Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

MALDITO EDADISMO

¡NI TERRORISTA PUEDE SER YA UNO!

 

 

Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida.

Pablo Picasso

 

Lo descubrí al llegar a los controles de aduana en mi último viaje a Nueva York. Me temía lo peor. Me armaba de paciencia y me preparaba para todo tipo de vejaciones. Con esa extraña sensación de que iban a encontrar algo de mí, algo que ni yo mismo sabía. Preocupado, cansado, algo inquieto, creo, como a casi todos nos pasa. Todo para nada. Resulta que a mi a no me prestaron la mínima atención. El policía me miró con un cierto desdén y me dijo secamente: “usted pase”. Ni huellas dactilares, ni cacheos cuidadosos, ni miradas sospechosas…Me sentí discriminado y decepcionado. Al dejar Nueva York supe lo que pasaba: el policía de turno debía de ser menos perspicaz que el de llegada y me preguntó la edad; “Ah, más de ochenta… pase, pase”. Vaya, era eso. No doy el perfil de terrorista por la edad que tengo. No soy una potencial amenaza.

Además de una discriminación, aquello me pareció una solemne tonteria. ¿Qué sabían esos señores de mis intenciones y de mis posibilidades? ¿Es que no estaba en condiciones de cargar con una bomba de unos cuantos kilos? Seguramente consideran que los vejetes hemos perdido la afición a los explosivos o nos hemos vuelto unos conservadores del demonio por aquello de las pensiones. Pero igual se equivocan, me dije, igual se equivocan y la armamos.

En serio, bueno la verdad es que tampoco tan en serio, me sentía un poco cabreado. Llovía sobre mojado; no me gusta nada que alguien que no sea yo mismo decida lo que debo o no debo de ser. Cuando todavía estaba “haciendo cosas”, cosas que me divertían y las hacía bien creo yo, y además me pagaban, había un señor importante que tenía su despacho muy cerca del mío y que todas las mañanas me decía al verme llegar: “y tu que haces aquí trabajando en vez de irte a jugar al golf”. Me sacaba de quicio; no me iba a jugar al golf porque no me gusta el golf y porque no me daba la gana de irme a jugar al golf; algo así debí de decirle. Pero él seguía dándome la tabarra: no soportaba que yo acudiera todas las mañanas feliz y contento a mi trabajo “a esa edad”. No soy naturalmente el único que ha sufrido ese intento de discriminación que tiene un nombre muy feo pero aceptado por la RAE: edadismo. La discriminación por razones de edad se llama edadismo y no son pocos los que la sufren. Según un estudio de la universidad de Kent –siempre hay una universidad con nombre inglés para esos estudios- nada menos que un cien por cien de la población a la que se dirigieron en la encuesta, afirmaba haber sufrido algún tipo de discriminación a causa de su edad. Mira por donde, ahora me tocaba a mi y precisamente en Nueva York.

Allí estaba yo, en la zona cero después de pasar impunemente por la aduana. No podía dejar de pensar en el terrorista que no soy, y también, un poco perplejo, en ese terrorista que, a día de hoy, realmente podríamos ser cualquiera, un niño, una mujer embarazada, un joven con una furgoneta… Ahora podemos pensar que eso es posible. Eso es lo tremendo, eso lo que ha cambiado y nos ha cambiado. Ha sucedido, es real. Lo mío no dejaba de ser una fantasía viajera. Pero cuidado con los viejos, los carga el diablo. Fijaos como los ha pintado Jorge Arranz: dan miedo.

El PASEANTE

 

“Sólo tienen valor los pensamientos que nos vienen mientras andamos”

Nietzsche

 

Abro hoy una nueva sección en este blog. Por estimularme, por estimularos. Por cambiar. De vez en cuando, según funcione el invento, recibiréis una entrada algo diferente: será más breve y se centrará en lo que me vaya saliendo al paso en mis largos paseos. Cada vez me gusta más andar por la calle. Ahora tengo más tiempo para pasear, para observar, para curiosear… De paso, hago ejercicio. Mientras camino me fijo en la gente. Me da por pensar, imaginar: qué son, qué hacen, de qué hablan, a dónde van… Quizás me fijo demasiado, eso me dicen mis hijos: “papá no mires así, hombre!!!”. Pero se ve que no les hago caso y ello me crea a veces algún que otro problema.

Hace algunos años, en las fiestas de la Blanca de Vitoria, debí de mirar con tanta intensidad a un “blusa” feísimo que desfilaba por la calle Dato, que éste se vino hacia mí como un rayo y me dijo: “Eh ¿Y tú qué miras”. Me lo dijo agarrándome por los hombros. Yo, claro, me asusté. Era tan grande como feo. Se enfadó con toda razón: me quedé mirándolo con descaro, no de soslayo… Debía de tener más cuidado en el futuro. La mirada es una especie de invasión en el espacio del otro…Tendré que tener más cuidado, pensé.

