Allende Guadarrama

Un blog de Antonio Sáenz de Miera

YO ME FÍO DE AL GORE

 

 

Podría decirte que soy inmune a todo,
pero eso es mentira.
El polvo no se convierte en flores.
Los cielos no desaparecen,
pero he visto la verdad convertirse en poder.

Truth to power, BSO “Una verdad muy incómoda”

 

 

No depende de mí, decimos. No puedo hacer nada o casi nada, pensamos. No está en mis manos, creemos. Y lo cierto es que nos equivocamos de cabo a rabo, por pereza o por irresponsabilidad, o por las dos cosas a la vez. Hablo del cambio climático por la acción del hombre, de lo que eso ya nos está afectando, y de lo que nos afectará en el futuro. Para mí no hay duda de que es un asunto grave que nos concierne a todos. Ya estaba aquí desde hace tiempo pero lo ignorábamos. Y ahora está aquí de forma cada vez más visible y apremiante.

Pensé mucho en todo esto el verano pasado: las noticias sobre temperaturas y sequías eran escalofriantes. Se decía que la España verde era  ya como la España seca y que  la España seca se estaba  convirtiendo  en un desierto. Ahora, en pleno otoño, seguimos como en pleno verano, y tan contentos. A mi me parece una locura pero, que se le va a hacer me dicen. Se mira para otro lado ante algunos fenómenos comprobados y alarmantes: las temperaturas globales han venido aumentando de manera sistemática desde 1880; el nivel del mar ha aumentado  20 cm desde comienzos del siglo XX…Nada, no nos inmutamos y por si faltara poco ahí  tenemos a Trump retirando a Estados Unidos   del Acuerdo del clima alcanzado en París. ¿A qué esperamos para actuar?

 

 

El viernes pasado  fui  al estreno comercial de la película de Al Gore sobre el calentamiento global. Había oído que daba un toque a Trump; bien pensé. Saqué las entradas con antelación pensando en un llenazo pero éramos cuatro gatos. A muchos no les interesan estas cosas y hay otros  que piensan que Al Gore es un ególatra, no se fian de él. A mi sin embargo el documental me interesó y me gustó. Me fío de Gore y le agradezco que, en vez de dedicarse a jugar al golf y a vivir de las rentas de su pasado político, dedique su tiempo y su vida a luchar por el planeta. Me atrevo a recomendaros que vayáis a ver “Una verdad muy incómoda” que es el título de esta segunda parte de su mensaje cinematográfico. El documental es  una exploración visual del dónde y el cómo se encuentra el planeta ahora mismo: calles inundadas en Miami Beach, glaciares de Groenlandia derritiéndose dramáticamente, áridos paisajes en los que antes prevalecía la opulencia vegetal, o largas praderas cubiertas de matojos en las que hasta los ochenta había solo hielo. Un desastre. Los gráficos y el “power point” del anterior documental han dejado paso a un Al Gore más   metido en política, más seguro de si mismo me parece a mi,  aunque un tanto decepcionado: piensa que no le hacen el caso que se merece. ¿Ególatra?; sí algo hay seguramente de egolatría en esa necesidad de estar en todas partes, pero lo que importa realmente es si tiene o no razón y desgraciadamente hay que pensar que la tiene. “Ahora o nunca” es el mensaje.

Si hubiera podido hablar con Gore, estábamos él y yo prácticamente solos en el cine Renoir, le habría trasladado esa preocupación mía: ¿ qué podemos hacer tipos como yo y mis lectores  para evitar el desastre que anuncia en su documental ?. A falta de sus respuestas he acudido a   dos  expertos de menos fama  para que me echen una mano. Uno es un eminente profesor de la Pontificia y otro es mi primogénito. Los dos saben bastante de estas cosas y de lo que me hablan es, por ejemplo,  de consumo responsable. Hay que comer menos carne y reducir los alimentos que descartamos. Una medida de sentido común en todos los aspectos. Por cierto Gore se declara vegano aunque no quiere hacer propaganda de ello. Hay que procurar   reducir el consumo de energía y recurrir, en la medida de lo posible a nuestras posibilidades, a las energías renovables. Me dicen que deberíamos y podríamos cambiar sensiblemente nuestros hábitos de transporte: coger cada vez menos el coche privado y utilizar más el transporte público, o manejarnos en bicicleta por nuestras ciudades….

Elegid una, al menos una, de estas  propuestas y comprometeos con ella. Si lo hacéis esta entrada habrá servido quizás para algo. Y daos prisa para ir a ver el documental de Al Gore; pronto lo quitarán de las carteleras. Acordaos de lo que pasó en el estreno.

 

LA ETERNIDAD EN UN INSTANTE

 

Tu que estrenas a diario una nueva vida… cediendo el paso que es tu filosofía…eres niño más que diez a tus años todavía…si tu no vas al cielo nadie iría….”

Canción de Felipe del Campo dedicada  a su padre

 

 

 

Caía la tarde de un día casi otoñal del pasado mes de agosto en un bosquete de manzanos en Pola de Nava en Asturias, en torno a la casa de Luis Suárez y Mamen. Como todos los veranos estábamos reunidos allí un grupo de amigos para recordar a otro amigo muy querido que se nos murió hace unos años. Disfrutamos hablando de él, de su ingenio, de excursiones compartidas, de recuerdos, de las historias que nos contaba. Nos gusta estar juntos, cerca, alimentados y contagiados por una nostalgia suave y alegre, enlazados por la amistad y el recuerdo.

