LA AUDIENCIA CAUTIVA

Ya lo veis, allí estaban todos!!!

Tenía delante de mi a cientos de fotógrafos y a todos los que mandan en la Comunidad de Madrid y más allá. Era la gran oportunidad y no podía dejarla pasar. Me llegaba por azar y era necesario aprovecharla. De eso quiero hablar en esta entrada de hoy.

En las celebraciones del Dos de Mayo me habían puesto una condecoración y me sentía feliz. Eso, que me sentía feliz, es lo primero que solté cuando tuve un micrófono delante ya con mi medalla en la solapa. No era una pose, ya no estoy para mascaradas ni disimulos, a ciertas edades todos los halagos son pocos como recordaba don Ramón Carande y dije lo que sentía con la mayor naturalidad.

Con todo, con toda mi felicidad a cuestas, no dejaba de darme cuenta de que el clima que se respiraba en ese acto solemne en la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol no era para tirar cohetes. Hacía tan solo unos días que la presidenta de la Comunidad había dimitido y el ambiente era tenso y expectante: caras de circunstancias, miradas furtivas, cámaras en busca de los mínimos gestos, de algún que otro desplante, de conversaciones y corrillos en los que a lo mejor se estaba hablando del tiempo o del fútbol, pero cualquier cosa despertaba sospechas…

A mi todo eso no me interesaba nada. Ya lo había mandado a paseo hace tiempo. Estaba en otra onda y no me dejé contagiar en ningún momento del clima enrarecido que dominaba el acto. Yo iba a lo mío, a lo que me interesaba. El azar, ya lo dije, me había puesto delante una oportunidad con la que nunca hubiera podido soñar y tenía que aprovecharla. Si echáis un vistazo a la foto del comienzo podréis comprobar la categoría de mis potenciales oyentes. Era insuperable y además no podían huir. Se trataba de  audiencia “cautiva”: todos ellos tendrían que aguantarme al menos durante el minuto que me había concedido. Lo multipliqué por más de tres: hablé casi cuatro minutos. Tenía algo escrito para la ocasión pero se me había perdido. Decidí que eso no importaba y me lancé al ruedo ligero de equipaje y sin red. Era mi “momento de gloria”, mi gran oportunidad para decir lo que quería decir sobre el Parque Nacional, de la Sierra de Guadarrama el gran patrimonio natural de Madrid, y, para mi, su mayor tesoro. De eso iba la distinción que me habían concedido y de eso quería hablar. Lo que dije lo tenéis en en este ARCHIVO.

Recordé el pasado que nos ha traído hasta aquí, recordé el movimiento guadarramista de nuestros días y la trayectoria ejemplar de la Institución Libre de Enseñanza y de don Francisco Giner de los Rios, “el viejo alegre de vida santa”. Hablé al final de mis nietos, para mis nietos y para todos los nietos de los que viven en Madrid. Creo que a los míos, que estaban allí tan contentos, les gustó ver a su abuelo recibir un premio y escucharme decir lo importante que es la Sierra de Guadarrama para Madrid, mi preocupación y deseo para que ellos la sigan disfrutando y cuidando. Ellos y las futuras generaciones.

De todo eso hablé y naturalmente mi audiencia cautiva tuvo que seguir mis palabras. Me dejé llevar y espero que algo de mi mensaje apasionado  quedara en las mentes de los políticos que llenaban la sala. Eran otras sus    preocupaciones  en esos momentos de tensión,  pero me pareció a mi que el aire del Guadarrama aportaba un respiro y una lección: ante la grandeza de la montaña los problemas de la pequeña politica no son nada. Terminé con el gran Enrique de Mesa: “corazón vete a la sierra y acompaña tu sentir con el tranquilo latir del corazón de la tierra”.

A PASEO CON TODO

 

“Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo…sin deambular por los bosques libre de toda atadura mundana”

Henry D. Thoreau, “Caminar”

 

 