Pero sigo fijándome mucho. Eso puede ser bueno para dar emoción, interés y espontaneidad a este nuevo enfoque del blog. Miro a la gente pero también a los escaparates, a los carteles que anuncian mil cosas y mil actividades que, si nos fijamos bien,nos puede dejar “alucinados” como se dice ahora. Las manifestaciones, sobre todo si son de cuatro gatos, las riñas y las músicas callejeras, la gente que está sentada y la que se ve que no sabe a donde ir…Todo eso excita mi curiosidad y da vuelos a mi imaginación. Y no solo me gusta observar, mirar, curiosear… También me gusta hablar con la gente que está en la calle; eso es cada vez más difícil pero siempre se presenta alguna oportunidad si está uno atento y preparado. Trataré de estarlo. Creo, sospecho, que estos paseos míos darán para escribir y divertirme. Para decir lo que he visto, lo que he escuchado, lo que me ha pasado, lo que me ha dado motivos para reflexionar, para disfrutar o inquietarme, para reír… A ver que os parece, a ver si este Paseante tiene futuro. Ya me diréis.

 

CUATRO HERMANAS

 

 

“Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa”

 

Jane Austen

        Orgullo y Prejuicio

 

 

He sido otra vez abuelo; ahora soy más abuelo que antes, más abuelo que hace unos días. Acaba de nacer mi décimo nieto. Es una niña, se llama Paloma como su abuela materna y es la pequeña de cuatro hermanas y de diez primos. Los padres han sido unos valientes: pocas parejas tienen cuatro hijos en estos tiempos. El abuelo está encantado. Se pone tan abuelo, tan blando y tan tierno que debe de contenerse un poco. No solo por aquello de la tensión arterial; es que muy probablemente esas emociones de un abuelete octogenario interesen poco a sus  lectores. Pero ¡!cómo voy a dejar de decir que tan solo con ver un instante a ese renacuajíto sentí que la luz de ese día de otoño venía con ella!!. Hubo un momento en que se puso malita y ninguno de los miembros de la ya numerosa familia pensábamos en otra cosa que en su recuperación; pasó el peligro y respiramos tranquilos. Ahora está ya en casa bien acompañada.

Son cuatro hermanas. Cuatro nada menos. Dicen que el futuro es de las mujeres. Espero que sea también de los hombres y de los jóvenes. Y de los animales, de los ríos y de los árboles, si me apuráis, del planeta entero para no quedarme corto. Un futuro menos incierto y, al mismo tiempo, más abierto, aunque parezca un contrasentido, y más generoso y tolerante. Al pensar en esas cuatro hermanas que son mis cuatro nietas, me viene a la cabeza Orgullo y Prejuicio, la novela de Jane Austen que releí con gusto este verano en una excelente edición de Alba minus. Es cierto que, como se puede ver en la deliciosa ilustración que reproduzco, las hermanas de las que habla Austen son cinco y no cuatro, pero eso no nos importa: tampoco hay que afinar demasiado en cuestiones de hermanas.

Lo que hace al caso, me parece a mí, es la obsesión de Mrs Bennet, la madre de esas cinco señoritas a las que vemos tan tiesas en el dibujo, por encontrar para ellas un buen partido y casarlas lo antes posible. No piensa en otra cosa la buena señora; ese es su objetivo en la vida y no duda en utilizar todas sus artes, malas o buenas, para conseguirlo. El matrimonio y el dinero iban bien unidos en la sociedad victoriana y lo que hacía Mrs Bennet era simplemente adaptarse a su tiempo. Nada más que eso.

Lo que yo me pregunto ahora, pensando en esas cuatro hermanas que han pasado a formar parte de nuestro grupo familiar, es si es ese  el porvenir que las espera. Si la sociedad victoriana sigue viva, al menos en parte o si realmente las cosas han cambiado. No lo sé, ya estoy un tanto al margen y prefiero preguntar a la Mrs Bennet de esta historia, a esa madre ya feliz que cuando escribo estas líneas tiene ya a las cuatro hermanas en casa.

“No le importan nada los matrimonios ni el dinero”. Eso es lo que me dice y no me sorprende. Reconoce que hay gente de su generación  “que piensa en la robótica, o en los idiomas; otros en mandar a sus hijos a una universidad americana o en que aprendan chino”. Todas esas cosas las respeta pero no son para ella lo fundamental. Lo fundamental es: “que sean ciudadanas globales… sin fronteras geográficas, ni lingüísticas, ni raciales ni de género”…Vuelvo los ojos a Austen: no puedo imaginarme a Mrs Bennet diciendo esas cosas en un mundo tan cerrado como en el que vivían. Este es otro mundo y mi hija es así. Ella quiere que las suyas conozcan a mucha gente, que   viajen…pero  por encima de todo: “que encuentren su pasión y su talento y puedan dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo”. Ella, su madre, lo ha conseguido, y eso “le parece un tesoro”. A mi también.

Esta tarde no podrá estar la madre de las cuatro hermanas en la presentación de los emprendedores de Ashoka organización a la que dedica su actividad profesional. De un acto semejante hablé en mi entrada Soy el abuelo de Lola y a ella me remito. Yo sí que asistiré y si se tercia y se me ocurre preguntar algo me presentaré en esta ocasión como “el abuelo de Paloma”. Seguro que me dan la palabra.

 

YO ME FÍO DE AL GORE

 

 

Podría decirte que soy inmune a todo,
pero eso es mentira.
El polvo no se convierte en flores.
Los cielos no desaparecen,
pero he visto la verdad convertirse en poder.