Se oyen unos compases: es Felipe del Campo que ha cogido su guitarra y empieza a entonar una melodía. Canta muy bien, con gusto y sentimiento. Ya nadie habla, Felipe se “queda con nosotros”, y nosotros con él, nos transporta a otro mundo. Vemos que su hermano Tomás sigue con los  dedos y con los gestos el ritmo de la música  y no tarda en ponerse también a cantar. Se sucede una canción tras otra. Ya somos todos los que cantamos, mejor o peor, da igual, cuando Felipe cada vez más alegre e inspirado, empieza a caminar por el prado con su guitarra en bandolera sin parar de cantar y cantar. Se levanta Tomás y le sigue simulando un sonido perfecto de trompeta que sale de sus labios, otro se levanta y le sigue, ya todos le seguimos, no podemos hacer otra cosa, nos llevan, nos dejamos llevar. Nos sentimos todos unidos por el paraíso que encontramos en ese instante, en el lugar al que nos han llevado los hermanos del Campo que supieron leer como ninguno de nosotros el momento… Y llevarnos.

Escultor, músico, pintor, Felipe, a quien conozco desde hace tiempo, es un artista completo y un gran montañero. De mirada viva y alegre, abierto y campechano es también un  buen amigo. A Tomás lo empiezo a conocer en ese instante mágico que se creó, que nos crearon ellos, que hicimos todos casi sin darnos cuenta. Tomás es la vuelta de Felipe, son iguales y distintos, son hermanos. Estos dos “pájaros” asturianos, listos y conectados por un hilo invisible, sin mediar una palabra, nos cogieron de la mano, aquel día, aquella tarde, aquel momento, nos subieron a su música, nos llevaron a ese sitio donde quisiéramos estar siempre, a ese instante que todo lo cura, que dura tan poco como el resto de tu vida, que ya no se olvida… Tal vez solo puede ocurrir en un momento determinado, cuando todo está preparado para ello, y unos duendes te saben guiar.

Aquel momento, que todavía puedo sentir hoy,  me lleva ahora a la canción que Felipe hizo a su padre, Gonzalo del Campo. De él me hablaron cuando yo mostraba mi admiración por los dos hermanos: “la gracia, el carácter, la sensibilidad cultural y sobre todo la alegría la han heredado de su padre”, me decían. Felipe le ha dedicado una canción preciosa, una canción que he escuchado ya varias veces. Me gusta oírla y vosotros tambien disfrutareis con ella si pinchais en el enlace que aparece al comienzo de esta entrada. Es un homenaje sentido y verdadero de un hijo hacia su padre, una muestra de respeto a la memoria. Porque creo que el afán de novedades es evasión que no conoce ni la esperanza, ni la paciencia, ni la memoria para que algo nuevo ocurra.

En Asturias, en Pola de Nava, en la casa de Luis Suárez y Mamen, nos pasó algo nuevo, y venía de la esperanza, de la paciencia, de la memoria que todos teníamos y sentíamos. Gracias Gonzalo, gracias hermanos, gracias amigos!!!

La economía colaborativa.
Y todos tan contentos…

 

Paloma y Antonio felices en Blablacar, vistos por Jorge Arranz

 

 

Estamos en un mundo en el que cualquier persona puede convertirse en empresario en sesenta segundos”

 

Teníamos que viajar urgentemente a Madrid y no había manera de conseguir billete en ningún transporte público. No sabíamos qué hacer. Estábamos en Guipúzcoa sin coche y sin nadie cercano que nos pudiera llevar. Un buen lío, o eso nos parecía. Era una de esas situaciones imprevistas que obligan a aguzar el ingenio, a salirse del carril de lo conocido. Los hijos, más ágiles, más al día, y más temerarios quizás -aunque la cosa no es para tanto- dieron con la solución. Estaba en internet. Hoy en día parece que todo, o casi todo, se encuentra en la red. Como imaginaba Borges, es una enorme biblioteca universal, pero también es un enorme mercado abierto donde todo se puede encontrar.

Nuestra solución tenía un nombre: Blablacar. Era algo completamente nuevo para nosotros  pero que seguro que muchos  ya conocéis.Con todo, lo quiero contar para beneficio de los de mi quinta.  Hay que estar al día amigos. Eso de blablacar puede parecer una broma, un juego de niños, pero es algo útil, práctico y nada dificil gracias a internet. Se trata de la mayor red social del mundo de coches compartidos, con 40 millones de usuarios. Algo serio, realmente serio. Un buen ejemplo del fenómeno de la llamada economía colaborativa, tan de moda últimamente y de la que sabemos tan poco los “mayores”. El funcionamiento no puede ser más sencillo: a través de su página web se accede a la  oferta de conductores con un destino y horario concretos y que tienen plazas libres en sus coches. La oferta a través de Internet se pone en contacto con la demanda. Así de fácil.

Necesitábamos ir a Madrid y resultó que Sara y David nos podían llevar en su coche desde San Sebastián. Convinimos un precio y un horario, pagamos con nuestra tarjeta de crédito y asunto resuelto. Economía colaborativa, economía de intercambio, todos salimos ganando. Además, esa red tan aparentemente fría nos ofrecía la posibilidad de conocer gente nueva… Todos salíamos ganando… Nada más fácil. O así  nos parecía después de ver el cielo abierto.

Pero enseguida nos asaltaron algunas dudas: ¿quiénes eran Sara y David? ¿cómo nos íbamos a meter en un coche con gente que no conocíamos de nada? Dudas lógicas, dudas razonables. El miedo a lo nuevo, a lo desconocido. Pero la situación apremiaba y no teníamos otra opción. Además, era una oportunidad de hacer algo distinto, de tener una “experiencia”. Exactamente lo mismo pero visto desde el otro lado. En lo que vemos una amenaza también hay una oportunidad. El atrevimiento no es un atributo solo de los más jóvenes. En ocasiones hay que dejarse llevar….