Tenía pereza, no estaba con ganas. Fue hace dos sábados y llovía a mares. Mi hijo Ramón me animaba y me apremiaba: los perros ya no veían el momento de salir. Yo expresaba mis temores y daba largas: ”nos vamos a calar”… El forcejeo duró poco, cedí. Era de esperar; conociéndome un poco era de esperar. Sé por experiencia que siempre merece la pena “deambular por los bosques” como hacía habitualmente Thoreau. No había otra: me pertreché lo mejor que pude y me fui al pinar a mojarme, a cansarme, a mover las piernas, a respirar. Hice bien, acerté en todo. Me calé hasta los huesos pero el paseo fue maravilloso. Se sentía ya la primavera en el canto de los verderones. Se sentía en todo: en el olor del bosque, en el aire serrano que me daba en la cara, en las franjas verdes que se vislumbraban en las laderas a través de la lluvia copiosa, en el ruido, casi ensordecedor para mis audífonos, de arroyos inesperados que descendían como torrentes de los collados cercanos …Yo estaba ahí y no había nada más que lo que tenía delante, encima de mí, a mi lado. El agua bendicente, como le hubiera gustado decir a Luis Rosales, me empapaba de gozo y de naturaleza. Me limpiaba de todas las ansiedades, de las propias, de esas que tu mismo generas y alimentas sin apenas darte cuenta, y de las que te vienen de fuera, del ruido del mundo, de las decisiones de otros que nos van marcando el paso de nuestras conversaciones y de nuestras preocupaciones.

Íbamos hacia el Puerto de Fuenfría pero yo sabía que no llegaría. ¿Y qué?. Nuestra marcha por el valle ya lo justificaba todo. La lluvia que no cesaba de caer era como una corriente que fuese arrastrando los pensamientos parasitarios que a veces se nos cuelan en los entresijos del cerebro. Nos intranquilizan, nos desasosiegan e incluso nos entristecen sin causa ni razón.

En El Reino, el libro de Enmanuel Carrère que tengo ahora entre manos, debo confesar que estoy enganchado últimamente a este autor francés que nos mete con facilidad en su piel, me encuentro con una metáfora que pienso me puede ayudar a explicarme. Está tomada del pensamiento budista en relación con el impacto de los agentes externos en la mente del hombre. Muy budista todo, como se ve. Pues bien, esos temores inoportunos que nos llegan de fuera son, leo en Carrere, como “pequeños monos que no cesan de saltar de rama en rama”. La sabiduría oriental trata de expulsarlos con técnicas milenarias como el Zen, el Yoga o la meditación. Yo me conformo con mis paseos. Tengo buenos compañeros como Rouseau, Thoreau o Robert Walser y buenas experiencias como la de esa caminata bajo la lluvia hacia Fuenfría que estoy contando.

Me vino muy bien, me limpió, me sanó. Antes de llegar a la pradera de los Corralillos ya había mandado a paseo a todos los monos que alteran mi ánimo y me ponen mohíno. Lo dije sin que me oyera Ramón, pero lo dije y espero que los buenos espíritus me oyeran: a paseo con Puigdemont y sus idas y venidas, con Cifuentes y sus masters, los que hizo y los que no, con las trapacerías de Trump, con los cotilleos de las Reinas…Mandé a paseo todo lo que Muñoz Molina, otro gran paseante, ha descrito como ”la fabricación industrial de la ansiedad”, ese bombardeo continuo de noticias que en ocasiones se contradicen unas con otras. Ese vaivén  entre la verdad y la posverdad, entre lo auténtico y lo falso, entre lo privado y lo público. Nos distraen y nos dejamos distraer, nos confunden y nos dejamos confundir, eligen los temas de conversación y nos dejamos llevar por ellos. Nos ponen el foco en algo y nuestras miradas no dejar de mirar hacia donde se dirige el haz artificial de luz. Vamos como pollos sin cabeza, sin orden ni concierto, fijándonos en los detalles, en los objetos y las escenas que nos muestran perdiendo de vista lo importante, lo que verdaderamente cuenta y nos importa. A paseo con todo…

miran por mi

 

Son siete. Mis siete nietos mayores. Les he pedido que fueran ellos los que mirasen por mí en el viaje familiar a Marruecos de esta Semana Santa. Siete miradas, siete lecturas, siete puntos de vista. Cien palabras para este blog, ni una más ni una menos, es lo que les he pedido. No quedarse en lo superficial, en la pura fachada. Se han portado. Aquí están sus escritos. Me quedo con todos. Me gustan. Han mirado dos veces antes de darle al teclado. Han cumplido. El abuelo está contento y cede gustoso la palabra a sus nietos y a sus lectores.

 

La mirada es la clave. No importa donde mires, sino lo que veas con tus propios ojos, con tu propia mirada, en un estado de Atención Consciente.

Álvaro Bermejo.