Truth to power, BSO “Una verdad muy incómoda”

 

 

No depende de mí, decimos. No puedo hacer nada o casi nada, pensamos. No está en mis manos, creemos. Y lo cierto es que nos equivocamos de cabo a rabo, por pereza o por irresponsabilidad, o por las dos cosas a la vez. Hablo del cambio climático por la acción del hombre, de lo que eso ya nos está afectando, y de lo que nos afectará en el futuro. Para mí no hay duda de que es un asunto grave que nos concierne a todos. Ya estaba aquí desde hace tiempo pero lo ignorábamos. Y ahora está aquí de forma cada vez más visible y apremiante.

Pensé mucho en todo esto el verano pasado: las noticias sobre temperaturas y sequías eran escalofriantes. Se decía que la España verde era  ya como la España seca y que  la España seca se estaba  convirtiendo  en un desierto. Ahora, en pleno otoño, seguimos como en pleno verano, y tan contentos. A mi me parece una locura pero, que se le va a hacer me dicen. Se mira para otro lado ante algunos fenómenos comprobados y alarmantes: las temperaturas globales han venido aumentando de manera sistemática desde 1880; el nivel del mar ha aumentado  20 cm desde comienzos del siglo XX…Nada, no nos inmutamos y por si faltara poco ahí  tenemos a Trump retirando a Estados Unidos   del Acuerdo del clima alcanzado en París. ¿A qué esperamos para actuar?

 

 

El viernes pasado  fui  al estreno comercial de la película de Al Gore sobre el calentamiento global. Había oído que daba un toque a Trump; bien pensé. Saqué las entradas con antelación pensando en un llenazo pero éramos cuatro gatos. A muchos no les interesan estas cosas y hay otros  que piensan que Al Gore es un ególatra, no se fian de él. A mi sin embargo el documental me interesó y me gustó. Me fío de Gore y le agradezco que, en vez de dedicarse a jugar al golf y a vivir de las rentas de su pasado político, dedique su tiempo y su vida a luchar por el planeta. Me atrevo a recomendaros que vayáis a ver “Una verdad muy incómoda” que es el título de esta segunda parte de su mensaje cinematográfico. El documental es  una exploración visual del dónde y el cómo se encuentra el planeta ahora mismo: calles inundadas en Miami Beach, glaciares de Groenlandia derritiéndose dramáticamente, áridos paisajes en los que antes prevalecía la opulencia vegetal, o largas praderas cubiertas de matojos en las que hasta los ochenta había solo hielo. Un desastre. Los gráficos y el “power point” del anterior documental han dejado paso a un Al Gore más   metido en política, más seguro de si mismo me parece a mi,  aunque un tanto decepcionado: piensa que no le hacen el caso que se merece. ¿Ególatra?; sí algo hay seguramente de egolatría en esa necesidad de estar en todas partes, pero lo que importa realmente es si tiene o no razón y desgraciadamente hay que pensar que la tiene. “Ahora o nunca” es el mensaje.

Si hubiera podido hablar con Gore, estábamos él y yo prácticamente solos en el cine Renoir, le habría trasladado esa preocupación mía: ¿ qué podemos hacer tipos como yo y mis lectores  para evitar el desastre que anuncia en su documental ?. A falta de sus respuestas he acudido a   dos  expertos de menos fama  para que me echen una mano. Uno es un eminente profesor de la Pontificia y otro es mi primogénito. Los dos saben bastante de estas cosas y de lo que me hablan es, por ejemplo,  de consumo responsable. Hay que comer menos carne y reducir los alimentos que descartamos. Una medida de sentido común en todos los aspectos. Por cierto Gore se declara vegano aunque no quiere hacer propaganda de ello. Hay que procurar   reducir el consumo de energía y recurrir, en la medida de lo posible a nuestras posibilidades, a las energías renovables. Me dicen que deberíamos y podríamos cambiar sensiblemente nuestros hábitos de transporte: coger cada vez menos el coche privado y utilizar más el transporte público, o manejarnos en bicicleta por nuestras ciudades….

Elegid una, al menos una, de estas  propuestas y comprometeos con ella. Si lo hacéis esta entrada habrá servido quizás para algo. Y daos prisa para ir a ver el documental de Al Gore; pronto lo quitarán de las carteleras. Acordaos de lo que pasó en el estreno.

 

LA ETERNIDAD EN UN INSTANTE

 

Tu que estrenas a diario una nueva vida… cediendo el paso que es tu filosofía…eres niño más que diez a tus años todavía…si tu no vas al cielo nadie iría….”

Canción de Felipe del Campo dedicada  a su padre

 

 

 

Caía la tarde de un día casi otoñal del pasado mes de agosto en un bosquete de manzanos en Pola de Nava en Asturias, en torno a la casa de Luis Suárez y Mamen. Como todos los veranos estábamos reunidos allí un grupo de amigos para recordar a otro amigo muy querido que se nos murió hace unos años. Disfrutamos hablando de él, de su ingenio, de excursiones compartidas, de recuerdos, de las historias que nos contaba. Nos gusta estar juntos, cerca, alimentados y contagiados por una nostalgia suave y alegre, enlazados por la amistad y el recuerdo.