No conocíamos a Sara ni a David pero sí sabíamos muchas cosas de  ellos. Una parte esencial del éxito de Blablacar son los comentarios de los usuarios: comprobamos que nuestros conductores eran gente de confianza y de que su coche era bueno. Eso decían los que habían viajado ya con ellos y no había porqué dudar de su opinión.

De todas formas, cuando la mañana siguiente Paloma y yo entramos en el coche de David y Sara no las teníamos todas con nosotros. Habíamos elegido la opción “conversación” –también se puede elegir “silencio”- y de forma natural empezamos a hablar con nuestros “empresarios”, con esa gente a la que habíamos pagado para que nos llevaran a Madrid y que resultó que era una gente estupenda. Es verdad que las nuevas tecnologías en muchos casos separan, aíslan a las personas. Pero también unen. Este fue el caso al menos para nosotros. Blablacar nos unió a las vidas y a las historias de Sara y David. Y nos dio una solución de transporte cuando todo lo teníamos en contra. A la hora convenida estábamos en Madrid y en el camino habíamos tenido la oportunidad de conocer a dos jóvenes de primera. Ahorramos dinero y ganamos dos nuevos amigos. Y todos tan contento…. Escribo esta entrada en Madrid pero mañana quiero volver a Deba y naturalmente estoy a la búsqueda de un blablacar que me lleve para allá. Espero encontrarlo y sino me iré en tren que también me gusta. Ya os contaré.

 

PD: este verano, como debe ser,  he estado vago. No he dejado de pensar sin embargo en el resultado de mi encuesta particular sobre el futuro de este blog después de las cien entradas y, como estáis viendo, sigo haciendo más o menos lo mismo. Eso es lo que me aconsejaba la mayoría aunque otros me pedían un poco de variación. El otoño que pronto llegará puede ser un buen momento para intentarlo: “En una decadencia de hermosura, la vida se desnuda, y resplandece la excelsitud de su verdad divina”, escribe Juan Ramón Jiménez.

 

EL SENTIDO DE UN FINAL

 

 

“Se confirma que la muerte de Miguel Blesa en una finca de Córdoba fue un suicidio”

 

El País 20 julio 2017

Poseía quince rifles. Así lo cuentan las noticias que se publican estos días sobre su vida y milagros. Quince nada menos ¿no son demasiados? ¿Para qué demonios quería tantos rifles? Uno solo de ellos le bastó para quitarse la vida en Puerto del Toro. No digo esto para sumarme al auto de fe que se ha producido en las redes sociales en torno al suicidio del que fue presidente de Caja Madrid. No quiero formar parte de esa cacería despiadada sobre un hombre que seguramente cometió muchos errores y que ha terminado mal. Solo pretendo darle vueltas al sentido de un final como este, al sentido de una vida entera que termina de forma tan trágica. Una muerte como la de Miguel Blesa da qué pensar, da para pensar en el cómo y en el qué de lo que somos y lo que tenemos, en los riesgos de una ambición desmedida y temeraria que pueden conducir finalmente a la perdida del sentido de la realidad y de la propia vida.

Tampoco pretendo ponerme excesivo. Pero algo sí. Porque cualquier suicidio viene acompañado de una interrogación sobre el sentido de la vida que nos interpela a todos. ¿Por qué lo hizo? Podemos hacer nuestras conjeturas, nuestras cábalas sobre qué pudo llevarle a apretar el gatillo de su propio rifle de forma tan calculada y en lugar tan cercano al panteón familiar. Todo estaba previsto: no podía aguantar más el estado de soledad y rechazo en el que se encontraba. Podemos imaginar, por ejemplo, la inquietante deriva que puede llegar a desencadenar una ambición incontenible por tener más y más sin reparar en para qué y podemos imaginar la situación de zozobra y desamparo que se produce al ver que todo aquello se viene abajo, que el sueño se desmorona. Algo de eso podemos deducir por lo que sabemos del banquero Miguel Blesa.

Es muy difícil percibir el umbral a partir del cual la, en principio, sana ambición por mejorar, por tener más para vivir mejor, se convierte en una trampa mortal, en un despropósito que conduce al precipicio. Y una vez allí, ya solo queda dar un paso, solo un paso, un gesto para que todo acabe de una vez y para siempre. Me he preguntado a menudo por qué razón personas que tienen ya más de lo que puede imaginar, que supuestamente han llegado al súmmum de la riqueza y de lo que la riqueza puede proporcionar -cuántos rifles, cuantas fincas, cuantos placeres, cuantos cuadros, cuantos manjares, cuantos coches, cuantos viajes, cuantos barcos, cuantas joyas, cuantos incunables, cuantos servidores- siga ambicionado más y más, sin medida ni final. No consigo comprenderlo, no consigo entender que se siga corriendo riesgos para conseguirlo. ¿Es el veneno del trabajo?; ¿es el veneno del poder? ¿es el veneno del propio riesgo, ese vértigo que estimula a los jugadores?. Se ha dicho que Blesa fue el primer banquero encarcelado, no es cierto. Antes de él estuvo en prisión Mario Conde, el paradigma del éxito en los años del optimismo y del dinero fácil, presa también de una ambición desmedida que destrozó su vida aunque no acabó con ella. Curiosamente no tuvo el rechazo social que contribuyó probablemente a hundir a Blesa en la miseria. Banesto era un banco privado y no una Caja de Ahorros con una finalidad social. Todo parece los mismo pero no todo es lo mismo para la gente del común.

Nos podemos imaginar que Miguel Blesa no tuvo valor para afrontar lo que le venía encima. Quizás se quedó solo, muy solo. Quizás descubrió que detrás de tanta mentira solo le quedaba la muerte como lo único realmente verdadero. Si la vida es un misterio, la muerte lo es aún más. No doy con el sentido de este final, porque para mí la vida no se acaba nunca. Eso es lo que seguramente piensan los seguidores del cantante Chester Bennington que según leo se siguen reuniendo en torno a la casa en la que recientemente puso fin a su vida porque dicen que no lo entienden. Nunca llegaran a entenderlo, por mucho que se reúnan.