 

Rocío

Colores, olores, ruidos… un enjambre de emociones del que todos disfrutamos. Eso es lo que nos llama de Marruecos, lo diferente, lo que, en nuestra opinión, se sale de lo normal, pero, ¿Cuánto de eso es verdad y cuánto solo una apariencia? Veo a las mujeres que vienen a bailarnos a la mesa, parece que se divierten, que disfrutan de su danza, intentan agradarnos, pero si te fijas bien, su cara no es de alegría, están cansadas, no es eso lo que quieren estar haciendo, pero lo necesitan para vivir. Marruecos es eso, es por y para nosotros, un espectáculo.

 

Roque

Marruecos es un país totalmente distinto a lo que muchas personas están acostumbradas, no solo por el hecho de ser un país más necesitado económicamente, sino por su cultura. La gente suele preferir viajar a países más “civilizados” porque dicen que les da miedo. Sinceramente, me parece que no se debe sentir miedo a costumbres distintas o a otra religión, simplemente se debe comprender que así es como viven esas personas. Claro está que se debe tener cuidado, pero en el fondo, no se debe temer a la gente que así vive, porque, al igual que nosotros, también son personas.

 

Lucía

Durante nuestra estancia en el Atlas fuimos al zoco que ponen los martes en un pueblo, al que acuden los habitantes de las aldeas de alrededor. A primera vista me pareció un simple mercadillo, cutre, sucio, con cosas que se venden en los chinos de Madrid. Pero con una segunda mirada, si observas a la gente, su ropa, su aspecto, te das cuenta de la importancia del mercado para ellos, es el lugar y día de la semana en el que pueden comprar bienes de primera necesidad, donde ven a la gente de otras aldeas. Quizás sea su acontecimiento semanal.

 

Lucas

En este viaje, gracias al abuelo, he podido mirar más allá de las apariencias. En nuestra excursión al Toubkal nos encontramos a unos chavales jugando al fútbol. Pude imaginarme sus vidas, sus familias, sus amigos, … las veía muy diferentes a la mía. Nos unimos a ellos, jugamos un partido, y ahí es donde, con la segunda mirada, pude ver que el fútbol nos unía, que eran iguales que yo, lo único que nos separaba era el idioma, a pesar de ello nos entendimos. En la despedida, le di a un niño mi gorra, él se emocionó, pero yo más.

 

Antonio

A mí lo que más me ha impresionado de Marruecos es como los marroquíes viven desinformados de todo lo que ocurre en su país y alrededor del mundo. La vida de un marroquí es ir a su tienda todos los días del año a hacer lo mismo día tras día, muchos de ellos no saben como vive la gente en otros paises, no saben lo que es ir a trabajar con traje a una empresa. Me he dado cuenta de la suerte que tenemos nosotros de poder encender la television y saber todo lo que está ocurriendo en el mundo.

 

Amaya

Uno de los lugares más interesantes de Marrakech es la plaza Jemaa el-Fnaa. Por las noches se llena de puestos de comida donde la gente va a cenar. Cuando vas andando por la plaza los empleados te insisten muchísimo para que cenes en su puesto, y yo me pregunto: ¿por qué les importa tanto que vaya un cliente más que menos? La respuesta es muy simple: en España, un cliente más puede suponer un viaje de fin de semana, sin embargo, en Marruecos un cliente más puede asegurar la comida de los hijos de los empleados del día siguiente.

 

Itziar

Los niños de Marruecos tienen juguetes muy distintos a los nuestros y ellos solos se los saben inventar. Yo si fuera una niña de Marruecos sería muy diferente y tendría juguetes muy diferentes. Por ejemplo el otro día me fije en que unos niños jugaban a hacer carreras moviendo una rueda con un palito y eso me impresionó mucho. Yo si fuera de Marruecos me tendría que inventar muchos juguetes y a mi eso me encanta. Me he fijado mucho y los niños de Marruecos me pareció que aunque tengan cosas peores estaban muy felices y eran simpáticos y amables.