Se oyen unos compases: es Felipe del Campo que ha cogido su guitarra y empieza a entonar una melodía. Canta muy bien, con gusto y sentimiento. Ya nadie habla, Felipe se “queda con nosotros”, y nosotros con él, nos transporta a otro mundo. Vemos que su hermano Tomás sigue con los  dedos y con los gestos el ritmo de la música  y no tarda en ponerse también a cantar. Se sucede una canción tras otra. Ya somos todos los que cantamos, mejor o peor, da igual, cuando Felipe cada vez más alegre e inspirado, empieza a caminar por el prado con su guitarra en bandolera sin parar de cantar y cantar. Se levanta Tomás y le sigue simulando un sonido perfecto de trompeta que sale de sus labios, otro se levanta y le sigue, ya todos le seguimos, no podemos hacer otra cosa, nos llevan, nos dejamos llevar. Nos sentimos todos unidos por el paraíso que encontramos en ese instante, en el lugar al que nos han llevado los hermanos del Campo que supieron leer como ninguno de nosotros el momento… Y llevarnos.

Escultor, músico, pintor, Felipe, a quien conozco desde hace tiempo, es un artista completo y un gran montañero. De mirada viva y alegre, abierto y campechano es también un  buen amigo. A Tomás lo empiezo a conocer en ese instante mágico que se creó, que nos crearon ellos, que hicimos todos casi sin darnos cuenta. Tomás es la vuelta de Felipe, son iguales y distintos, son hermanos. Estos dos “pájaros” asturianos, listos y conectados por un hilo invisible, sin mediar una palabra, nos cogieron de la mano, aquel día, aquella tarde, aquel momento, nos subieron a su música, nos llevaron a ese sitio donde quisiéramos estar siempre, a ese instante que todo lo cura, que dura tan poco como el resto de tu vida, que ya no se olvida… Tal vez solo puede ocurrir en un momento determinado, cuando todo está preparado para ello, y unos duendes te saben guiar.

Aquel momento, que todavía puedo sentir hoy,  me lleva ahora a la canción que Felipe hizo a su padre, Gonzalo del Campo. De él me hablaron cuando yo mostraba mi admiración por los dos hermanos: “la gracia, el carácter, la sensibilidad cultural y sobre todo la alegría la han heredado de su padre”, me decían. Felipe le ha dedicado una canción preciosa, una canción que he escuchado ya varias veces. Me gusta oírla y vosotros tambien disfrutareis con ella si pinchais en el enlace que aparece al comienzo de esta entrada. Es un homenaje sentido y verdadero de un hijo hacia su padre, una muestra de respeto a la memoria. Porque creo que el afán de novedades es evasión que no conoce ni la esperanza, ni la paciencia, ni la memoria para que algo nuevo ocurra.

En Asturias, en Pola de Nava, en la casa de Luis Suárez y Mamen, nos pasó algo nuevo, y venía de la esperanza, de la paciencia, de la memoria que todos teníamos y sentíamos. Gracias Gonzalo, gracias hermanos, gracias amigos!!!

La economía colaborativa.
Y todos tan contentos…

 

Paloma y Antonio felices en Blablacar, vistos por Jorge Arranz

 

 

Estamos en un mundo en el que cualquier persona puede convertirse en empresario en sesenta segundos”

 

Teníamos que viajar urgentemente a Madrid y no había manera de conseguir billete en ningún transporte público. No sabíamos qué hacer. Estábamos en Guipúzcoa sin coche y sin nadie cercano que nos pudiera llevar. Un buen lío, o eso nos parecía. Era una de esas situaciones imprevistas que obligan a aguzar el ingenio, a salirse del carril de lo conocido. Los hijos, más ágiles, más al día, y más temerarios quizás -aunque la cosa no es para tanto- dieron con la solución. Estaba en internet. Hoy en día parece que todo, o casi todo, se encuentra en la red. Como imaginaba Borges, es una enorme biblioteca universal, pero también es un enorme mercado abierto donde todo se puede encontrar.

Nuestra solución tenía un nombre: Blablacar. Era algo completamente nuevo para nosotros  pero que seguro que muchos  ya conocéis.Con todo, lo quiero contar para beneficio de los de mi quinta.  Hay que estar al día amigos. Eso de blablacar puede parecer una broma, un juego de niños, pero es algo útil, práctico y nada dificil gracias a internet. Se trata de la mayor red social del mundo de coches compartidos, con 40 millones de usuarios. Algo serio, realmente serio. Un buen ejemplo del fenómeno de la llamada economía colaborativa, tan de moda últimamente y de la que sabemos tan poco los “mayores”. El funcionamiento no puede ser más sencillo: a través de su página web se accede a la  oferta de conductores con un destino y horario concretos y que tienen plazas libres en sus coches. La oferta a través de Internet se pone en contacto con la demanda. Así de fácil.

Necesitábamos ir a Madrid y resultó que Sara y David nos podían llevar en su coche desde San Sebastián. Convinimos un precio y un horario, pagamos con nuestra tarjeta de crédito y asunto resuelto. Economía colaborativa, economía de intercambio, todos salimos ganando. Además, esa red tan aparentemente fría nos ofrecía la posibilidad de conocer gente nueva… Todos salíamos ganando… Nada más fácil. O así  nos parecía después de ver el cielo abierto.