YA TENGO CIEN: ¿Y AHORA QUÉ?

 

 

“Es necesario que todo cambie para que todo siga igual”

El Gatopardo

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

 

 

Cuando en 2013 empecé a escribir este blog nunca pensé que llegaría a las cien entradas. Nunca, ni de broma. Al verme tan entusiasmado con la idea, Pedro Linares que me inició en este oficio, no dejaba de decirme que lo fácil era empezar y que eran muchos los que abandonaban pronto. Creo que dudaba de mi. Yo también dudaba de mi. Pero debo de confesar que enseguida le fui cogiendo gusto al asunto. Me iba la marcha. Miraba y volvía a mirar las primeras entradas y los primeros comentarios. Estaba tan deslumbrado con WordPress y sus posibilidades como podía estarlo un novato poco ducho en las nuevas tecnologías. Eso de ser bloguero a mi edad me rejuvenecía y nada más importante que eso cuando uno ve como van pasando los años. El caso es que, ya lo veis, he llegado a las cien entradas casi sin darme cuenta. Cien escritos son cien historias que he contado y he compartido con vosotros. Con vosotros que sois amigos todos, a quienes os veo casi todos los días, a quienes os veo de vez en cuando, a quienes ya apenas os veo. Eso es lo más importante, lo verdaderamente importante, lo que está en el fondo. Lo mismo de siempre, lo que no cambia. El propósito de los propósitos. Eso no quiero perderlo. Este blog es una especie de hilo me conecta, me engancha, me enlaza, me mueve… Seguiré, pues, dándole a la tecla y a la imaginación.

Seguiré. No tengo duda. Pero quiero seguir y quiero cambiar, las dos cosas a la vez. Lo que pasa es que no tengo claro qué y cómo cambiar. Estas cien entradas han ido adquiriendo un formato muy definido: una foto o un dibujo -casi siempre del genial Jorge Arranz-, una cita o, a veces, una canción, 800 palabras más o menos, cada quince días más o menos. No he sido muy estricto, pero he procurado seguir una pauta, un cierto ritmo. Los temas han sido tan diversos como lo es la vida, como lo son nuestros gustos, nuestros intereses, nuestras aficiones, nuestros cabreos. La primera entrada ¿Qué mosca me ha picado? era producto de eso, de un cabreo. He procurado no dejarme llevar por lo convencional, por lo impuesto, por lo que nos marca la actualidad que nos dicen los medios de comunicación, los telediarios, el mundo de la política. No sé si lo he conseguido del todo. Si debo de confesar que he tratado, en la medida de lo posible, de escribir sobre asuntos que, además de interesarme a mí, intuía que podían interesar a la mayoría de vosotros. Asuntos en los que yo hubiera participado, de algún modo, en los que hubiera tenido alguna experiencia. En la mayoría de las ocasiones me he preocupado más por contar algo, por explicarlo, por anunciarlo incluso, que por dar una opinión.

Pero no va a ser siempre lo mismo o parecido o similar. Conviene darle la vuelta a las cosas, para que duren, para que aguanten. Empecé este blog con un propósito, el mismo que ahora tengo, y, espero, seguir teniendo por mucho tiempo. El mismo, no cambia, pero creo que hay que cambiar algo para que este propósito inicial y permanente siga manteniendo el mismo fuelle. O más, si acaso.

Algo tiene que cambiar para que todo siga igual. He pensado que para eso os tengo a vosotros, mis amigos, mis lectores, también mis escribientes. Juan Cruz, mi vecino periodista del barrio de Chamberí, cuenta en “Un golpe de vida”, su último libro, que su madre le decía que siempre estaba preguntando, que se pasaba la vida preguntando. Lo tenía muy adentro desde muy temprano, su destino era preguntar, no dejar de preguntar, seguir preguntando, su destino era ser y seguir siendo periodista. Ahora yo también quiero haceros una preguntar: ¿Qué me decís? ¿Qué se os ocurre que podría hacer con mi blog? Quiero que me lo digáis como queráis: en comentarios al blog o con mensajes directos a mi correo electrónico. Pero escribidme cosas. Necesitaba haceros esta pregunta que pudiera ser una consulta vinculante, porque cada sugerencia que me hagáis me obligará, en cierto modo. Parece que García Marquez dijo que escribía para que le quisieran. A mi me pasa un poco lo mismo. A mucha gente, creo yo, le pasa un poco lo mismo. Escribimos para no estar solos. Enviadme vuestras ideas para este blog, que es mío y es vuestro. Ya tengo escritas cien entradas. Ahora, la 101, la siguiente de otras cien más, empezará a ser, con vuestra ayuda, algo distinto. Podría hacer un concurso. Podría dar un premio. Tal vez lo haga. No dejéis de escribir, amigos, ahora os toca a vosotros darle al magín.

EL ARQUITECTO Y EL BANQUERO.

 

El Centro Botín visto por Jorge Arranz

 

Serit arbores,

Quae alteri saeculo prosient.

Planta árboles,

Que otros verán crecer.