 

MACRON NO SUDA

Fotografía reciente de Frau Merkel mirando embelesada a Macron

 

“Quien deja que Macron le dé la mano está perdido para la oposición: votará fatalmente por él…”

Enmanuel Carrèrre

 

Yo estaba en París en mayo del 68. Es cierto, no es un farol. Debo de ser uno de los pocos supervivientes de los que vivieron en vivo y en directo aquella revolución que nunca existió. Daniel Cohn Bendit, quizás unos pocos más y yo. No me llevaba a París ningún afán revolucionario, cualquier parecido con Dani el rojo estaría fuera de lugar, pero, cosas de la vida,  el Mayo francés no ha dejado de perseguirme desde que los jóvenes se rebelaron en  el barrio latino un día en el que yo andaba por los alrededores de la Sorbona. Han pasado cincuenta años y sigo dándole vueltas al asunto. He sobrevivido para poder contarlo y lo primero que me pregunto es si el famoso 68 sigue siendo historia del presente o es ya una pura reliquia del pasado. No lo sé, no es fácil saberlo. En el cuarenta aniversario Sarkozy le acusó de todos los males de Francia. Fue en la campaña electoral y le salió bien la jugada. Demostró que el 68 seguía vivo. Removió sus cenizas y ganó las elecciones. Sabía bien el suelo que pisaba. Atacó lo que muchos franceses querían dejar atrás.

Llegó Macron y su gobierno  anunció una gran celebración para “festejar” el medio siglo del 68. Macron no es Sarkozy, está claro y es a él, a Macron a quien va dedicada esta entrada. A mí también me ha seducido este político rompedor e iconoclasta. Fijaos: crea su partido En Marche!! –E. M. son sus iniciales-  tan solo un año antes de las elecciones; nunca, antes de ganarlas, se había presentado a ninguna; es el presidente más joven de la historia del país: tiene 39 años; a los 32 era banquero de inversión en la Rothschild, a los 34, ministro de Economía en el gobierno socialista de Hollande y a los 39 presidente de la Republica Francesa. Pas mal…!!

Macron es un misterio tanto como una esperanza. Enmanuel Carrère, uno de los escritores franceses más valorados en la actualidad, pasó una semana con Macron en las Antillas después del paso devastador del huracán Irma y ha escrito un estupendo reportaje aparecido en español en la revista  Letras Libres. ”Macron no suda”, dice Carrère en las primeras líneas de su artículo. Lo descubrió cuando pudo observar que todos los que le acompañaban en aquel viaje estaban muertos de cansancio y empapados de sudor y el presidente seguía como una rosa. Eso le hacía especial, único, inmune. Era como un dios. Ya en la arena política Carrère le considera un prototipo absoluto del insider que conoce como la palma de la mano las reglas de la política al uso y logra reconvertirse en un outsider  inspirado, místico, en la línea de los visionarios y no los gestores, de los filósofos y no de los burócratas.

¿No iban por ese camino los sesentayochistas?

Es Macron el primer presidente de Francia que no vivió en persona aquellos Sucesos. No había nacido. El 68 queda ya muy lejos y él es muy joven. Quizás la clave esté en la personalidad del presidente, en su estilo, en sus palabras, en sus gestos. Acaba de aparecer en España su libro Revolución en el que da una visión de sí mismo, de sus ideas y de sus proyectos. No es el típico libro de encargo. Es el libro de alguien que quiere marcar su impronta, la impronta de un hombre de letras, de un intelectual, cuyas referencias más próximas estarían en De Gaulle o Mitterrand.

Después de leerlo uno puede entender mejor el respaldo que recibió de Cohn Bendit en la campaña electoral. ¿Acaso no puede ser considerado un buen compañero de viaje de los del 68 quien afirma no compartir los valores de la clase política tradicional y está dispuesto a saltarse a la torera las reglas del juego?

La revolución sin revolución, la “imaginación al poder” en su versión 2018, una nueva forma de entender la política… Buenas ideas todas ellas para esa celebración del Mayo francés prometida. Me habría sumado gustoso si se hubiera celebrado. Pero no ha sido así. Tengo la impresión de que este hombre que no suda, que no se despeina, que mantiene la calma no sabe que hacer con el 68. Probablemente tiene razón: hay muchos 68 y teme que alguno de ellos le estalle en las manos. La decisión final es sabia pero triste: una  gran exposición  en el Centro Pompidou. En un Museo. A eso no me apunto: el 68 merece algo más que el silencio reverente de un gran contenedor cultural. Merece un debate abierto como el que vamos a celebrar en Madrid en la Fundación Ramón Areces.  Será a finales de septiembre. Save the date. 

 

 

 

EL PASEANTE NAVEGA
POR EL ARTE CONTEMPORÁNEO

 Obra expuesta en ARCO 2018

 

Mañana gloriosa de sábado en Madrid. El paseante mira la Sierra con nostalgia, pero no, hoy no. Hoy toca caminar y mirar: me voy a dejar caer por Arco, la Feria de Arte Contemporáneo.