Pero enseguida nos asaltaron algunas dudas: ¿quiénes eran Sara y David? ¿cómo nos íbamos a meter en un coche con gente que no conocíamos de nada? Dudas lógicas, dudas razonables. El miedo a lo nuevo, a lo desconocido. Pero la situación apremiaba y no teníamos otra opción. Además, era una oportunidad de hacer algo distinto, de tener una “experiencia”. Exactamente lo mismo pero visto desde el otro lado. En lo que vemos una amenaza también hay una oportunidad. El atrevimiento no es un atributo solo de los más jóvenes. En ocasiones hay que dejarse llevar….

No conocíamos a Sara ni a David pero sí sabíamos muchas cosas de  ellos. Una parte esencial del éxito de Blablacar son los comentarios de los usuarios: comprobamos que nuestros conductores eran gente de confianza y de que su coche era bueno. Eso decían los que habían viajado ya con ellos y no había porqué dudar de su opinión.

De todas formas, cuando la mañana siguiente Paloma y yo entramos en el coche de David y Sara no las teníamos todas con nosotros. Habíamos elegido la opción “conversación” –también se puede elegir “silencio”- y de forma natural empezamos a hablar con nuestros “empresarios”, con esa gente a la que habíamos pagado para que nos llevaran a Madrid y que resultó que era una gente estupenda. Es verdad que las nuevas tecnologías en muchos casos separan, aíslan a las personas. Pero también unen. Este fue el caso al menos para nosotros. Blablacar nos unió a las vidas y a las historias de Sara y David. Y nos dio una solución de transporte cuando todo lo teníamos en contra. A la hora convenida estábamos en Madrid y en el camino habíamos tenido la oportunidad de conocer a dos jóvenes de primera. Ahorramos dinero y ganamos dos nuevos amigos. Y todos tan contento…. Escribo esta entrada en Madrid pero mañana quiero volver a Deba y naturalmente estoy a la búsqueda de un blablacar que me lleve para allá. Espero encontrarlo y sino me iré en tren que también me gusta. Ya os contaré.

 

PD: este verano, como debe ser,  he estado vago. No he dejado de pensar sin embargo en el resultado de mi encuesta particular sobre el futuro de este blog después de las cien entradas y, como estáis viendo, sigo haciendo más o menos lo mismo. Eso es lo que me aconsejaba la mayoría aunque otros me pedían un poco de variación. El otoño que pronto llegará puede ser un buen momento para intentarlo: “En una decadencia de hermosura, la vida se desnuda, y resplandece la excelsitud de su verdad divina”, escribe Juan Ramón Jiménez.

 

EL SENTIDO DE UN FINAL

 

 

“Se confirma que la muerte de Miguel Blesa en una finca de Córdoba fue un suicidio”

 

El País 20 julio 2017

Poseía quince rifles. Así lo cuentan las noticias que se publican estos días sobre su vida y milagros. Quince nada menos ¿no son demasiados? ¿Para qué demonios quería tantos rifles? Uno solo de ellos le bastó para quitarse la vida en Puerto del Toro. No digo esto para sumarme al auto de fe que se ha producido en las redes sociales en torno al suicidio del que fue presidente de Caja Madrid. No quiero formar parte de esa cacería despiadada sobre un hombre que seguramente cometió muchos errores y que ha terminado mal. Solo pretendo darle vueltas al sentido de un final como este, al sentido de una vida entera que termina de forma tan trágica. Una muerte como la de Miguel Blesa da qué pensar, da para pensar en el cómo y en el qué de lo que somos y lo que tenemos, en los riesgos de una ambición desmedida y temeraria que pueden conducir finalmente a la perdida del sentido de la realidad y de la propia vida.

Tampoco pretendo ponerme excesivo. Pero algo sí. Porque cualquier suicidio viene acompañado de una interrogación sobre el sentido de la vida que nos interpela a todos. ¿Por qué lo hizo? Podemos hacer nuestras conjeturas, nuestras cábalas sobre qué pudo llevarle a apretar el gatillo de su propio rifle de forma tan calculada y en lugar tan cercano al panteón familiar. Todo estaba previsto: no podía aguantar más el estado de soledad y rechazo en el que se encontraba. Podemos imaginar, por ejemplo, la inquietante deriva que puede llegar a desencadenar una ambición incontenible por tener más y más sin reparar en para qué y podemos imaginar la situación de zozobra y desamparo que se produce al ver que todo aquello se viene abajo, que el sueño se desmorona. Algo de eso podemos deducir por lo que sabemos del banquero Miguel Blesa.

Es muy difícil percibir el umbral a partir del cual la, en principio, sana ambición por mejorar, por tener más para vivir mejor, se convierte en una trampa mortal, en un despropósito que conduce al precipicio. Y una vez allí, ya solo queda dar un paso, solo un paso, un gesto para que todo acabe de una vez y para siempre. Me he preguntado a menudo por qué razón personas que tienen ya más de lo que puede imaginar, que supuestamente han llegado al súmmum de la riqueza y de lo que la riqueza puede proporcionar -cuántos rifles, cuantas fincas, cuantos placeres, cuantos cuadros, cuantos manjares, cuantos coches, cuantos viajes, cuantos barcos, cuantas joyas, cuantos incunables, cuantos servidores- siga ambicionado más y más, sin medida ni final. No consigo comprenderlo, no consigo entender que se siga corriendo riesgos para conseguirlo. ¿Es el veneno del trabajo?; ¿es el veneno del poder? ¿es el veneno del propio riesgo, ese vértigo que estimula a los jugadores?. Se ha dicho que Blesa fue el primer banquero encarcelado, no es cierto. Antes de él estuvo en prisión Mario Conde, el paradigma del éxito en los años del optimismo y del dinero fácil, presa también de una ambición desmedida que destrozó su vida aunque no acabó con ella. Curiosamente no tuvo el rechazo social que contribuyó probablemente a hundir a Blesa en la miseria. Banesto era un banco privado y no una Caja de Ahorros con una finalidad social. Todo parece los mismo pero no todo es lo mismo para la gente del común.