 

Marco Tulio Cicrón

 

Todo acaba llegando. Los sueños acaban llegando, se acaban haciendo realidad. Solo hay que perseverar, contra viento y marea, porque casi nunca se navega a favor de corriente cuando se trata de hacer algo nuevo, algo diferente. Me acerqué al Centro Botín siguiendo las instrucciones de uso de Renzo Piano: fui al Mercado del Este y desde la puerta que da la calle Trafalgar llegué a los jardines de Pereda. Los atravesé y me encontré con dos volúmenes ligeros, de color pálido, flotando suavemente sobre la luz del mar y la bahía. Son tan ligeros y están tan embebidos en el paisaje que uno podría llegar a pensar que siempre habían estado ahí. No es cierto. Antes no estaban. Antes no eran sino el producto de la idea y el sueño de dos personas que querían y podían hacer algo nuevo. Dos personas con nombres y apellidos, dos visionarios que decidieron cabalgar juntos al lomo de una idea que compartieron y a la que fueron dando forma poco a poco. Un banquero y un arquitecto, Botín y Piano. Unos equipos de colaboradores a los que lograron ilusionar. Una ciudad, una bahía y un proyecto. Eso era todo, ese era el punto de partida.

Conocí a Renzo Piano en uno de los actos de inauguración del Centro Botín. Había leído declaraciones suyas en las que expresaba su admiración por Emilio Botín, pero fue allí, en el pachinko, punto de unión de las dos “almas” del edificio, en donde le oí hablar del “dialogo a dos” como santo y seña del proceso de gestación y desarrollo del proyecto. No era “su” obra, de Renzo el arquitecto, era una creación de dos personalidades en un momento de su vida en que se sentían ya sin ataduras y con las ambiciones y los egos plenamente colmados. Los dos podían soñar y arriesgar.

Estaba Renzo distendido y feliz el día de la inauguración. Es un hombre simpático, cariñoso y vivaz. Tuvo con Botín una relación profunda durante más de dos años y le gusta hablar de ello. No quiere quizás que quede en el olvido el papel que jugó en aquella aventura el viejo banquero. Fue él, Botín, quien “le ordenó” que diseñara un edificio rompedor en un lugar que resultaría polémico. Se anticipaba a las dudas, a las reservas que pudieran aparecer, y las asumía como alguien acostumbrado a ello. Banquero y arquitecto confluyeron, se mezclaron, soñaron, cabalgaron juntos. Botín y Renzo formaron un tándem imparable con un proyecto que les unía, en el que ponían la pasión y la generosidad de dos niños grandes, de dos arquitectos banqueros que imaginaban lo mejor para una ciudad, para un paisaje, para una gente. Nunca se puede saber, pero me temo que sin esa sintonía generacional habría sido difícil saltar alegremente tantas barreras y tantos prejuicios. Renzo y Botín sintonizaron, se situaron en la misma longitud de onda, se escucharon, se “recrearon” en un proyecto que les daba vida y libertad.

El Centro Botín era una apuesta arriesgada y cuando su silueta empezó a tomar forma en la hermosa bahía santanderina algunos se preocuparon, se inquietaron. Todos los cambios asustan un poco o mucho. Es natural que esto ocurra, hay que contar con ello, dar tiempo al tiempo. Hoy esta nave inmóvil ya empieza a moverse, ya empieza a ser una ilusión colectiva, ya empieza mostrar su perfil seguro y vanguardista al borde del mar, donde todos los sueños son posibles. Los ciudadanos de Cantabria acudieron en masa el fin de semana que se abrió al público el Centro y son casi cien mil los que están ya en posesión de un pase permanente. Tienen una ilusión que ya es una realidad generadora de otras muchas ilusiones.

La de Botín, compartida por Renzo, era que el edificio volara sobre la bahía, que flotara en ella, despegado del suelo, abierto al mar. Tenía la idea muy clara. Quería que todos los santanderinos lo sintieran como propio, que estuvieran orgullosos de él. Plantamos árboles que otros verán crecer, dicen los clásicos. Botín plantó un árbol que no pudo ni siquiera contemplar. El Centro Botín es ese árbol que iremos viendo crecer, que otros muchos verán crecer. Santander tiene ya abiertas las puertas para estar en el circuito mundial del arte. A partir de ahora no habrá que dejar de transitarlas de un lado al otro del pachinko. Los dos volúmenes están anclados a la tierra, sí, pero su figura también nos dice, creo yo, que quiere moverse, que quiere que nos movamos, que naveguemos, que no dejemos de hacerlo. Durante un tiempo, dos cabalgaron juntos. Ahora seremos más, mucho más, los que seguiremos cabalgando, navegando, soñando desde este Centro Botín que acaba de inaugurarse y que ya es de todos.

 

CON EL REY FELIPE, AUNQUE NO ESTÉ DE MODA

 

“Estamos hablando nada menos que del arco que sostiene el edificio constitucional del país…”

ASM en El Oficio de Unir en referencia al Príncipe de Asturias

 

Vi y oí la pitada al Rey en la final de la “Copa del Rey”: triste, anodina, sin convicción ni contenido. No se percibía enfado ni rabia. Nada, no se percibía nada. Era como una música de fondo impuesta por no se sabe quien. O sí. Miraba yo al Rey y sentía tristeza. No por él que ya está acostumbrado a estas cosas; lo que me irritaba eran las malas maneras que se están extendiendo como un cáncer en nuestro país. No puedo con ellas: protesto.