Lo hago siempre que puedo desde que abrió sus puertas hace casi cuarenta años. Algo, poco pero algo, tuve que ver en su creación . Me viene a la memoria una reunión  con Adrián Piera y Juana de Aizpuru en la Cámara de Comercio para elegir el cartel del primer Arco. Piera me dio juego porque sabía que me gustaban estas cosas. Me enganché a él, al arte contemporáneo. Soy un ignorante que se deja sorprender, que se deja fascinar, que mira y se asombra. Un ignorante sí, pero que algo ha ido aprendiendo  de la mano de Mariví y Fernando Meana, grandes coleccionistas y grandes amigos.

Este año voy en metro. Se nota que es sábado por la cara alegre de la gente. Miro a mi alrededor y me pregunto quienes irán conmigo a Arco. Me hago apuestas a mi mismo. Una pareja sentada cerca de mi seguro que sí, pero otra que tengo enfrente de mi seguro que no, me digo. Van con un hijito al que no dejan de mirar. Se les ve embelesados. El padre juega continuamente con las manos del niño, con sus piececitos… Es como una “performance” para mi disfrute particular.

A medida que nos acercamos a Ifema, el vagón se llena de gente. Casi todos vamos a lo mismo. Salimos del Metro a buen paso. Estamos deseando llegar. No somos ni expertos, ni entendidos ni coleccionistas. Hoy es el día de la “gente”. Somos “gente” a la que nos gusta el arte de hoy, porque sí. A otros no les gusta nada: hay una especial relación amor odio sobre el arte contemporáneo

Voy solo. Así puedo pasear a mi aire y pararme donde quiera y todo el tiempo que quiera. Dispuesto a mirar a dejarme seducir, a no entender, a enfadarme, a cansarme… Veo un cuadro que me hace recordar al gran Pablo Maojo, el artista asturiano del rojo y el azul y me paro a mirarlo.

La galerista se da cuenta de mi interés y me dice que podría ser un “Rothko”. Es del alemán Gerold Miller. Me lo llevaría; sin duda me lo llevaría. ¿Sería una “buena” compra?. A mi me gusta, eso es todo. No creo que en el arte contemporáneo haya mucho que entender: la emoción puede sobre la razón. Sigo mi ruta recreándome en ideas tan peregrinas sin pararme a pensar lo que dirán “los entendidos” y me encuentro con Sofía Urbina una autentica “entendida”. Es para mi como una hija y quiere aconsejarme.  “Antonio, hay un Plensa de alabastro de un tamaño ideal para tu casa” me dice.

También me lo llevaría; en realidad me lo llevo en la imaginación. Me llevo todo. Lo que no me podría llevar porque ya se lo han llevado mis amigos los coleccionistas es una delicada escultura de la galería lisboeta de Pedro Cera.

No importa, quizás me la regalen algún día. Todo es posible en el entorno de este arte que para algunos es decadente. Bueno dejémoslo. En pocos años las “obras de arte” serán de autores nacidos en el siglo XXl. Dejémoslo.

Un año más he trotado sin parar por Arco y os lo he querido contar. No todo lo que he visto me ha gustado. No todo me ha sorprendido. Pero con todo he disfrutado. Siempre lo hago y este año también. Arco provoca, Arco invita, Arco irrita, Arco abre puertas, tira dardos y, de vez en cuando,  crea polémicas. Hay que venir.

 A la vuelta, me encuentro con un viejo amigo de mis tiempos de Iberdrola. Es un ingeniero de caminos culto, muy amante de la música. Le digo que vengo de Arco y se echa las manos a la cabeza: “¡!que moderno!! Eso no es arte”, me dice, “yo no iría ni atado”. Creo que se equivoca, pero sé que no le convenceré por más que insista. Me cuesta trabajo entender cómo una persona cultivada como lo es él pueda rechazar de un plumazo el arte contemporáneo. Es tanto como negar el presente, es tanto como negar de algún modo la realidad. ¿Qué es arte y qué no? ¿Quién puede decirlo todavía hoy? Lo bonito, lo bello, lo que asusta, lo que te hace ver lo que no consigues ver, lo que te provoca angustia, lo que te deslumbra, lo que te muestra la realidad, lo que la reinventa, lo que descubre… ¿Quién lo sabe, quién puede saberlo? Hoy he navegado por el arte contemporáneo. Era sábado y me hice casi veinte mil pasos.

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