Nos podemos imaginar que Miguel Blesa no tuvo valor para afrontar lo que le venía encima. Quizás se quedó solo, muy solo. Quizás descubrió que detrás de tanta mentira solo le quedaba la muerte como lo único realmente verdadero. Si la vida es un misterio, la muerte lo es aún más. No doy con el sentido de este final, porque para mí la vida no se acaba nunca. Eso es lo que seguramente piensan los seguidores del cantante Chester Bennington que según leo se siguen reuniendo en torno a la casa en la que recientemente puso fin a su vida porque dicen que no lo entienden. Nunca llegaran a entenderlo, por mucho que se reúnan.

YA TENGO CIEN: ¿Y AHORA QUÉ?

 

 

“Es necesario que todo cambie para que todo siga igual”

El Gatopardo

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

 

 

Cuando en 2013 empecé a escribir este blog nunca pensé que llegaría a las cien entradas. Nunca, ni de broma. Al verme tan entusiasmado con la idea, Pedro Linares que me inició en este oficio, no dejaba de decirme que lo fácil era empezar y que eran muchos los que abandonaban pronto. Creo que dudaba de mi. Yo también dudaba de mi. Pero debo de confesar que enseguida le fui cogiendo gusto al asunto. Me iba la marcha. Miraba y volvía a mirar las primeras entradas y los primeros comentarios. Estaba tan deslumbrado con WordPress y sus posibilidades como podía estarlo un novato poco ducho en las nuevas tecnologías. Eso de ser bloguero a mi edad me rejuvenecía y nada más importante que eso cuando uno ve como van pasando los años. El caso es que, ya lo veis, he llegado a las cien entradas casi sin darme cuenta. Cien escritos son cien historias que he contado y he compartido con vosotros. Con vosotros que sois amigos todos, a quienes os veo casi todos los días, a quienes os veo de vez en cuando, a quienes ya apenas os veo. Eso es lo más importante, lo verdaderamente importante, lo que está en el fondo. Lo mismo de siempre, lo que no cambia. El propósito de los propósitos. Eso no quiero perderlo. Este blog es una especie de hilo me conecta, me engancha, me enlaza, me mueve… Seguiré, pues, dándole a la tecla y a la imaginación.

Seguiré. No tengo duda. Pero quiero seguir y quiero cambiar, las dos cosas a la vez. Lo que pasa es que no tengo claro qué y cómo cambiar. Estas cien entradas han ido adquiriendo un formato muy definido: una foto o un dibujo -casi siempre del genial Jorge Arranz-, una cita o, a veces, una canción, 800 palabras más o menos, cada quince días más o menos. No he sido muy estricto, pero he procurado seguir una pauta, un cierto ritmo. Los temas han sido tan diversos como lo es la vida, como lo son nuestros gustos, nuestros intereses, nuestras aficiones, nuestros cabreos. La primera entrada ¿Qué mosca me ha picado? era producto de eso, de un cabreo. He procurado no dejarme llevar por lo convencional, por lo impuesto, por lo que nos marca la actualidad que nos dicen los medios de comunicación, los telediarios, el mundo de la política. No sé si lo he conseguido del todo. Si debo de confesar que he tratado, en la medida de lo posible, de escribir sobre asuntos que, además de interesarme a mí, intuía que podían interesar a la mayoría de vosotros. Asuntos en los que yo hubiera participado, de algún modo, en los que hubiera tenido alguna experiencia. En la mayoría de las ocasiones me he preocupado más por contar algo, por explicarlo, por anunciarlo incluso, que por dar una opinión.

Pero no va a ser siempre lo mismo o parecido o similar. Conviene darle la vuelta a las cosas, para que duren, para que aguanten. Empecé este blog con un propósito, el mismo que ahora tengo, y, espero, seguir teniendo por mucho tiempo. El mismo, no cambia, pero creo que hay que cambiar algo para que este propósito inicial y permanente siga manteniendo el mismo fuelle. O más, si acaso.