Siento debilidad por el Rey. Quizás porque lo conocí cuando era muy joven, cuando era solo un niño. Vamos quedando ya pocos de esos. Reconozco y admiro sus gestos, sus palabras, sus silencios. Empiezo por aquí. Escribo que estoy con el Rey Felipe VI, aunque no esté de moda hacerlo. O precisamente por eso, porque no está de moda, porque, de algún modo, es ir contra la corriente común de nuestro tiempo que parece incitar a la duda, a la desconfianza, al insulto. Decía Félix de Azúa en un artículo en el diario El País que la nuestra es una democracia de cabreros en la que prevalece la descalificación arbitraria sobre el argumento o la razón. Con perdón para los cabreros, habría que decir. Lo era en tiempos de Azaña y lo sigue siendo, en estos tiempos de internet en los que los cabreros sin cabras pastan a sus anchas en las redes sociales o en los campos de fútbol. No habla Azúa de los pitos que recibió el rey en la final de la Copa pero podría haberlo hecho. En la de este año y en la del año pasado. Jugaban equipos del País Vasco y de Cataluña. Y, claro, algunos pensaron, y siguen pensando, que no hay escenario más adecuado, no hay amplificador más potente, para expresar su rechazo. Y pitaron. ¿Al Rey? ¿A la Corona? ¿A España? ¿Al himno? En fin, a todo junto. Ya se ha convertido en una especie de ritual, en algo que se repite por inercia. Se pita y ya está, sin pensar demasiado en las consecuencias, en los efectos.

Estoy seguro de que el Rey ya está curado de espanto de todo eso, ya ha comprendido bien el papel que le toca jugar, lo que debe de aguantar, lo que debe de asumir. Tampoco me cabe duda de que debe de tener muy claro lo que es inasumible, lo que tiene que defender a toda costa, lo que es consustancial al cargo que ocupa. No se habla nunca de eso, es innecesario, está ahí. Su padre, Juan Carlos, mantuvo la templanza y la serenidad en tiempos excepcionales, en los que nuestra democracia estaba gestándose. Supo navegar en tiempos revueltos, en tiempos difíciles, en los que la democracia era solo proyecto inseguro y débil. Supo ponerse el escudo y vestir el traje adecuado en el momento oportuno, cuando hacerlo era tanto un riesgo como un mensaje. No todo ha sido un camino de rosas. No iba a serlo, no podía serlo. Seguro que ha cometido errores, todos los cometemos cada día. Y no hay nada más difícil de mantener que la sobreexposición permanente, casi cotidiana, del poder político en su representación más alta, más simbólica. Es verdad que ha habido motivos para el desencanto, para la indignación, para el cabreo de la gente, en todos los ámbitos de nuestra vida social. Nuestro Rey emérito abdicó. Tuvo que hacerlo. Supo hacerlo. Y Felipe VI tomó el testigo en tiempos revueltos, en tiempos difíciles. No como los de su padre, distintos, quizás más completos, más delicados.

Y ahí está con discreción, sabiduría y entereza. No es noticia salvo cuando le pitan o en casos excepcionales; no está de moda. En una obligada espera familiar con mi Mac a mano les pido a algunos jóvenes que me acompañan que lean lo que estoy escribiendo sobre el Rey. Les da pereza, no les apetece. No consigo que lo hagan. Forman parte de una generación que no da la menor importancia a esta cuestión. Lo colocan en la órbita del símbolo, el protocolo y las revistas del corazón. Y eso me exaspera. Me pongo serio y les suelto de pronto lo que escribí hace ya algunos años cuando Felipe VI era Príncipe de Asturias : “Estamos hablando nada menos que del arco que sostiene el edificio constitucional del país…” Ahí queda eso pensé, pero no se inmutaron. Uno de ellos ,más lanzado, reaccionó y volvió a lo de la moda : “pues mira, cuanto menos esté de moda la monarquía, mejor, menos peligro correrá”. Un poco duro me pareció pero aquí queda. Yo seguiré estando con Felipe VI esté de moda o no esté de moda.

 

LA POSVERDAD EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

El Consejo de Seguridad de la ONU visita zona veredal de agrupamiento de las FARC en el Meta, Colombia

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El cólera fue mucho más encarnizado con la población negra por ser la más numerosa y pobre, pero en realidad no tuvo miramientos de colores ni linajes”
El amor en los tiempos del cólera
Gabriel García Márquez

 

 

Siempre tengo motivos para volver. Colombia forma parte ya de mis pasiones, esas que no se pueden abandonar, esas que siempre regresan. Ya me vais conociendo: me pasó con el 68 francés, con el 11S, con Lula, con las fundaciones…No me cabe ninguna duda además de que lo que pasa en Colombia también, aunque nos parezca que está muy lejos, pasó o está pasando aquí.

Así que  he vuelto a Colombia. A finales de 2016 pasé allí una temporada escuchando emociones e impresiones sobre el Proceso de Paz. Hablaba poco; trataba sobre todo de entender entre líneas lo que había o podía haber debajo de las palabras, lo que se decía y lo que se callaba, el cansancio evidente de unos, de la esperanza evidente de otros. Estuve justo después del plebiscito en el que una mayoría ajustada de la población había rechazado el primer Acuerdo presentado a bombo y platillo en Cartagena de Indias. Hubo un alto nivel de abstención para un asunto de tal calado. El resultado del plebiscito y la alta abstención daban mucho para pensar, para hablar, para tratar de entender. Viví muy intensamente los delicados momentos que se sucedieron hasta la firma de un nuevo Acuerdo impulsado con indudable valentía por el presidente Santos. Me hice Santista cuando muchos ya no lo eran.

Tomé nota de lo que escuché y escribí en un ensayo: “sociedad civil y paz” que fui a presentar a la Feria del Libro de Bogotá que es todo un espectáculo de cultura de bullicio y de alegría. Casi no tuve tiempo para nada. Pero el libro publicado me permitió volver a conversar sobre el proceso de paz. Esos pocos días me han dado para escribir esta entrada sobre la posverdad un término que se ha puesto de moda en nuestros tiempos.. Una palabra que, para mi sorpresa, ha sido elegida como “palabra del año” en el diccionario Oxford y que refleja una situación en la que: “los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Comprobé que el termino era menos común en Colombia que entre nosotros pero el fenómeno, tan viejo como el mundo, sí estaba allí. Nunca pude imaginarme que las cosas hubieran cambiado tanto desde que dejé Colombia. Incluso en amigos entusiastas del proceso de paz en mi primera visita mostraban ahora un desánimo preocupante. ¿Qué había pasado?. ¿Cómo se podía entender que la dichosa posverdad, que no es sino una mentira disfrazada, hubiera calado en tanta gente y en gente tan distinta?. Me acordé de la cita de García Márquez sobre el cólera que abre esta entrada: también la posverdad afecta más a unos que a otros, pero “no tiene miramientos con colores ni linajes”. Los taxistas de Bogotá dicen estar seguros de que Santos es el jefe de las Farc y Uribe de los paracos, solo ellos se lo creen, pero me sorprendió y mucho que gente “enterada”, algunos muy cercanos, hicieran suyas fábulas políticas difíciles de digerir. Eso me preocupó: la paz requiere de justicia en primer lugar pero también de generosidad, de voluntad de acuerdo, de confianza de palabras precisas, no contaminadas. No se puede vivir en paz con verdades a medias, con mentiras mezcladas de verdad. Me temo que en Colombia, en estos momentos, la posverdad navega a favor de corriente; los que la alimentan y la difunden saben que calará en un caldo de cultivo dispuesta a recibirla y agitarla. Es contagiosa, muy contagiosa. Tanto como el cólera, pero no podrá parar un proceso que es ya imparable. Estando yo en Bogotá se produjo un acto de enorme transcendencia al que muchos trataron de quitar importancia. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas pasó varias horas en una zona veredal en el departamento del Meta, visitando espacios en los que se encuentran reunidos los integrantes de la guerrilla de las Farc para dejar las armas. Nunca las Naciones Unidas habían tomado una iniciativa semejante pero esa verdad se convirtió en posverdad y la presencia de la ONU se atribuyó a un acto de propaganda de Santos. Habrá que evitar a toda costa la asimilación del proceso de paz con una determinada opción política, pero algunos no dejan de intentarlo. Es ya inútil: la paz estable y duradera tardará más o menos en llegar pero es, repito,  imparable. “Supe que la paz sería real y civil” me atreví a escibir en ese libro que presenté en Bogotá y en ello me mantengo a pesar de las posverdades.

 

muévete en bici
por tu bien y el de tu ciudad

Son las de las bicicletas

las únicas cadenas

que dan libertad.

Ciclista anónimo

 

 

 Me temo que yo no. Ya no. Ya estoy algo mayor. Dos  noes para venir ahora a un sí muy convencido. Me uno con entusiasmo a la campaña de la Comunidad Muévete #PorElClima a favor de la movilidad urbana sostenible. Me uno con entusiasmo a la promoción de las bicicletas eléctricas porque aunque yo no pueda, ni deba, intentar utilizarlas, (ganas no me faltan) me gusta que otros sí que lo hagan. Me gusta que se animen, se diviertan y se aprovechen de esa iniciativa concreta, precisa y sana que nos mueve a la acción, a cambiar de hábitos, a tomar una decisión para empezar a arreglar “nuestro trozo de nuestra acera”.

Uno de mis hijos, Gonzalo, que es un verdadero apóstol de esta causa, la de las bicis eléctricas, la del “medio ambiente”, me animó a asistir a una reunión en la que se iba a tratar de estos importantes asuntos  con motivo del Día Mundial de la Bicicleta que se celebra anualmente el 19 de abril en conmemoración del benéfico paseo en bicicleta del científico suizo Albert Hofman después de realizar en si mismo una prueba para determinar los efectos del LSD. Ya veis, si no fuera por los hijos uno no se enteraría jamás de algo así. Me apetecía ir y traté de encontrar a alguno de “mi equipo” que me acompañara. Negativo: “pero que se nos ha perdido a nosotros en eso de las bicis eléctricas” me decían. No se enteran de nada estos colegas míos. Algo habrá que hacer, digo yo, y dicen muchos más y con más autoridad que yo, para acabar con la locura del caos circulatorio que afecta a la calidad y a la salud de nuestra vida, a la mala vida que llevamos por la polución que nos envuelve y la angustia que nos produce el tráfico de nuestras ciudades. Lo de ahora es una locura, no deja de ser una locura por más que miremos hacia otro lado, por más que nos desorientemos con otros asuntos llamativos, quizás, pero seguro que menos alarmantes.

Así que me fui solo a la reunión que se celebraba en la calle del Nuncio, en Madrid y me alegré, y mucho, de haber ido. Antes de entrar en ella, me di una vuelta por el barrio de La Latina. La mañana no podía ser mejor. Aunque no iba en bicicleta, entré con el mejor espíritu, con la mejor disposición. Me enteré de muchas cosas que, como ahora se suele decir, quiero  compartir. La más importante sin duda para los que después de leer todo lo anterior estén ya empezando a pensar en comprarse una  “eléctrica”, es la oferta que presentó en la reunión la ya mencionada Comunidad. Es muy buena y que conste que no llevo comisión: se comprometen a hacer un  descuento del 30% en el precio final a todas aquellas personas que se adhieran  y creen su perfil. Desde la web se accede de manera directa a la plataforma de compra que estará abierta durante dos meses. No quiero entrar  en más detalles; para eso está la Web y yo mismo si alguien me necesita. Aunque soy un completo ignorante me encantaría poder ayudar a mis lectores a moverse en bici por el clima, por la tranquilidad de nuestras ciudades, por la sostenibilidad de nuestro planeta.