Algo tiene que cambiar para que todo siga igual. He pensado que para eso os tengo a vosotros, mis amigos, mis lectores, también mis escribientes. Juan Cruz, mi vecino periodista del barrio de Chamberí, cuenta en “Un golpe de vida”, su último libro, que su madre le decía que siempre estaba preguntando, que se pasaba la vida preguntando. Lo tenía muy adentro desde muy temprano, su destino era preguntar, no dejar de preguntar, seguir preguntando, su destino era ser y seguir siendo periodista. Ahora yo también quiero haceros una preguntar: ¿Qué me decís? ¿Qué se os ocurre que podría hacer con mi blog? Quiero que me lo digáis como queráis: en comentarios al blog o con mensajes directos a mi correo electrónico. Pero escribidme cosas. Necesitaba haceros esta pregunta que pudiera ser una consulta vinculante, porque cada sugerencia que me hagáis me obligará, en cierto modo. Parece que García Marquez dijo que escribía para que le quisieran. A mi me pasa un poco lo mismo. A mucha gente, creo yo, le pasa un poco lo mismo. Escribimos para no estar solos. Enviadme vuestras ideas para este blog, que es mío y es vuestro. Ya tengo escritas cien entradas. Ahora, la 101, la siguiente de otras cien más, empezará a ser, con vuestra ayuda, algo distinto. Podría hacer un concurso. Podría dar un premio. Tal vez lo haga. No dejéis de escribir, amigos, ahora os toca a vosotros darle al magín.

EL ARQUITECTO Y EL BANQUERO.

 

El Centro Botín visto por Jorge Arranz

 

Serit arbores,

Quae alteri saeculo prosient.

Planta árboles,

Que otros verán crecer.

 

Marco Tulio Cicrón

 

Todo acaba llegando. Los sueños acaban llegando, se acaban haciendo realidad. Solo hay que perseverar, contra viento y marea, porque casi nunca se navega a favor de corriente cuando se trata de hacer algo nuevo, algo diferente. Me acerqué al Centro Botín siguiendo las instrucciones de uso de Renzo Piano: fui al Mercado del Este y desde la puerta que da la calle Trafalgar llegué a los jardines de Pereda. Los atravesé y me encontré con dos volúmenes ligeros, de color pálido, flotando suavemente sobre la luz del mar y la bahía. Son tan ligeros y están tan embebidos en el paisaje que uno podría llegar a pensar que siempre habían estado ahí. No es cierto. Antes no estaban. Antes no eran sino el producto de la idea y el sueño de dos personas que querían y podían hacer algo nuevo. Dos personas con nombres y apellidos, dos visionarios que decidieron cabalgar juntos al lomo de una idea que compartieron y a la que fueron dando forma poco a poco. Un banquero y un arquitecto, Botín y Piano. Unos equipos de colaboradores a los que lograron ilusionar. Una ciudad, una bahía y un proyecto. Eso era todo, ese era el punto de partida.

Conocí a Renzo Piano en uno de los actos de inauguración del Centro Botín. Había leído declaraciones suyas en las que expresaba su admiración por Emilio Botín, pero fue allí, en el pachinko, punto de unión de las dos “almas” del edificio, en donde le oí hablar del “dialogo a dos” como santo y seña del proceso de gestación y desarrollo del proyecto. No era “su” obra, de Renzo el arquitecto, era una creación de dos personalidades en un momento de su vida en que se sentían ya sin ataduras y con las ambiciones y los egos plenamente colmados. Los dos podían soñar y arriesgar.

Estaba Renzo distendido y feliz el día de la inauguración. Es un hombre simpático, cariñoso y vivaz. Tuvo con Botín una relación profunda durante más de dos años y le gusta hablar de ello. No quiere quizás que quede en el olvido el papel que jugó en aquella aventura el viejo banquero. Fue él, Botín, quien “le ordenó” que diseñara un edificio rompedor en un lugar que resultaría polémico. Se anticipaba a las dudas, a las reservas que pudieran aparecer, y las asumía como alguien acostumbrado a ello. Banquero y arquitecto confluyeron, se mezclaron, soñaron, cabalgaron juntos. Botín y Renzo formaron un tándem imparable con un proyecto que les unía, en el que ponían la pasión y la generosidad de dos niños grandes, de dos arquitectos banqueros que imaginaban lo mejor para una ciudad, para un paisaje, para una gente. Nunca se puede saber, pero me temo que sin esa sintonía generacional habría sido difícil saltar alegremente tantas barreras y tantos prejuicios. Renzo y Botín sintonizaron, se situaron en la misma longitud de onda, se escucharon, se “recrearon” en un proyecto que les daba vida y libertad.

El Centro Botín era una apuesta arriesgada y cuando su silueta empezó a tomar forma en la hermosa bahía santanderina algunos se preocuparon, se inquietaron. Todos los cambios asustan un poco o mucho. Es natural que esto ocurra, hay que contar con ello, dar tiempo al tiempo. Hoy esta nave inmóvil ya empieza a moverse, ya empieza a ser una ilusión colectiva, ya empieza mostrar su perfil seguro y vanguardista al borde del mar, donde todos los sueños son posibles. Los ciudadanos de Cantabria acudieron en masa el fin de semana que se abrió al público el Centro y son casi cien mil los que están ya en posesión de un pase permanente. Tienen una ilusión que ya es una realidad generadora de otras muchas ilusiones.

La de Botín, compartida por Renzo, era que el edificio volara sobre la bahía, que flotara en ella, despegado del suelo, abierto al mar. Tenía la idea muy clara. Quería que todos los santanderinos lo sintieran como propio, que estuvieran orgullosos de él. Plantamos árboles que otros verán crecer, dicen los clásicos. Botín plantó un árbol que no pudo ni siquiera contemplar. El Centro Botín es ese árbol que iremos viendo crecer, que otros muchos verán crecer. Santander tiene ya abiertas las puertas para estar en el circuito mundial del arte. A partir de ahora no habrá que dejar de transitarlas de un lado al otro del pachinko. Los dos volúmenes están anclados a la tierra, sí, pero su figura también nos dice, creo yo, que quiere moverse, que quiere que nos movamos, que naveguemos, que no dejemos de hacerlo. Durante un tiempo, dos cabalgaron juntos. Ahora seremos más, mucho más, los que seguiremos cabalgando, navegando, soñando desde este Centro Botín que acaba de inaugurarse y que ya es de todos.