Gonzalo, ese hijo mío que me ha metido en ésto y que con tanta gracia ha dibujado  Jorge Arranz para esta entrada,  ha publicado recientemente un artículo en El Confidencial en el que nos da 10 razones , 10, 10 motivos, 10, para hacernos con una bici eléctrica, para utilizarla y disfrutarla, para hacer nuestra ciudad más habitable y placentera. Nos habla en él de economía, de medio ambiente, de salud, de aprovechamiento de nuestro tiempo, de calidad de vida, de rapidez, de seguridad. No os voy a contar lo que ya cuenta él mucho mejor que pueda hacerlo yo. Lo que no voy a dejar de hacer es animaros a compraros una de estas bicicletas aprovechano, si es posible estas ofertas que, en algunos casos, van acompañadas de las de algunas empresas. Si tenéis que ir todos los dáis al trabajo trabajo y sois algo más jóvenes que yo, no lo dudéis. Y, también, y sobre todo, os animo a que difundáis la buena nueva. La vida puede ser más divertida de lo que nos creemos: a veces, basta con muy poco. Y, también, con muy poco, podemos empezar a cambiar el mundo: solo eso, una bicicleta con un pequeño motor eléctrico. No paremos de pedalear. Y si nos cansamos, ya tenemos una pequeña ayuda suplementaria. No hay excusa. A por ella.

 

EL INTACHABLE HOLANDÉS NOS LEE LA CARTILLA

 

“Soy cantor, soy embustero,
me gusta el juego y el vino,
Tengo alma de marinero…

¿Qué le voy a hacer, si yo
nací en el Mediterráneo?”

“Mediterráneo” Joan Manuel Serrat

 

 

El pasado vuelve como un boomerang. Nos fijamos en las cosas que cambian y dejamos de lado aquello que sigue estando ahí, presente como una losa invisible. Y nos sorprende cuando aflora. Aquellos complejos, estereotipos, fobias y xenofobias, entre norte y sur aparecen de nuevo como si nada hubiera pasado en estos años. Los países del sur de Europa están irritados por las declaraciones de Jeroen Dijsselblom, ex ministro de finanzas del gobierno holandés y todavía presidente del Eurogrupo, a un periódico alemán. Ha dicho, según cuenta la prensa, que lo que tienen que hacer (los del sur) es trabajar más en vez de gastarse el dinero en alcohol y mujeres y pedir luego ayuda a los del norte. Quizás como escribía Alex Grijelmo en El País del domingo pasado la transcripción de lo que dijo no sea totalmente cierta, pero me da por pensar que eso que se dice que ha dicho es lo que en realidad le pasa por la cabeza a Dijsselblom cuando desde su atalaya calvinista y puritana nos contempla a los del sur. Nada nuevo bajo el sol.

Al leer la noticia me vino inmediatamente a la memoria mi experiencia en el Club de la Haya. Cuando a comienzos de los ochenta me incorporé por iniciativa de Ricardo Díez-Hochleitner a ese selecto club de fundaciones europeas, quien mandaba realmente allí, fuera quien fuera el presidente de turno, era su fundador, Wilem Welling, director de la Fundación Bernard Vand Leer. Lo diré con toda claridad, porque quién me manda a mí, a estas alturas, andarme con rodeos: era una persona absolutamente insoportable, atrabiliaria y vanidosa que despreciaba olímpicamente a la gente del sur. De Francia para abajo, en términos geográficos, estábamos todos en inferioridad de condiciones, éramos los parientes pobres de aquel Club tan distinguido y de aquel insoportable Mr. Welling. El dominio del inglés influía sin duda en aquella situación -no quiero ni contar mis sudores en los discursos que tuve que pronunciar cuando llegué a “chairman”, pero también, y sobre todo, los complejos combinados de superioridad de los del norte y de inferioridad de los del sur. Ellos “sabían” y nosotros, los parientes pobres de abajo, no. Éramos nosotros quienes teníamos que aprender. Eso, ciertamente, no nos iba a llevar muy lejos. Esa Europa no era la Europa del trabajo que yo había conocido en el mundo asociativo de las relaciones laborales, más pegada al terreno por la fuerza de las cosas, era una Europa que conservaba reminiscencias de un pasado en el que el sur estuvo siempre relegado… Por eso cuando se critica la construcción de Europa a golpe de leyes y decretos, con infraestructuras comunes y cesiones de soberanía, yo pienso que esa era y es la única forma de construir una Europa realmente común.

Vuelvo ahora a Dijsselblom. Nuestro ministro calvinista que se precia en decir lo que piensa y cómo lo piensa, pertenece al partido socialdemócrata y cree, según ha confesado, en la solidaridad. En la solidaridad bien entendida, en la solidaridad de quienes se la merecen. A este tipo de argumentos es a los que ha acudido para justificar sus equivocas y desafortunadas palabras. No le gusta ayudar a quien no se porta bien, dentro de sus estrictos parámetros, a quien no se porta como un ministro de Hacienda holandés entiende que hay que comportarse. Me recuerda a una viñeta de mi añorado Chumy Chúmez en la que se veía a una señorona con collares dándole una limosna a un pobre al tiempo que le entrega para que firmase un papelito que ponía: “Prometo que no me lo gastaré en vino…” Nuestro holandés parece no reconocer la riqueza y el valor de la diversidad, y solo observa la realidad bajo el filtro del estereotipo rancio y deformante.

Yo, del sur de Europa, no soy un torero, ni un vago, ni soy un borracho y, además, en eso del vino y de las borracheras habría que ver. Yo soy Picasso, yo soy Cervantes, yo soy Leonardo, yo soy Miguel Ángel, podría decirle y me estaría equivocando también. No somos, los del sur, más ni menos, y tenemos, unos y otros, que aprender de la mezcla que, por cierto, ya está muy mezclada en todas partes. Leo que no es la primera vez que se le escapan este tipo de comentarios al intachable Dijsselblom. Acusó al presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, de fumar y beber demasiado. Pero rectificó enseguida; Juncker es luxemburgués. Ahora no lo ha querido hacer con los países del sur. Algo pasa.

 

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