 

CON EL REY FELIPE, AUNQUE NO ESTÉ DE MODA

 

“Estamos hablando nada menos que del arco que sostiene el edificio constitucional del país…”

ASM en El Oficio de Unir en referencia al Príncipe de Asturias

 

Vi y oí la pitada al Rey en la final de la “Copa del Rey”: triste, anodina, sin convicción ni contenido. No se percibía enfado ni rabia. Nada, no se percibía nada. Era como una música de fondo impuesta por no se sabe quien. O sí. Miraba yo al Rey y sentía tristeza. No por él que ya está acostumbrado a estas cosas; lo que me irritaba eran las malas maneras que se están extendiendo como un cáncer en nuestro país. No puedo con ellas: protesto.

Siento debilidad por el Rey. Quizás porque lo conocí cuando era muy joven, cuando era solo un niño. Vamos quedando ya pocos de esos. Reconozco y admiro sus gestos, sus palabras, sus silencios. Empiezo por aquí. Escribo que estoy con el Rey Felipe VI, aunque no esté de moda hacerlo. O precisamente por eso, porque no está de moda, porque, de algún modo, es ir contra la corriente común de nuestro tiempo que parece incitar a la duda, a la desconfianza, al insulto. Decía Félix de Azúa en un artículo en el diario El País que la nuestra es una democracia de cabreros en la que prevalece la descalificación arbitraria sobre el argumento o la razón. Con perdón para los cabreros, habría que decir. Lo era en tiempos de Azaña y lo sigue siendo, en estos tiempos de internet en los que los cabreros sin cabras pastan a sus anchas en las redes sociales o en los campos de fútbol. No habla Azúa de los pitos que recibió el rey en la final de la Copa pero podría haberlo hecho. En la de este año y en la del año pasado. Jugaban equipos del País Vasco y de Cataluña. Y, claro, algunos pensaron, y siguen pensando, que no hay escenario más adecuado, no hay amplificador más potente, para expresar su rechazo. Y pitaron. ¿Al Rey? ¿A la Corona? ¿A España? ¿Al himno? En fin, a todo junto. Ya se ha convertido en una especie de ritual, en algo que se repite por inercia. Se pita y ya está, sin pensar demasiado en las consecuencias, en los efectos.

Estoy seguro de que el Rey ya está curado de espanto de todo eso, ya ha comprendido bien el papel que le toca jugar, lo que debe de aguantar, lo que debe de asumir. Tampoco me cabe duda de que debe de tener muy claro lo que es inasumible, lo que tiene que defender a toda costa, lo que es consustancial al cargo que ocupa. No se habla nunca de eso, es innecesario, está ahí. Su padre, Juan Carlos, mantuvo la templanza y la serenidad en tiempos excepcionales, en los que nuestra democracia estaba gestándose. Supo navegar en tiempos revueltos, en tiempos difíciles, en los que la democracia era solo proyecto inseguro y débil. Supo ponerse el escudo y vestir el traje adecuado en el momento oportuno, cuando hacerlo era tanto un riesgo como un mensaje. No todo ha sido un camino de rosas. No iba a serlo, no podía serlo. Seguro que ha cometido errores, todos los cometemos cada día. Y no hay nada más difícil de mantener que la sobreexposición permanente, casi cotidiana, del poder político en su representación más alta, más simbólica. Es verdad que ha habido motivos para el desencanto, para la indignación, para el cabreo de la gente, en todos los ámbitos de nuestra vida social. Nuestro Rey emérito abdicó. Tuvo que hacerlo. Supo hacerlo. Y Felipe VI tomó el testigo en tiempos revueltos, en tiempos difíciles. No como los de su padre, distintos, quizás más completos, más delicados.

Y ahí está con discreción, sabiduría y entereza. No es noticia salvo cuando le pitan o en casos excepcionales; no está de moda. En una obligada espera familiar con mi Mac a mano les pido a algunos jóvenes que me acompañan que lean lo que estoy escribiendo sobre el Rey. Les da pereza, no les apetece. No consigo que lo hagan. Forman parte de una generación que no da la menor importancia a esta cuestión. Lo colocan en la órbita del símbolo, el protocolo y las revistas del corazón. Y eso me exaspera. Me pongo serio y les suelto de pronto lo que escribí hace ya algunos años cuando Felipe VI era Príncipe de Asturias : “Estamos hablando nada menos que del arco que sostiene el edificio constitucional del país…” Ahí queda eso pensé, pero no se inmutaron. Uno de ellos ,más lanzado, reaccionó y volvió a lo de la moda : “pues mira, cuanto menos esté de moda la monarquía, mejor, menos peligro correrá”. Un poco duro me pareció pero aquí queda. Yo seguiré estando con Felipe VI esté de moda o no esté de moda.

 

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